El género manicomial, si la película es buena, aterroriza porque nos asoma al abismo que más tememos como criaturas racionales, la pérdida del juicio, y nos enfrenta al lado oscuro de la mente, a fuerzas incontrolables que nos dominan desde dentro. Los buenos títulos no abundan, y es lógico, pues exigen un guión sólido y bien trabado, ya que cuanto más demencial es el tema, más necesario es atar los cabos sueltos. Alguien voló sobre el nido del cuco, de Miloš Forman, basada en la novela homónima de Ken Kesey, encabeza mi lista de favoritos, junto a La isla siniestra, Los reglones torcidos de Dios o Doce monos. La huella que me dejó ese filme me hizo engancharme a una serie llegada a Netflix hace unos años que descubrí hace poco, creada por Evan Romansky y Ryan Murphy, que retoma a la inflexible y odiosa enfermera: Ratched.
La enfermera Ratched fue una de las “malas de película” más detestadas de finales del pasado siglo cuando se estrenó, en 1975, el largometraje de Miloš Forman, aclamado por el público y bendecido con una lluvia de estatuillas doradas. Se hace odiar en la pantalla mientras controla con mano de hierro a un grupo de enfermos mentales del Hospital Estatal de Oregón. Una mujer carente de sensibilidad, empatía y compasión; virtudes indispensables para desempeñar dignamente su oficio. El polo opuesto a esas personas que todos deseamos que nos reconforte en la enfermedad y la agonía. Louis Fletcher ganó un Oscar por bordar el papel que la enfrenta a Jack Nicholson en la piel de Randle McMurphy, un vitalista y rebelde delincuente de poca monta que intenta burlar a la Justicia haciéndose pasar por loco. A la enfermera Ratched la odiamos más por lo que representa que por lo que es, y queda una incógnita: ¿por qué está tan amargada, tan resentida con el mundo y sus semejantes? ¿Nació con esa tara o fueron las fricciones con su entorno lo que la indujeron a ser despiadada? ¿Los monstruos nacen o se hacen?
Casi medio siglo después de ser concebida por Ken Kesey resurge para intentar responder a esa pregunta: ¿qué circunstancias de su oscuro pasado explican su personalidad? Un interesante punto de partida que no llega a cuajar, pues en vez de profundizar en sus antecedentes, evolución y motivaciones psicológicas, los creadores han urdido una trama plagada de clichés y melodramatismo. Como decía, un refrito de la obra de Ryan Murphy, con toques gore (American Horror Story) y vistosidad visual (Pose). Para colmo, la cancelación de la prevista segunda temporada deja al espectador confuso y frustrado.
Ante la política de cancelaciones de Netflix y el abuso del cliffhanger, empiezo a pensar que responde al loable propósito de la plataforma de potenciar la imaginación del público. Una especie de versión audiovisual del “hágalo usted mismo”, muebles de Ikea o gasolineras sin personal de servicio. Si no te cuentan cómo acaba la peli, a ver qué se te ocurre: con quién acaba la chica, quién es el asesino. Un estimulante ejercicio para compartir veladas con amigos cinéfilos.
Ironías aparte, confesaré que he visto Ratched a sabiendas de su mediocridad y sintiendo rabia por una ocasión perdida de explicar la conducta de la fatídica enfermera. La clave, lo que atrapa, está en la forma, en la puesta en escena. También contribuye a salvar los muebles el trabajo de un puñado de actrices, las famosas Paulson, Stone y Arquette y otras menos conocidas como Cynthia Nixon, Judy Davis, Sophie Okonedo, Amanda Plummer y Alice Englert. Los actores se mantienen en un segundo plano, excepto Finn Wittrock poniendo cara de psicópata, que se le da muy bien, y Jon Jon Briones, que muestra su experiencia en los musicales marcándose un frenético charleston bajo los efectos de las anfetas. La homosexualidad, casi siempre presente en la obra de Murphy, se presenta en versión femenina, acorde con el universo personal de Sarah Paulson, que mantiene una relación sentimental con la actriz Holland Taylor, treinta y un años mayor que ella.
La mayoría de las series y películas ambientadas en entornos psiquiátricos acentúan los aspectos sórdidos y siniestros: corredores tenebrosos, celdas acolchadas, camisas de fuerza, barrotes, rejas y cerraduras. El Hospital Estatal de Lucia, situado al norte de California, donde se ambienta la serie, se parece más a un balneario o a un resort de lujo que a un manicomio. Espléndida fachada, interiores pulcros, confortables, luminosos, el personal uniformado en colores pastel. Todo parece recién lavado, barnizado y pulido. Incluso los pacientes, instalados en amplios salones, se diría que se disponen a tomar el té. Al frente, en un despacho de majestuosos cortinajes azules, está el doctor Hanover, un comecocos filipino que consume todo tipo de drogas, obsesionado con experimentar con sus pacientes las últimas terapias, desde lobotomías, a base de punzón y martillo, a la hidroterapia extrema o el ácido lisérgico.
En 1947, la enfermera Mildred Ratched llega al Hospital de Lucia con un objetivo oculto que va más allá de un interés profesional. Conduce un coche verde, color que tiene gran protagonismo en la rica paleta cromática de la serie como símbolo de la malicia y lujuria, se supone. Viste de forma impecable, según los estándares de la moda: chaquetas entalladas con hombreras, y faldas de vuelo que realzan su grácil silueta, amén de los inverosímiles tocados en boga. Con métodos poco ortodoxos consigue un puesto en el equipo del doctor Hanover y enseguida establece una fuerte rivalidad con la enfermera jefe, Betsy Bucker, interpretada por Judy Davis. El duelo verbal que ambas mantienen en torno a un simple melocotón es una de las escenas más brillantes, además de la del teatro de títeres que desvela el traumático pasado de la protagonista, o los encuentros de esta con la vengativa Osgood, en la piel de Sharon Stone.
Los cuatro primeros episodios se desarrollan con lentitud, a modo de introducción, poniendo los personajes en su casilla del tablero. El quinto, El baile, cobra un ritmo más dinámico gracias a la irrupción de Charlotte Wells, una mujer que sufre trastorno de personalidad múltiple, que actúa como agente disruptivo en la trama, que a partir de su aparición se desbarata en giros inverosímiles y rocambolescos.
Mildred es seductora, persuasiva, manipuladora y miente más que habla, pero denota rasgos compasivos, ambigüedad que hace imposible etiquetarla moralmente. Su cabeza no para de urdir planes, y cuando le fallan recurre a otros alternativos. Supera su represión homoerótica y entabla una satisfactoria relación sentimental, pero toda la energía invertida en su misión de salvar a la persona querida que le inspira sentimientos de culpabilidad se revuelve contra ella como un bumerán. Debido a la interrupción de la serie no sabemos cómo saldrá del atolladero, pero parece evidente que solo lo conseguirá si comete un acto terrible que destruirá a quien ha estado protegiendo. Cuando termina el último capítulo ambientado en México, 1950, tienes la sensación de haber consumido un dulce insípido envuelto en un brillante papel de celofán. No ha alimentado tu mente pero te tuvo entretenida mientras jugabas con el envoltorio.



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