Este es un mínimo homenaje a un autor que me hizo reír y pensar y cuyo nombre, sin duda, forma parte del gran Territorio de La Mancha del que habló mi amigo Carlos Fuentes. Su ficha biográfica y antimemoriosa comprendía un doctorado en Letras, estudios de abogacía, clases en La Sorbona, mucho de trotamundos y una carpeta literaria plagada de títulos interesantes: La felicidad, ja ja, Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña, Reo de nocturnidad o La amigdalitis de Tarzán, entre otras novelas y volúmenes de cuentos, y las celebérrimas Crónicas personales, un libro de viajes y textos periodísticos.
Bryce Echenique repartía entonces su tiempo entre Perú y España, donde pasaba largas temporadas alternadamente, pero en aquel año, “para desaparecer y como único medio para sentarme a escribir”, había aceptado un cargo de profesor en la Universidad de Yale. Atrás había quedado Italia, donde comenzó a escribir, y atrás iban quedando París y Barcelona.
En la primera entrevista que sostuvimos aquel año de 1995, el escritor decía que la gente que había convivido con él no entendía cómo se le siente tanto en sus libros, pues nada de lo que contaba había ocurrido en la realidad. Incluso por eso, el editor Carlos Barral solía decir: “A Bryce le van a ocurrir las cosas que ha escrito; escribe libros de anticipación”.
“En todo libro”, afirmaba Bryce Echenique, “hay un punto de partida, que es la realidad, hasta en la literatura fantástica. Pero en la mía he demostrado cómo nada de lo que cuento me ha sucedido a mí, porque todo lo que condiciona o destroza la vida de Julius, mi gran personaje, jamás ocurrió. En mi última novela sucede lo mismo. ¿Cuál es el punto de partida? Aquel club, aquellos años de adolescencia, aquel colegio, aquellos amigos, entre quienes hay alguno que me ha reprochado no haber contado nada de lo que realmente sucedió. Lo que ocurre es que he recreado. Entonces tiene lugar la producción de un cóctel endemoniado de mi sensibilidad, mi mirada en la realidad, en la cual no sé determinar cuáles son los ingredientes de la realidad y la fantasía, de la creación literaria, esos estrechos y nebulosos límites entre realidad y ficción. Es el tono y el estilo lo que da esa sensación de parto autobiográfico: crear la falsa autobiografía. Una tradición literaria, por otra parte, la creación de una falsa o pseudo autobiografía, para mejor contar, hacer pasar los sentimientos, empeñarlos, hacer una novelística nerviosa, emotiva, escrita más con el sistema de los sentimientos y las emociones que con la cabeza. Los míos son libros que se van escribiendo solos a medida que la emoción se lo va tragando a uno. Sucede lo que decía Graham Greene: El mejor momento de la escritura es cuando los personajes comienzan a ser lo que uno no pensó que iban a ser, y a decir cosas que uno tampoco pensó que dirían“.
—¿La novela histórica bordearía otros terrenos?
—Indudablemente. Si hay una gran diferencia entre No me esperen en abril y Un mundo para Julius, con la cual se le compara y se dice que es continuación, es en el repaso de la historia de Perú como en un tribunal del humor. Aun así, soy una persona que escribe enormemente sobre América Latina, así que en No me esperen en abril se nota un trasfondo de lecturas y hechos históricos que han entrado por ósmosis, y hay una recreación en la cual el novelista se traga al historiador, por lo cual no se puede hablar de novela histórica. Pero recrea, y éste es quizás el arte de la novela, el espíritu de la época.
—Hay otro tema que abordar respecto a su reciente novela: la infancia, un tiempo perdido que sólo es recuperable en la memoria. ¿Qué significa esa búsqueda?
—Se trata de una memoria que inventa. Proust decía que la vida no se vive al vivirse, sino al rememorarse. Esa es una memoria que crea y recrea, y probablemente privilegia zonas del recuerdo que no tenían ese valor en el momento en que sucedieron. Es como si el recuerdo, la verdad, la realidad, fueran un diamante con muchas caretas, facetas, y hubiera una luz que privilegia ciertas zonas que habían quedado en la sombra, haciéndolas triunfar sobre otras que parecían más luminosas.
—A partir de aquel destello inventarlo todo…
—Por supuesto, inventado cien por ciento, en el que probablemente haya una explicación metafísica: el inconformismo con la realidad; el recrear realidades paralelas para reemplazar una realidad que a veces resultó chata.
—¿Somos entonces mentirosos cuando escribimos?
—Es más bien como decía Cocteau: soy un mentiroso que dice siempre la verdad. No engañamos, lo que podemos hacer es contar la verdad de las mentiras, por citar a Vargas Llosa. Ahí no se plantea el juicio moral: queda suspendido. Lo moral no entra en una novela: no es moral ni inmoral, es amoral. Esta amoralidad es posible; no juzga, deja en suspenso el juicio. Y no es que el escritor no tenga sus juicios o sus opiniones morales.
Bryce veía muy frágil el futuro de los países de la región latinoamericana: “Lo nuestro siempre ha sido dar dos pasos adelante y cincuenta atrás. Si la aldea es global, nuestros países forman la parte más frágil de la aldea. Hay que ver lo que pasó con México: hasta el día anterior estaba diciendo la banca mundial que era el único modelo a seguir, para todos los países del sur y para los del este, y que era el país más elegible del mundo para invertir. Lo decían el día anterior al del derrumbe de la banca Morgan a todos los niveles. Y por el efecto Tequila casi derrumba a los Estados Unidos. En este sentido creo que nuestros países tienen todavía mucha historia nacional que recorrer antes que recorrer tanta historia internacional. Si por la macroeconomía se hace a un lado al 90 por ciento de mis compatriotas, yo no estoy de acuerdo con la macroeconomía. Aclaro que no digo que haya que aislarnos del mundo como sucedió con Alan García”.
—También estaría el tema de las minorías, los indios.
—La democracia es el respeto de las minorías, no es el gobierno de las mayorías, eso es una estupidez. ¿Qué democracia hemos tenido en América Latina?
Para Bryce, el éxito, para empezar, era un resultado circunstancial: “El éxito no vuelve mejor a un escritor, para nada; se tiene suerte y punto. Por otra parte, no creo que la imagen del artista haya cambiado mucho en la burguesía, salvo cuando se le ve con gran éxito. Pero yo creo que el artista siempre ha sido un bufón del poder. Siempre. También aquellos artistas que se dicen todopoderosos: son los más bufones de todos”.
—¿Un bufón?
—Sí. Aquél que puede acercarse al emperador y reírse de él, hasta que el emperador le dice: “Ya es hora de que te vayas a cagar; ahora déjame hablar con los banqueros”. Él es, así, el único que puede reír, insultar, moverse.
—¿Es mejor no acercarse a los poderosos?
—Ningún vínculo. Yo, las pocas veces que me he acercado a ellos, ha sido para salir disparado. Ellos se habrían acercado para usarme como bufón. A mí la imagen del artista y el poder me resulta un poco despreciable.
A partir de entonces seguí encontrándome con Bryce Echenique muchas veces y disfruté de su magnífico sentido del humor y su finísima ironía. La última que lo vi fue en 2012, a raíz de la publicación de la que sería su última novela, Dándole pena a la tristeza, que había sido publicada en América Latina en julio de ese año y que el autor presentaba en Barcelona, donde pasaba casi de puntillas, pues apenas dos meses antes, tras el anuncio de que había sido galardonado con el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de Literatura en Lenguas Romances, se había desatado una agria polémica en torno a esta elección, ya que un grupo de intelectuales mexicanos había estallado en una serie de protestas por su designación, al considerar que un autor que había sido juzgado por plagio no merecía el premio, y tras un cruce de acusaciones, Bryce había soltado una serie de exabruptos en Madrid, expresando a un medio local un lacónico “¡que se jodan!” dedicado a quienes habían criticado que le fuera entregado el máximo galardón de la feria tapatía, acusándoles asimismo de ser miembros de una supuesta “ultraderecha” que quería atacarlo.
Sin embargo, en la rueda de prensa que organizó su editorial para hablar de su nueva novela, Bryce rechazó siquiera aclarar qué quiso decir con sus declaraciones y se negó en rotundo a tocar el tema, y se limitó a hablar de su nuevo libro, en el que repasaba la historia de tres generaciones y se adentraba en las entrañas de su propia familia, alternando dosis de realidad y ficción a partes iguales, como hizo siempre en su literatura.


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