Una de las canciones más exaltadas de Jacques Brel, uno de sus famosos crescendos, “Amsterdam”, nos dice que en su puerto huele a bacalao y que los marineros beben hasta caerse. Una vez en el suelo, se vuelven y, ya boca arriba, miran al cielo y observan las constelaciones, como cuando, otrora, se guiaban por las estrellas en alta mar. Los hay más prosaicos —o más líricos, según se mire— que beben lo justito. Estos últimos prefieren guardar algo de plata —“oro” dice el gran Jacques— para pagar a las meretrices y consumar.
No sé cuál es el tanto por ciento, pero una buena parte de los que pagan por consumar son unos infelices que no saben o no pueden seducir a una mujer, y lo que buscan es que aquella a la que pagan por el beso no parezca que es lo que es, sino de esas otras, que besan por amor, por placer o por la razón que sea, pero sin que el agraciado tenga que pagar. Y así se le antoja Else —Marina Vlady en todo su esplendor— a Federico (Lino Ventura), un minero italiano que esta pasando un fin de semana en Amsterdam en Una muchacha en el escaparate (1966), notabilísima cinta de un neorrealista menor y prácticamente olvidado, Luciano Emmer. La vi por primera vez hace veintitantos años, en una de esas emisiones de madrugada de una cadena pequeña, pero muy cinéfila y de mi amada ciudad, 8 Madrid. En sus secuencias, me ganó Lino Ventura. Ya me había dejado levitando en su creación del Gustave Minda de Hasta el último aliento (Jean-Pierre Melville, 1966). Un tipo capaz de arrojarse por una ventana para escapar de un interrogatorio de la policía también resultó ser capaz de recrear, con la misma intensidad, a un hombre humilde hasta la insignificancia. Y a la vez, lírico como un marinero del puerto de Amsterdam, rendido al enamoramiento de quien no se hubiera debido prendar.
Una de esas organizaciones, a las que el Max (Jean Gabin) de No toquéis la pasta (Jacques Becker, 1954) arbitra en esa noche en que le conocemos, está liderada por Angelo Fraiser, personaje interpretado por Lino Ventura en su brillante debut en la pantalla. Becker se fijó en Ventura porque le hacía falta un tipo con cara de matón, pero el estreno en el polar del que habría de ser uno de sus más genuinos representantes fue en verdad halagüeño. Sin tener ninguna noción previa del arte de la interpretación, que aun sin ser una ciencia exacta sí que requiere cierto don, no hay duda de que Ventura tenía eso que es menester para alcanzar la verosimilitud en una pantalla. De modo que, a partir de aquella colaboración con Becker, se convirtió en uno de los grandes del polar a uno y otro lado de la ley.
Ya en su segundo filme —Razzia sur le chonouff (Henri Decoin, 1953), también sobre una novela de Auguste Le Breton—, en cuyo reparto volverá a coincidir con Gabin, Ventura recreará a un malote del mundo de la droga. Pero revalidó su prototipo en El gorila os saluda (1958). Realizada esta última por Bernard Borderie —quien en aquellos años acuñaba el mito de Eddie Constantine—, es muy significativo que el gran Ventura, a las órdenes de Borderie, interpretase a un agente del servicio de inteligencia francés que ha de hacerse pasar por un gánster para descubrir una trama de traficantes de divisas que, en realidad, bajo ese primer delito, esconde uno aún mayor: el de espionaje para una potencia extranjera. La condición del personaje —Géo Paquet, el Gorila— es en verdad enrevesada. Pero también viene a demostrarnos que el prototipo del gran Ventura ya está asentado a finales de los años 50. Diremos más: al igual que su amigo Jean Gabin, uno de sus principales valedores en sus primeros títulos, Lino Ventura es otro actor por encima de sus personajes. Haga lo que haga, de cara al público, siempre será él, que no el papel interpretado.
En los años venideros, el grueso de su filmografía discurrirá dentro de los más estrictos parámetros del polar. Tipo duro donde los hubiera —de origen italiano, había sido campeón de lucha grecorromana, boxeador e incluso promotor de combates de boxeo antes de dedicarse a la interpretación—, ciertamente intervino en alguna comedia donde se parodió a sí mismo: recordémosle en Los barbudos (Georges Lautner, 1964), La aventura es la aventura (Claude Lelouch, 1972) o El embrollón —Édouard Molinaro (1973)—. Coprotagonizó esta última junto a Brel, con quien coincidió en tantos repartos que casi podría hablarse de una dupla entre ellos. Pero a Lino cumple evocarle como ese tipo duro de pelar, que fue su prototipo en el polar a ambos lados de la ley.
Los rodajes, muy a menudo, le trajeron a España. Su tiempo fue el de las coproducciones internacionales rodadas en nuestro país. Aquí recreó a bandoleros como El Lutos de Llanto por un bandido (Carlos Saura, 1964) y en Marruecos a aventureros como Le Plouc de Cien mil dólares al sol (Henri Verneuil, 1964). De nuevo en España —una España convertida en un país caribeño, una de esas repúblicas bananeras en las que la izquierda política pretende convertirnos—, Lino Ventura fue el Cornelius von Zeelinga de El bulevar del ron (Robert Enrico, 1971). Una secuencia bastó para que este último se convirtiese en un tipo inolvidable, con entrada en mi parnaso cinéfilo. Es aquella en la que, recién salido de la cárcel, en una sala de cine a la antigua usanza, encuentra cierta inercia, por la que se deja llevar, viendo una y otra vez la cinta que proyectan. Está interpretada por Linda Larue (Brigitte Bardot) y acaba con ella cantando “Plaisir d’ amour” mientras su barco se hunde.
Von Zeelinga, que ha sido marinero, y amante de Linda hasta que ella se cansó y él acabó en la cárcel, ve en aquel final de la película, a cuya proyección asiste, ciertas concomitancias con su derrota y su pérdida de aquella mujer fascinante, a la que amó sin saber que era una estrella de los albores del cine parlante. Total, que se queda viendo el filme como en bucle, hasta que la sala cierra y nosotros comprendemos que hemos asistido a una suerte de metacine en una secuencia en la que Brigitte Bardot, no ya Linda, su personaje, cantaba para nosotros aquello de Plaisir d’amour ne dure qu’un moment, / chagrin d’amour dure toute la vie (placer de amor no dura más que un momento, / pena de amor dura toda la vida).
Con todo, pese a esa debilidad que nos inspira la canción de Brigitte Bardot —ha quedado como uno de los grandes éxitos de la actriz en sus playlists de YouTube—, a Lino Ventura —repetimos— cumple recordarle trabajando junto a los grandes del polar, el Claude Sautet de A todo riesgo (1964) —sobre la novela homónima, segunda en la bibliografía de José Giovanni— y Armas para el Caribe (1965). Esta última, rodada en gran medida en Huelva, volvió a traerle a España. Para Jean-Pierre Melville, ya digo, fue Gustave Manda, el ladrón impelido a dar un último golpe —ese que siempre falla— cuando se ve envuelto en la guerra de bandas de Hasta el último aliento. Y Lino Ventura fue, sobre todos sus personajes, Philippe Gerbier, el jefe de la resistencia, cuya historia nos introduce en la heroica lucha de la hueste de la Francia libre en El ejército de las sombras (1970). Impresiona a los aviadores ingleses cuando, sin haberse lanzado nunca en paracaídas —con las gafas sujetas con un esparadrapo— se arroja al vacío sin dudarlo para seguir luchando por su país.
En cuanto a sus policías, sus grandes creaciones para el polar en el lado correcto de la ley, hay que empezar dando noticia del comisario Cherrier de Ascensor para el cadalso (1958), esa obra maestra con la que Louis Malle se acercó ocasionalmente al polar, en ese crimen de un amante adulterino que también debemos considerar como otro filme-heraldo de la inmediata edad de oro del género. El comisario Le Goff de El clan de los sicilianos (Henri Verneuil, 1969) y el inspector Marceau Leonetti de Último domicilio conocido (José Giovanni, 1970).
A mí, ya digo, me conmueve especialmente Federico, el operario que se enamora de una de esas prostitutas que se exhiben en los escaparates de Ámsterdam. Pero en los 80 títulos que abarca la filmografía de Lino Ventura se puede elegir hasta un Jean Valjean, el de esa versión de Los miserables dirigida por el actor Robert Hossein —uno de los intérpretes de Rififí (Jules Dassin, 1955), dicho sea de paso— en 1982. La historia del cine no le debería olvidar.


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