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Beatriz de Moura, la mirada exquisita de una gran editora

Beatriz de Moura, la mirada exquisita de una gran editora

Conocí a Beatriz de Moura en 1994, durante un curso de verano sobre edición cultural de la Universidad Complutense. La acompañaba una pléyade de editores de primerísimo nivel, entre los que figuraban Klaus Bachenbach, Michael Krüger, Claude Cherki, Christopher MacLehose, Jorge Herralde, Mario Lacruz y Mario Muchnik, entre otros. Recuerdo vívidamente su hablar pausado, la mirada resplandeciente, una elegante parsimonia y una sonrisa luminosa que, desde aquella ocasión, siempre encontré en ella cuando conversamos a partir de entonces en numerosas ocasiones.

En noviembre de 1999, con motivo del Reconocimiento al Mérito Editorial que le otorgó la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) por su labor como fundadora del sello Tusquets Editores, que cumplía entonces treinta años, De Moura me recibió en la sede que tenía en aquella época la editorial en Barcelona, en una enorme mansión de la calle Cesare Cantú, en una zona próxima al barrio de Sarrià.

Hablamos sobre las vicisitudes, riesgos, apuestas, temores y múltiples avatares que había tenido que enfrentar a lo largo de tres décadas de historia su empresa, y comenzó relatándome que había sido su padre, que tenía una muy buena biblioteca, quien le había enseñado a leer y a disfrutar del placer de la lectura. Desde entonces, dijo, leía “sin ton ni son, sin ningún criterio. Y quizás eso me dejó una huella, hasta tal punto que no puedo decir qué temas me apasionan o cuáles son las escrituras y estilos que me gustan, porque son tan diversos que esa formación un poco caótica refleja totalmente un eclecticismo en mi manera de elegir un libro para su publicación”.

—¿Qué es lo que usted valora de su propia labor, su principal satisfacción?

—La primera sensación que tengo, incluso cada vez que me encuentro con personas que me hacen un halago, es de sorpresa, porque nunca miro hacia atrás. Y quizá, pienso, el mérito provenga del trabajo cotidiano durante 30 años. En una editorial como la nuestra nunca se mira hacia atrás, porque una vez que ha salido un libro pertenece a los lectores, con lo cual se mira siempre al futuro, porque estás ya preparando el libro del año próximo. De hecho, lo que hace una labor editorial es un trabajo permanente, obstinado, del día a día, y esto es en lo que pienso al recibir un reconocimiento, porque quizás eso es lo que se premia.

—¿En qué criterios basa su trabajo como editora?

—Me fío en esa especie de conexión, esa afinidad electiva, que se da a través de la lectura. Cuando elijo un libro para publicarlo lo hago porque ese libro ha establecido una relación muy personal conmigo, y ahí aflora la seguridad de que vale el riesgo de publicarlo. Porque si uno sólo piensa que determinado libro se va a vender mucho, en una editorial como la nuestra corre el riesgo de perder a sus lectores, quienes notarían inmediatamente el apartamiento de una cierta línea.

De Moura subrayaba que “no se tiene una visión de conjunto”, sino “una visión exclusiva de lo que se vive en el momento, para que en un futuro próximo ciertos libros puedan salir”. Desde esta perspectiva, la editora hacía un balance de los acontecimientos más importantes que había vivido en tres décadas de trabajo.

"En 1985, Tusquets Editores se consolidó porque a veces basta con uno o dos libros al año que sean grandes best sellers para que de pronto algo se estabilice definitivamente"

—Cuando fundé la editorial en 1969, la idea que tenía era muy aventurera, por el hecho de que no me planteaba una empresa editorial. Hubo un inicio muy romántico en todo ello. Tampoco sabía hacer otra cosa y había estado trabajando 10 años en otras editoriales. Creo que fue romántico porque en el momento en que salió el primer librito, que entonces no podía superar las 80 páginas (porque esta editorial se creó con mil dólares de capital), había que tener una dosis o de inconsciencia o de espíritu de riesgo para lanzarse de aquella manera. El hecho es que, quizá por la humildad del proyecto, o porque yo trabajaba sola (hasta que pasó un año empezó a venir una contable), o porque los gastos eran pocos y no empecé la casa por el tejado ni poniéndome una alfombra y una mesa, sino haciendo libros (yo estuve en mi casa hasta 1974, después me trasladé como subarrendada en casas de otras personas y, hasta 1977, no hubo una sede real de la editorial), todo lo invertía en libros y autores. Esta primera fase fue la más dura y la menos enfocada como una empresa editorial. Iba sobreviviendo mal, pero iba sobreviviendo. A partir de 1977 hubo un cambio que para mí fue radical: entró Antonio López, quien sí provenía del mundo empresarial. Él comprendió perfectamente la intención y el espíritu del trabajo que estaba haciendo y que empresarialmente podía hacerse algo con esta idea, manteniéndola y desarrollándola. No tengo ninguna vergüenza en decir que de no haber encontrado a una persona con la sensibilidad y el espíritu de riesgo empresarial que tenía Antonio López, yo no estaría aquí hoy para contarlo. En 1985, Tusquets Editores se consolidó porque a veces basta con uno o dos libros al año que sean grandes best sellers para que de pronto algo se estabilice definitivamente. Ese año fue realmente notable para nosotros porque hubo dos libros extraordinarios: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y El amante, de Marguerite Duras. Yo siempre seré deudora de ellos en este aspecto, porque realmente cambiaron la faz de la editorial. A partir de entonces, no tuvo deudas ni préstamos bancarios y realmente se sostuvo por sí misma, al punto de que al cabo de dos años ya empezó a dar beneficios.

—¿Cuántos ejemplares se han vendido de ambos libros hasta la fecha?

—Contando la edición normal, la de bolsillo y la de Círculo de Lectores, cerca de un millón de ejemplares de cada uno.

Volviendo a la historia de Tusquets, De Moura relataba que hacía cinco años, ciertos socios de la editorial, que ya era una Sociedad Anónima, al ver que las acciones valían infinitamente más que en un principio, quisieron venderlas, “y ni Antonio ni yo teníamos el dinero suficiente para comprarlas. Nosotros también pensábamos que la editorial tenía ya 25 años, que ya éramos mayores, que no había descendencia y que quizás había llegado el momento de entrar en una tercera etapa, pensando en un futuro en el que tal vez no estuviéramos. Y fue así que entró como socio minoritario el grupo Planeta, el cual aceptó que la estructura siguiera como estaba, y fue un partner muy amistoso, tanto que llegó un momento en que ciertas sinergias que esperábamos que vinieran de su parte no se produjeron, y nuestro empecinamiento en mantenernos independientes en todos los sentidos nos llevó a pensar que para qué teníamos esta sociedad conjunta. Yo creo que José Manuel Lara hijo, quien tomó las riendas de la empresa cuando murió su hermano Fernando, es una persona notable, cabal, y nos separamos de mutuo acuerdo y con la sonrisa en los labios. Así que le compramos las acciones a Planeta y nos sometimos a un periodo de prueba con RBA Editores, cuyo socio mayoritario era Ricardo Rodrigo”.

La entrada al mercado latinoamericano, mencionaba la editora, “fue un trabajo que hizo totalmente Antonio López, quien tuvo la visión, antes de que entráramos al grupo Planeta, de construir ahí lo que hoy es Tusquets en América, con dos filiales, una en México y otra en Argentina, y una distribución bastante sólida en todo el continente”.

"En los 90 hay libros que tienen un éxito insospechado, como Juegos de la edad tardía, de Luis Landero, que era un libro muy difícil de leer y se convirtió en un best seller"

Antes de despedirnos, le pregunté cuáles eran para ella los títulos más emblemáticos de Tusquets Editores, y citó los que en distintas etapas habían mantenido a flote la editorial: “El primerísimo libro que editamos fue Residua, de Samuel Beckett, publicado a fines de septiembre de 1969, hecho que coincidió con que en la primera semana de octubre Beckett ganó el Premio Nobel. Después, en conversaciones con Gabriel García Márquez, él me había hablado de un reportaje que había escrito en Colombia sobre un náufrago. Yo le pregunté dónde lo tenía y más tarde me pasó los recortes de periódico. Yo le comenté que ahí había un libro precioso para hacer. Aceptó y cuando se publicó Relato de un náufrago no lo tocó en absoluto, simplemente hizo un prólogo. Hoy es un libro que acaba de llegar a su cuadragésima edición y cada año se venden más o menos 35 mil ejemplares. Después hubo un libro muy curioso de Woody Allen. Acabábamos de ver su primera película (Robó, huyó y lo pescaron, Take the Money and Run), con la que me había reído mucho. Por casualidad, un amigo me trajo de Estados Unidos un libro de cuentos que se llamaba Para acabar de una vez con la cultura, con ese espíritu genial de Allen. Compramos los derechos para hacer el librito y fue un éxito absoluto. Solapándose con tres libros de cuentos de Allen, publicamos Groucho y yo, de Groucho Marx, que también funcionó. Todavía vivo Franco, comenzamos una colección que se llamaba Acracia, de pensamiento libertario, anárquico, ácrata, y al ser una cosa inédita en España, recuperando textos de clásicos como Bakunin, Kropotkin o Malatesta, funcionó muy bien. Ya muerto Franco, creamos la colección erótica La Sonrisa Vertical, algo también inédito. Esto ayudó mucho a finales de los 70. A principios de los 80 creamos Andanzas y en esta colección apareció una gran novela, Una princesa en Berlín, de Arthur Solmssen. En los 90 hay libros que tienen un éxito insospechado, como Juegos de la edad tardía, de Luis Landero, que era un libro muy difícil de leer y se convirtió en un best seller que superó los 200 mil ejemplares. También fue sorprendente el éxito de Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, que lleva más de dos millones de ejemplares vendidos. Tuve la satisfacción de publicar El primer hombre, de Albert Camus, y hemos podido comprar la obra completa de Malcolm Lowry, de quien en España no circulaba Bajo el volcán“.

El éxito editorial siguió acompañándola el resto de su vida. Y Tusquets, la obra maestra de Beatriz de Moura, es un sello editorial que brillará por siempre con letras de oro en la historia de la literatura.

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