David Toscana (Monterrey, 1961) es un escritor cervantino. Del genio que batalló en Lepanto y alumbró la novela más importante de la Historia de la Humanidad toma su “veta tragicómica” y los personajes desquiciados, que le permiten “jugar más con la voz y con las palabras”. En El ejército ciego (Alfaguara, 2026), XXIX Premio Alfaguara de novela por ofrecer “una lectura simbólica, casi mítica, sobre la guerra, el poder y la resistencia”, el autor mexicano imagina y juega con una biopsia de los 15.000 soldados búlgaros a los que bizantinos les sacaron los ojos.
La historia real es extraordinaria y se halla en un códice publicado en Sicilia y cuyo original se conserva en la Biblioteca Nacional de España. Grosso modo, el 29 de julio de 1014, se enfrentaron en Clidio/Klyuch un ejército del Primer Imperio búlgaro y otro del bizantino. Los segundos se fundieron a los primeros. Para darle una lección al zar Samuel, el emperador Basilio ordenó sacarles los ojos, dejando tuerto a uno de cada cien para guiar a los ciegos de vuelta a casa. Cuando, de regreso, Samuel los vio, sufrió un jamacuco y, a los dos días, la diñó.
“Los historiadores –escribe Toscana al final de El ejército ciego– hablan de grandes cosas que a pocos interesan. En cambio no hablan del día en que los ciegos nos metimos como niños al mar, ni de aquella distante mañana en que los cuervos escarbaron en nuestras cuencas…”. Sobre eso fabula esta novela. Y sobre ello conversamos.
*****
—Antes de nada, ¿cómo fue a parar a Tarifa?
—¡En Tarifa, me encontraste por ahí! (Risas) De Monterrey me fui a Polonia. Me casé con una polaca (la pintora Sarah Kuzmicz). De ahí, me fui a vivir unos meses a Cantabria. Alguien me prestó una casa en Comillas y, de ahí me fui a vivir dos años a Lisboa. Cuando se me acabó el dinero y regresábamos a Polonia, un amigo me dijo: “Mi suegra tiene una casa en la playa, en un parque natural, en la playa, todo bonito…, y necesita a alguien que la ocupe un año, porque si no, llegan los okupas”. Con todo el gusto la cuidé.
—Y se vino a Madrid.
—Oficialmente, no. Siempre he tenido la condición de no residente. Como tengo residencia polaca, pasamos mucho tiempo en Polonia, en México y en Madrid.
—Larra dijo que escribir en Madrid “es llorar, es buscar voz sin encontrarla”. ¿A favor, en contra o ns/nc?
—No sabría. Yo sé que no me voy a ocupar de Madrid en lo que escribo. Ahora mismo, me ocupo de Bulgaria. Me he ocupado de Varsovia, de Prusia…, todos mis mundos son otros. Me parece curioso que puedo escribir en búlgaro, porque es como si todo ocurriera en búlgaro y, entonces, hago una traducción al español… pero a mi español; en cambio, me costaría mucho trabajo darle credibilidad a un español madrileño. A un español de España. Mis personajes creo que no sabrían hablarlo. Tienen más fácil hablar búlgaro que hablar con los matices del español.
—¿Recuerda cómo descubrió su voz literaria?
—Es un proceso. No es que un día uno llegue y diga: “Ya está”. Hay que aprender mucho. Nunca se me ocurrió que yo llegaba y que mi voz era tan original y maravillosa que tenía que confiar en ella. En verdad, había maestros. Uno de mis maestros es Cervantes, que siempre tiene esta veta tragicómica, donde estás en la cuerda floja y tú mismo, a la hora de leer, dices: “No sé si estoy leyendo algo triste y patético o algo divertido”, y puedes caer de un lado y de otro. También Cervantes me enseñó que si los personajes están un poco o un mucho desquiciados, la lengua se vuelve más libre, el discurso se vuelve más libre. Por eso pensé en escribir sobre personajes a los que les puedes dar la carta del no-realismo. He tenido cirqueros, borrachos, locos, ciegos. Estos personajes hablan más libremente y con ellos puedo jugar más con la voz y con las palabras.
—Su Kozaro quería “escribir algo que no estuviese escrito”: “No viajar de un texto a otro, sino del alma al pergamino”. En eso consiste el oficio, ¿verdad?
—En eso, sí. En este caso, sería un acto de rebeldía para un búlgaro, puesto que estaban contratados para traducir del griego al búlgaro. Se formaron unas, a las que llamaban muy elegantemente, “escuelas literarias” en distintos lugares. Tenían un alfabeto bastante joven y había que aprenderlo. Lo que más escribían eran traducciones, textos eclesiásticos, sermones o algunas leyes. No se dieron el lujo de escribir crónica o historia. No tenían esta tradición. Toda la formación se hizo en conventos y, prácticamente, toda la escritura era religiosa. El personaje sí quiere hacer algo más. Termina uno de los narradores lamentándose de que nadie escriba la historia de los ciegos, porque es lo que ocurrió: nadie la escribió. Tenemos el testimonio de un historiador bizantino que te dice lo que ocurrió, pero no tenemos ningún búlgaro que nos diga qué pasó después.
—A usted, lo cuenta al final de El ejército ciego, le interesa más “el día en que los ciegos nos metimos como niños al mar”, “quién fue Igorón o su princesa” o el judío Moskono.
—Sobre esta época, un historiador dijo: “Este tema es para un novelista, no para un historiador. Hay un vacío completo. El historiador no puede sustituirlo con la imaginación, pero un novelista, sí”. Entonces, dije: “Acepto la tarea, puesto que, en más de mil años, los búlgaros no lo han hecho”. Los búlgaros no han escrito esta historia. Y entiendo que no la han escrito porque es una historia pesada; que, para ellos, lleva una carga de realismo, es parte de la martirología, y, entonces, no podrían jugar como yo juego.
—¿Cómo se juega a meterse en las cabezas de 15.000 ciegos? Leyendo la novela, pensaba: qué difícil debe ser vivir a ciegas.
—Por un lado, sí; por otro, yo paso por aquí, frente a la ONCE, y ves a gente con su vida perfectamente normalizada. Lo que para mí sería una aventura, caminar con los ojos cerrados por la acera, para ellos es bastante común, es normal, avanzan. La ciudad les ha marcado los carriles, les ha puesto los semáforos sonoros…, hay una serie de ayudas que no tendría esta gente nunca. Ya no se tiene sólo el braille: proliferan los audiolibros. En la época antigua, la literatura, más que absorberla con los ojos, era con los oídos. Sabemos que, durante siglos, fue oral. Entonces, ahorita sí que nosotros confiamos mucho en el ojo, estamos muy educados a través del ojo, tenemos muchas experiencias visuales, con la televisión y, en general, con las pantallas. El ojo ha tomado territorios que antes no le correspondían, como en la música. Mira esos concursos de canciones…
—Eurovisión y derivados.
—Antes, era el cantante delante de un micrófono; ahora, son bailes, efectos especiales, faldas cortas, rayos y humos que salen por todos los lados. ¡Parece que ya no son concursos de canciones!
—“Mejor te fuera no existir que vivir ciego”, dice uno de sus personajes, al que apostilla el protagonista: “Como si uno viniera al mundo sólo a ver. Yo prefiero estar vivo”. Sus personajes tienen muchas ganas de vivir.
—Sí. La frase la robo, directamente, del Edipo. Hay un personaje que le dice esto al Edipo. Siempre hubo ciegos. En la Biblia aparecen mucho los ciegos. Hubo una época en que había muchos más: no es que fueran ciegos de nacimiento, sino que, al nacer, se volvían ciegos. Es decir, con las condiciones sanitarias del pasado, a muchos bebés, al nacer, al pasar por cierta zona infectada de la mujer, se les infectaban los ojos y quedaban ciegos. Cuando uno lee Las mil y una noches, cada vez que te hablan de algún parto, lo primero que hacían era ponerle al bebé colirio en los ojos. Se limpiaban, se desinfectaban, y ese pequeño adelanto hacía que hubiera menos ciegos. En la Biblia, para poder demostrar los poderes curativos de Jesús, aparecen muchos ciegos. Había una gran cantidad de ciegos y, en general, la tradición los ubica en dos oficios.
—Supongo que estaban los mendigos…
—…y los músicos. Desde Homero, sabemos que los bardos podían aprender a tocar la lira, cantar o declamar todas estas gestas heroicas. Por si un día se te antoja: hay un libro muy bueno de David Torres que se llama Palos de ciego, que habla de los músicos ciegos de Ucrania. Como eran los que mantenían todas las tradiciones vivas a través de estas gestas antiguas, Stalin los convoca a todos a una especie de congreso, de encuentro, y los manda matar. Esta es una parte trágica de la historia de Ucrania que no se conoce mucho.
—Por su novela ronda un tal Zósimo, un maestro sacaojos reconvertido en meteojos.
—El meteojos, sí. Es una ocurrencia, pero no tanto. Sí existía el especialista en sacar ojos. Aunque nunca se aplicó el castigo en miles de hombres, como en el momento que cuento de la Historia, era un castigo que se tenía para los traidores, sobre todo, o si el emperador notaba que un tipo tenía ambiciones de ocupar el trono, mandaba sacarle los ojos. Algunas crónicas de extracciones oculares te hablan de que venía una persona muy inexperta y hacía sufrir mucho al castigado. Al punto de que, a veces, terminaba muerto.
—Y surgieron los especialistas.
—El que investiga y cuenta algunas cositas es Ismail Kadaré. Tiene una novela, El firmán de la ceguera, en la que habla de varias técnicas. Yo también busqué algunas. Al final, la que parece que se puede aplicar a 15.000 es con los dedos. El dedo puede entrar en el párpado. Con cualquier objeto filoso, lo que hago es destrozarte el párpado, destrozarte otro tipo de tejidos, y la gente saldría mucho más herida que con el dedo.
—Por curiosidad, ¿es cierto que Gavril Radomir prohibió la ceguera, o es de su cosecha?
—Comienzo con un prólogo y es todo lo que se sabe. Lo que cuenta Juan Skylitzes, hasta el punto donde muere Samuel, es todo lo que sabemos. También sabemos que después su hijo toma el poder. Al hijo lo terminan asesinando…
—Un primo.
—Un primo le asesina, sí. Pero ya está. Y, bueno, se me ocurrió esta idea para darle un giro a la novela. Para ponerle al lector a pensar en ciertas cosas.
—Como si se pudiera prohibir la ceguera.
—Se prohíben tantas cosas en los mundos totalitarios… En este caso, parecía pertinente porque estaban rodeado de enemigos, y cualquiera podía atacar si sabía que estabas herido. Entonces, más vale que nadie supiera nada de los ciegos. Es una forma de decir: “Por eso los búlgaros nunca hablaron de esos ciegos”. Al final, a los tres años, cae el imperio búlgaro y tienen que estar sometidos a los bizantinos. Que, por cierto, les llamamos “bizantinos”, pero ellos jamás les llamaron así.
—¿Qué me dice?
—Les llamaban “romanos”. Constantino fundó una segunda Roma. Y era una Roma que hablaba griego, pero ellos siempre se consideraron romanos. Para evitar confusiones, los historiadores empezaron a llamarle “Bizancio” y “bizantinos”. Yo, en la novela, tampoco podía llamarles “romanos”. Iba a ser un poco confuso.
—Vamos acabando, David. ¿De qué habla cuando habla de esos 15.000 ciegos?
—En un principio, pensé que la novela iba a ser como la Anábasis de Jenofonte, la historia de esta gente que regresa. Al final, me interesó más la vida de cada uno, una vez que regresan, y tomar ciertas muestras. Si para muestra basta un botón, aquí había que tomar diez o quince botones y ver las distintas formas de regresar ciego a casa.
—Y, para finalizar: “en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”, ¿espera tener ojos?
—No espero que haya resurrección (risas), pero este era un debate que se tenía mucho. La Iglesia apenas enseña nada de la resurrección. Pero, cuando se escribe el “Credo”, era esta creencia antigua judía de que la gente iba a salir de los sepulcros. Esa era la resurrección. En un evangelio, creo que en el de san Mateo, dice que cuando muere Cristo, se rasga el velo del templo… y muchos muertos salieron de sus tumbas. Todo el mundo prefiere callarse esa escena, porque uno la imagina como los muertos vivientes.






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