Yo hice la primera comunión en 1985, con nueve años, si no llevo mal las cuentas. Para desarrollar esta época se me ha ocurrido apoyarme en La historia interminable, en la novela y en la película, porque el libro me lo regalaron por mi primera comunión (mi tía Cuca) y la película la hicieron poco después. El libro es extenso, de más de cuatrocientas páginas en mi edición, con letra bastante pequeña, aunque es un libro precioso que guardo como un tesoro.
He tratado de volver a aquellos tiempos, a aquel año, a la primera comunión, a los recreos. Yo formaba parte de un grupo, creo, muy bueno. Sacábamos buenas notas en general, el deporte —las competiciones internas— se nos daban muy bien, y no era raro que alguno de nuestros compañeros ganara algún premio de escritura o de dibujo. Recuerdo, por ejemplo, que algunas veces, en algunos recreos, nos quedábamos algunos compañeros a dibujar. Recuerdo, por ejemplo, que a mí me gustaba dibujar algunas portadas de Tintín, como la de Stock de coque, o la de Tintín en el Congo.
Pero también jugábamos a esquiar sobre la arena, o a construir coches imaginarios con los abrigos: uno conducía, el chófer, y otro, el de atrás, le decía dónde ir. Todo con el abrigo sobre nuestras cabezas.
Nunca olvidaré el juego del teatro, porque algunos nos íbamos a escenificar pequeñas obras a las clases de alumnos más pequeños. Eran escenas sencillas pero que les gustaban a los niños, y a nosotros nos divertía mucho hacerlas. Las profesoras nos dejaban entrar en las clases para interpretar nuestras obras ante los niños. La verdad es que aquellos eran recreos muy bonitos y muy originales.
Para la primera comunión nos preparaban mucho en el colegio, porque yo diría que era un colegio religioso, pero sin agobiar lo más mínimo. A mí me gustaba mucho que fuera religioso, y el contacto con los curas, como el padre Dionisio Mediavilla, que era dominico y un sabio, y que nos deleitaba con su guitarra y su voz, y sobre todo con las historias de la Biblia, que él sabía contar como nadie.
De aquí conservo el recuerdo de que la Biblia es un libro apasionante, un libro que no se acaba de leer y de disfrutar nunca.
Poco tiempo después yo iría a un campamento de verano en el Pirineo de Huesca, y allí hablaría mucho con el padre Mediavilla. Lo recuerdo con su gorra, gorra tipo de caza, contándome un sinfín de cosas interesantes, como por ejemplo que la humanidad no tendría problemas en el futuro para alimentarse, porque el mar apenas se había explotado y se bastaba para alimentarnos a todos. Espero que estemos cuidando del mar y que lo que decía Mediavilla fuera cierto. Ahora pienso que si no lo estropeamos nosotros, los seres humanos, aquello era verdad.
Recuerdo que antes de la primera comunión tuvimos la primera confesión, y que Mediavilla —quizá otro sacerdote— pidió un voluntario para hablar al resto de los niños. Nadie se ofreció, y como nadie lo hacía me decidí a hacerlo yo.
Mi madre no daba crédito, porque yo era tartamudo. Por supuesto, como ya me ha ocurrido otras veces en mi vida, desempeñé aquella función sin tartamudear lo más mínimo.
Debo reconocer que cuando se trata de religión —también de libros y literatura; quizá otros terrenos, la vida— he sentido un apoyo especial y he aguantado cosas que tal vez en otras situaciones no las habría soportado. Quizá porque no me interesaran lo suficiente.
La historia interminable, la película, recuerdo que la vi poco después con un amigo y con sus padres. La vi en el cine, que ahora pienso que es como había que verla. Me gustó mucho. Creo que muestra bien una dicotomía que hay en mí, sobre todo de niño, y que seguro que la había en muchos otros niños. A mí me hubiera gustado ser Atreyu, el gran héroe, pero en realidad, con mis virtudes también, era Bastian, un niño bastante gordo muy aficionado a los libros, apocado y no muy valiente.
Es curioso que en el libro se dice que Bastian es francamente gordo, o muy gordo, y ya en la película no es tan gordo, o no lo es. Luego he visto que han hecho otra película y que el protagonista tampoco es gordo, en absoluto, y que ya no se parece mucho al personaje del libro. Quizá por estas cosas a Ende no le gustara la película, la primera, que es la que he visto completa. En cualquier caso debo decir que a mí sí que me gustó, con las limitaciones que tiene el cine, o que puede tener.
Con el tiempo cada vez me gusta más ser Bastian, aunque Atreyu me cayera tan bien. Creo por otra parte que cuando somos niños queremos ser mayores, y cuando somos mayores queremos ser el niño que fuimos. O al menos eso me ocurre a mí, estando contento de cómo soy ahora. Pero el que soy no es otro que el que fui, no sólo su heredero, sino el mismo, desarrollado, evolucionado. Sí, me reconozco como el mismo.
Además, con el tiempo uno comprende que en la vida hay muchos tipos de héroes y que ya sólo vivir nos convierte a todos en héroes.
La historia interminable precisamente muestra cómo un niño como Bastian, con sus limitaciones, pero también con sus virtudes, puede ser un gran héroe. Creo que la vida lo demuestra también, de otra manera quizá.
También he pensado estos días en que he vuelto a la novela, en todo el fondo que tiene ese libro, incluso hoy, seguramente siempre. ¿No está en peligro Fantasia? ¿No sigue en peligro, de la misma manera, de otra manera tal vez? ¿Qué va a ocurrir con los libros en el futuro, con los escritores, con la imaginación? ¿Cómo va a ser el devenir de todo ello?
Siempre el lector tiene que salvar Fantasia, como Bastian. Todos somos Bastian, y, sí, también, todos somos Atreyu. Yo cuando leí este libro y vi la película me identifiqué fuertemente con ese niño gordo, apocado… Me sigo identificando con él, aunque haya crecido tanto, aunque ya no se puede decir que esté gordo ni que sea un poco cobarde. Pero mi espíritu es el mismo, al menos en parte. Sigo vibrando, como lo hace él con los libros, y mi imaginación vuela con el dragón de la suerte, Fújur, para ayudar a la Emperatriz Infantil y salvar Fantasia, que es la tierra de todos, la patria de todos.
Rilke decía que la auténtica patria del hombre es su infancia, y muchas veces pienso que tenía razón. Michael Ende lo expresó muy bien. La imaginación, la poesía, el arte, la filosofía… también son nuestras patrias; algo poderoso e importante las unifica, quizá lo humano, la humanidad. Se ha llamado a su novela “novela poética” y “novela filosófica”, y estoy de acuerdo.
El niño sabe mucho más de lo que cree, y es un personaje mucho más elevado de lo que sospecha. Desgraciadamente nos damos cuenta cuando aquello ha pasado. Pero… ¿qué digo? El niño sigue vivo en nosotros. Nosotros somos aquel niño, lo mejor de él: su esencia, su alma. Somos Bastian y Atreyu. También la Emperatriz Infantil y todas las criaturas de Fantasia. En verdad somos Fantasia. El hoy, el ayer y el mañana. Somos futuro, somos esperanza. Si se me permite decirlo, tenemos que estar a la altura de nosotros mismos. Y no siempre es fácil.


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