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Sólo unos viejos viejos

[Murcia, abril de 2020: Primera parte]

Museo de la Romanidad, Nimes, junio de 2024

Al anciano le tiemblan las rodillas cuando lo tiene al fin delante de él. Su nieto se percata y le abre la banqueta plegable que lleva siempre consigo. Al abuelo ya no le basta con el cayado. Le pasa la cantimplora con agua fresca. El mayor bebe sin apartar la vista del sarcófago. Gruesos lagrimones manan de sus ojos. El joven respeta su emoción.

Llevaba décadas detrás de aquella pieza. Bueno… La verdad… quien llevaba toda la vida persiguiendo todas las representaciones artísticas sobre Héctor era su esposa. Durante 38 años ella había sido catedrática de griego en institutos de secundaria. Le había contagiado a él, cirujano de profesión, la devoción por todo lo grecorromano. Sentía adoración por Héctor, domador de caballos. Se sabía de memoria los pasajes de la Ilíada en griego y de la Eneida en latín en los que cantaban al héroe. Había hecho que la acompañara a Quíos, donde decían que nació Homero (de paso también fueron a Esmirna, otra posible patria, y a Íos, en la cual presuntamente fue enterrado), a Brindisi, lugar en el que murió Virgilio al pie de unas fastuosas columnas romanas, y a Nápoles, pues decían que en un mausoleo romano enterraron sus cenizas. Antes siquiera de la popularización de Internet, ella consiguió investigar todos los museos que exhibían alguna pieza en la que se representara algún hecho relacionado con el Priámida. Lo arrastró de Bruselas a Boston, de Viena a Corfú, de Tarbes a Agrigento, rastreando cualquier cerámica, pintura o escultura en la que el héroe de sus amores apareciera.

"Sus tres hijos, la médico, el profesor y la enfermera, junto a sus nietos, se han desvivido por intentar hacerle la vida más dulce. En vano"

La pieza mayor era el frontal de sarcófago romano que tenía ante sí. Había sido tallado en mármol entre el 190 y el 200 d.C. Lo habían encontrado en Italia, pero por esas cosas que disponen los dioses (ignoraba si Napoleón mediante) acabó en el Louvre. Allí pensaban ir a visitarlo el fatídico año que el mundo se atascó con la maledetta pandemia de Covid. Epidemia que en sus primeros rugidos le arrebató a su Anduriña, su Golondrina, la mujer sin la cual la vida, duela a quien duela, no merece ser vivida. Las Moiras se la robaron, implacables, a sus 89 años, pero no consiguieron despojarlos de las sementeras de ternura que supieron cosechar en las 68 primaveras que compartieron.

Han pasado ya 4 desde entonces. El anciano ha cumplido 97 hace apenas unos días. No sabe cómo ha sobrevivido sin ella. Si a eso se le puede llamar vivir. Sus tres hijos, la médico, el profesor y la enfermera, junto a sus nietos, se han desvivido por intentar hacerle la vida más dulce. En vano. Él no los ha amargado con sus lamentaciones y reniegos: ellos han perdido también a una madre y a una abuela fuera de serie.

Una semana antes de su cumpleaños, en otra noche en vela que ni los somníferos podían mitigar, tuvo un fogonazo: supo que había llegado el momento de hacer lo que se prometió a sí mismo el día que la incineraron. Como último acto de amor hacia su Anduriña, honraría el sarcófago de las exequias de Héctor y luego iría a buscarla descendiendo hacia el Hades por aquella caverna submarina que bucearon varias veces en el cabo Ténaro o Matapán, que coronaba la península de Mani, en su idolatrada Grecia.

"Al ver el despliegue un vigilante se les acerca, pero los deja en paz cuando observa las lágrimas del anciano. A esa hora apenas hay nadie en la exposición. Hace una seña al joven para que sean discretos y expeditos"

Puso en antecedentes al mayor de sus nietos, el primogénito de su hijo y profesor como éste. No le dijo cuáles eran sus intenciones reales, aunque aquél se las barruntaba. Le pidió que sacara billetes a París y a Atenas y que lo acompañara. Sus hijos pusieron el grito en el infierno: que si estaba loco, que dónde iba con 97 años, que… Los calló sólo enarcando una ceja: se había mantenido en una excelente forma caminando a diario ocho kilómetros y haciéndose cuatro largos en la piscina municipal (necesitaba acumular resistencia para poder bucear hasta la entrada de la caverna). Vivía totalmente independiente en el hogar familiar. Estaba en todos sus cabales. Una vez a la semana salía de francachela con los pocos conocidos que le quedaban ya vivos o en condiciones de moverse solos. Todo esto lo había ido haciendo para que, cuando llegara el momento de llevar a cabo sus últimas voluntades, sus hijos no lo obstaculizaran. Su nieto mayor tampoco lo haría. Éste averiguó que el sarcófago estaba en préstamo en una exposición sobre Aquiles que habían organizado en Nimes.

Ahora están allí. Su Golondrina llora por sus ojos, respira por sus fosas nasales. Después de cuatro años la vuelve a percibir viva. Le pide al nieto que descorche la botella de bullas de la marca Lorca, como el pueblo de su añorada, y que abra la tartera con salchicha seca, morcón de pavo y crespillos lorquinos. Al ver el despliegue un vigilante se les acerca, pero los deja en paz cuando observa las lágrimas del anciano. A esa hora apenas hay nadie en la exposición. Hace una seña al joven para que sean discretos y expeditos.

El abuelo apura el primer sorbo mientras contempla la izquierda del frontal: de Aquiles sólo queda una pierna y el brazo. Arrodillado y caracterizado con el gorro frigio, típico de la zona en la que estaba Troya, Príamo en actitud suplicante. Detrás de él cree descubrir al anciano heraldo que acompañó al rey, aunque el artista no lo representase en la vejez: parece llevar caduceo que lo identifica como mensajero y hace inviolable su figura. O tal vez sea Hermes: cree recordar que el dios acompañaba a la pareja de ancianos para que no los descubrieran.

Saca de su mochila la edición de la Ilíada de la editorial Oxford que él mismo le compró cuando le pidió matrimonio. A pesar de que tiene casi 70 años, su Pequeñaja la mantuvo impecable. subrayada, anotada y llena de post-its, pero casi perfecta. Acude al último canto. No sabe griego (ella lo sabía por los dos), mas no le hace falta para estremecerse con los versos del aedo.

γέρων δ’ ἰθὺς κίεν οἴκου,
τῇ ῥ’ Ἀχιλεὺς ἵζεσκε διΐφιλος· ἐν δέ μιν αὐτόν
εὗρ’, ἕταροι δ’ ἀπάνευθε καθείατο· τὼ δὲ δύ’ οἴω,
ἥρως Αὐτομέδων τε καὶ Ἄλκιμος ὄζος Ἄρηος,
ποίπνυον παρεόντε· νέον δ’ ἀπέληγεν ἐδωδῆς 475
ἔσθων καὶ πίνων· ἔτι καὶ παρέκειτο τράπεζα.
τοὺς δ’ ἔλαθ’ εἰσελθὼν Πρίαμος μέγας, ἄγχι δ’ ἄρα στάς
χερσὶν Ἀχιλλῆος λάβε γούνατα καὶ κύσε χεῖρας
δεινὰς ἀνδροφόνους, αἵ οἱ πολέας κτάνον υἷας.

El anciano fue derecho hacia el pabellón,
ahí donde solía descansar Aquiles, querido a Zeus, y dentro de este mismo
lo encontró, y sus compañeros estaban sentados aparte; sólo dos,
el héroe Automedonte y Álcimo, retoño de Ares,
se afanaban junto a él, y la comida recién acababan          475
de comer y beber, e incluso todavía la mesa estaba puesta.
Yendo hacia ellos, los ignoró el gran Príamo, y tras parársele cerca,
con las manos tomó las rodillas de Aquiles y le besó las manos,
tremendas, matadoras de varones, que muchos hijos le habían asesinado.

Toma unos trozos de salchicha y de morcón. Los acompaña de un par de crespillos al pimentón (¡dioses, cómo le gustaban a su Anduriña!). Vuelve a beber sin perder detalle. A la derecha de Príamo, un grupo de sirvientes, cubiertos con tocados frigios, llevan cráteras, oinochoes y otros recipientes para pagar el rescate del cadáver. El viudo se admira del detalle con el que están decoradas estas vasijas. En una, la que reposa en el suelo, quiere reconocer a un sátiro: ¡cómo habría disfrutado su Pajarilla! Cuando él le lanzaba algún requiebro, ya cumplidos los 90, y le pedía “guerra”, ella se burlaba diciéndole que nunca dejaría de ser un fauno.

Lee las indicaciones que le imprimió su nieto: detrás de la vasija del sátiro describen a Odiseo, con un gorro diferente a los anteriores, barbado y llevando en brazos parte del botín: pícaro Ulises. No pierde ocasión para rapiñar. Consulta con Homero: ahí no se dice para nada que el de Ítaca asistiera a la escena.

"El anciano contempla estremecido a Hécuba, la madre del caído. Cierra la composición por la derecha, así como su marido la abre por la izquierda, junto al homicida Aquiles"

A su diestra, la procesión fúnebre de Héctor. El héroe está representado a escala mayor que los guerreros que lo transportan. El anciano se estremece ante la maestría con la que está tallado el cadáver: queda impactado por el preciosismo de la barba y los cabellos, con la laxitud de piernas y brazos. Tras la cabeza del domador de caballos se adivinan los muros de Ilión, la patria por la que sacrificó su vida.

Lo siguen varias mujeres, entre las que identifican a Andrómaca y a su cuñada, la adivina Casandra, que predijo el fin de Troya y animó a matar a Paris cuando volvió a su patria. La viuda lleva un pecho descubierto y está desgreñada. No cabe más desolación.

Se demora contemplando a Astianacte, el hijo de la pareja. Es un niño cubierto con el gorro frigio y vestido con una clámide corta. Se lleva la mano derecha a la cabeza. No se atreve a mirar el cuerpo de su padre.

El anciano contempla estremecido a Hécuba, la madre del caído. Cierra la composición por la derecha, así como su marido la abre por la izquierda, junto al homicida Aquiles. Siente un escalofrío: recuerda cuando su Anduriña lo llevó al Teatro Romea, en la Murcia en la que ambos se habían asentado, a ver a Concha Velasco representando a Hécuba en la tragedia de Eurípides. Fue una experiencia mística, tanto por la belleza de la traducción como por la calidad de los intérpretes. Su esposa lloró a compuertas abiertas.

"El grupo observa casi religiosamente el sarcófago. El anciano saca el recipiente que llevaba en la mochila: son las cenizas de su amada"

Retorna a la reina: lleva las manos tendidas en la actitud típica de las suplicantes. ¿A quién puede suplicar cuando le han arrebatado a la única esperanza que sabía que podía salvar Ilión de la furia rapiñadora de los aqueos? El tallista supo impregnarla de ancianidad y desolación, con la mirada vacía.

El viejo se sirve otra copa de vino. Llama a su nieto y le llena su copa. Levanta el brazo hacia el vigilante y lo invita a unirse al grupo. Le ofrece otro vaso y le pasa la tartera con las delicias lorquinas. El francés mira en torno a sí azorado: no hay nadie. Sus compañeros vigilantes deben de estar sesteando en sus puestos. Prueba el vino y los embutidos. Chasquea la lengua: están deliciosos. Ces Espagnols sont vachement mignons.

El grupo observa casi religiosamente el sarcófago. El anciano saca el recipiente que llevaba en la mochila: son las cenizas de su amada. Lo abre y echa en él unas gotas de vino y un trozo minúsculo de morcón, salchicha y crespillo. Lo cierra y lo mete de nuevo en el talego, no sin antes mostrarle cada una de las figuras del relieve.

Lo llevará con él cuando le pida a su amigo Manolis que lo acerque en su bote hasta la caverna submarina del Ténaro, por donde se entraba al Hades. Lo cargará encima cuando se arroje al mar y bucee hasta la gruta. No lo soltará cuando sienta que le estallan los pulmones y que las puertas del averno se abren para él: al fin podrá volver a reunirse con su Anduriña.

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