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13 de abril de 1936: Azaña y Lola Rivas Cherif

13 de abril de 1936: Azaña y Lola Rivas Cherif

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 13 de abril de 1936: Azaña y Lola Rivas Cherif

¿Ves como no ha sido tan difícil, Manuel? ¿Ves cómo Cipriano tenía razón? Siempre dijo que acabarías como presidente de la República.

El matrimonio Azaña había ido a cenar a Fuentelarreyna, un restaurante en la carretera del Pardo, y de regreso conversaban en los confortables asientos traseros del coche oficial. El Chrysler circulaba por la prolongación del paseo de la Castellana que los republicanos impulsaron durante el primer bienio, trasladando el Hipódromo y creando los Nuevos Ministerios y el estadio de Chamartín. Allí jugaba el Madrid Fútbol Club.

"Azaña había reflexionado a fondo sobre cómo ejecutar la maniobra. El mismo día de la destitución expuso por la mañana a los miembros del Consejo de ministros las razones por las cuales Alcalá-Zamora no debía continuar"

—Además, Martínez Barrio lo hará fenomenal como presidente interino. Y a Jiménez Asúa le sobra autoridad para presidir las Cortes. No se ha perdido nada y tú has ganado mucho, sobre todo en tranquilidad.

—No lo sé, Lola, ha sido tan rápido… Además, ha sido una cosa tan imprevista, tan extraordinaria…

Aquello era la pose que le gustaba mantener. Obviamente, Manuel Azaña había reflexionado a fondo sobre cómo ejecutar la maniobra. El mismo día de la destitución expuso por la mañana a los miembros del Consejo de ministros las razones por las cuales Alcalá-Zamora no debía continuar. Unos palidecieron, otros cayeron en el mutismo. Pero ninguno se opuso. A las tres llamaron a Indalecio Prieto a su domicilio, para que se lo comunicase a los socialistas. Antes de arrancar la sesión, Azaña todavía convenció a Martínez Barrio en su despacho. Y después se encerró con los portavoces de los restantes partidos, concertando que sería Prieto quien defendería la destitución.

Hecho aquello, solo le quedó asistir plácidamente a la sesión, sin despegar los labios, como si no fuera con él. Todo se lo contó en detalle y con gran regocijo a Cipriano en sus cartas. En cambio, a Lola prefería mantenerla en esa deliciosa ignorancia. Era como un prestidigitador gozando con el estupor de quien desconoce sus trucos.

—Lo que me preocupa, Manuel, es el orden público. Los rumores de que los generales preparan un golpe… —insistió Lola.

—¡Bah! ¡Propaganda! Quieren dar la impresión de que el país se halla en estado de anarquía. Los medios de derechas tienen un titular permanente, «Desórdenes en España». ¿Tú imaginas que en Estados Unidos todos los crímenes y huelgas se publicaran a diario en la primera página del New York Times? Y no son los únicos desquiciados. Los socialistas están obsesionados con el golpe militar. Ahora mismo tienen montada una red de espionaje a base de porteras, criadas y chóferes que recogen cualquier chisme. Nunca se ha visto situación más estúpida.

—Sí, Manuel, pero mientras tanto baja la bolsa, los ricos emigran, no va público a los espectáculos. Y casi nadie sale a la calle, como si hubiera la peste.

"¿Y lo de José Antonio Primo de Rivera? ¿Es cierto que lo habéis metido en la cárcel para que no lo asesinen?"

—Verás, Lola, que en cuanto se estabilicen las instituciones, sin la alteración constante de don Niceto, vuelve todo a la normalidad. Te juro que nunca hasta ahora había sentido tanto apoyo. Mis discursos radiofónicos han reforzado mi autoridad. Siento de verdad que puedo meter este país en vereda.

—¿Y lo de José Antonio Primo de Rivera? —se interesó Lola, a quien ya se le había acercado algún vecino a rogarle que intercediera por él—. ¿Es cierto que lo habéis metido en la cárcel para que no lo asesinen?

—Lo que no queremos es que nos lo transformen en un mártir, querida. Te puedo asegurar que políticamente nos convendría más que estuviera con Calvo Sotelo desfogándose en el Parlamento. Es mejor que tenerlos conspirando por los cuarteles. De todas maneras, ese pollo tendría que haberse quedado quietecito en su yate tomando cócteles en vez de dedicarse a jugar a los fascistas… —concluyó Azaña, ya según se adentraban en el barrio de Salamanca.

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