He conocido a personas que no habían leído un libro y veían el mundo mejor que muchos lectores.
La cultura suele reconocer mejor a quien se explica que a quien ve. Pero hay un saber más callado, menos visible y a menudo más exacto, que no nace de los libros, sino del trato con la realidad, de la práctica y de la palabra vivida. Se concede autoridad a quien sabe explicarse y ordenar el pensamiento: los libros afinan, ensanchan, ordenan. Con frecuencia, esa misma cultura olvida que hay saberes que no llegan por esa vía y, aun así, ven mejor. No porque sepan más en general, sino porque conocen de otro modo: por trato, por repetición, por memoria, por cuerpo, por necesidad y por experiencia acumulada en silencio.
Si alguna vez he visto esa inteligencia sin aparato, ha sido sobre todo en ciertas mujeres del campo. No interpretaban el mundo: lo medían. Sabían cuándo una visita llegaba con buen ánimo y cuándo traía tormenta. Sabían si una casa estaba levantada con cuidado o con apariencia. Distinguían entre quien hablaba mucho porque tenía ideas y quien hablaba mucho porque no tenía ninguna. Y sobre todo, sabían nombrar sin exagerar. En pocas palabras dejaban a alguien retratado.
No era una autoridad nacida del prestigio, sino de la realidad. No necesitaba exhibirse porque ya estaba probada. Se había formado en el trabajo, en la escasez, en la observación de los cuerpos, en el conocimiento de los tiempos, en la administración de la casa, en el trato con la enfermedad, con los animales, con el clima y con las necesidades de cada día. Había en esa gente —y de un modo muy visible en ciertas mujeres del campo— una inteligencia que no aspiraba a lucirse, sino a acertar. Y por eso mismo se dejaba ver menos en los lugares donde hoy se reparte el reconocimiento.
Mi madre pertenece a ese mundo. Nunca leyó nada mío. Ni de nadie. Pero nombraba el mundo con palabras que ya no se oyen. Iba al campo con corbella en mano y tierra en las uñas, segaba hierba para los animales, llevaba la casa, medía el gasto, observaba a la gente, pesaba las palabras. No habría hablado nunca de “conceptos”, “categorías” o “paradigmas”, pero sabía cuándo alguien venía de frente y cuándo venía a figurar, cuándo una pena era honda y cuándo era teatro, cuándo una casa estaba llevada con cuidado y cuándo era pura apariencia. Tenía, en fin, esa forma de juicio nacida menos de los libros que del trato con la realidad.
Por eso me parece tan pobre la suficiencia con que la cultura ilustrada ha mirado tantas veces a las gentes que no leían. La falta de libros se ha confundido demasiado a menudo con una falta de mundo. Se ha tendido a pensar que solo piensa de verdad quien sabe explicarse en la lengua autorizada de los conceptos. Y sin embargo, hay personas que no han leído a ningún autor y conocen mejor la vanidad, el miedo, la mezquindad, el cuidado, la necesidad o el peso del tiempo que muchos lectores cultos.
No se trata de enfrentar libros y experiencia, ni de fingir que la lectura no importe. Importa, pero no decide. Los libros pueden dar palabras, afinar matices, ordenar algunas cosas. Pero no tienen la última palabra. En ocasiones ocurre incluso lo contrario: que el exceso de palabra, de concepto o de interpretación termina alejando de lo que se tiene delante. Porque hay saberes que no se adquieren en la página, sino en la palabra oída, en la conversación reiterada, en la memoria compartida y en el trato sostenido con la realidad. El problema empieza cuando a la cultura letrada se le concede el monopolio del saber legítimo. Entonces dejamos fuera formas enteras de juicio que no saben exhibirse, pero saben ver. Y, al dejarlas fuera, no solo cometemos una injusticia cultural: empobrecemos también nuestra forma de ver a los otros y de entender lo que nos pasa.
Quizá por eso convenga decirlo ahora, antes de que desaparezca del todo su rastro. Ha habido personas que no leyeron libros y supieron el mundo con una exactitud que todavía hoy cuesta igualar. No se explicaban mejor. Veían mejor. Y a menudo acertaban más.


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