Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 19 de abril de 1936: Franco en Tenerife
Hay maneras de estar en el destierro.
—Corpus Christi…
—Amén.
El general volvió a su sitio en el banco junto a su mujer, Carmen Polo, y a su hija, Carmencita. Había acudido la familia al completo a la iglesia del Pilar que, curiosamente, estaba en la misma calle donde celebraban sus quedadas los cófrades de la logia local. Franco ya empezaba a conocer la isla, su geografía, sus gentes. Cada vez que llegaba a un destino, le gustaba impregnarse del ambiente local. Era un conocimiento que tarde o temprano acababa siendo útil.
El sacerdote siguió dando la comunión y, mientras volvían a su sitio los comulgantes, Franco, en el extremo de su banco, junto al pasillo central, respiró con fuerza y repasó mentalmente los últimos acontecimientos. Mola había vuelto a telefonear dos días atrás. Por supuesto que ya habían comentado en su momento la destitución de Alcalá-Zamora, en un tono moderado que no dejó traslucir nada más allá de la fría información, a sabiendas de que los escuchaban y de que poco había que añadir a la noticia. En realidad, la destitución de Alcalá-Zamora, una especie de, según Mola, golpe de Estado del Frente Popular, era una defenestración anunciada que tampoco sorprendía a nadie.
Hacía mucho que se sabía que los hombres fuertes del régimen eran Azaña, Largo Caballero e Indalecio Prieto. Así fue desde el principio. Tanto Lerroux como Alcalá-Zamora eran vestigios de otro tiempo, pegotes que tarde o temprano se iban a despegar, como estaba ocurriendo.
Igual que Gil-Robles, que había protagonizado por su cuenta el absurdo intento de controlar la República desde dentro, con los resultados que todo el mundo sabía.
En la misma conversación, Mola también mencionó el atentado contra Eduardo Ortega y Gasset, y Franco observó:
—Son las cosas de ese chico, el hijo del marqués de Estella.
Se refería, claro, a José Antonio, con quien Franco nunca terminó de sintonizar. Le molestaba la manera exaltada en que lo había conminado a sublevarse, la vez que se vieron en casa de su cuñado, Ramón Serrano Suñer. Lo hizo con tal falta de prudencia que Franco tuvo que ponerle en su lugar, explicándole que el Ejército estaría siempre al servicio de la legalidad imperante. Con gente así no se llegaba a ninguna parte.
Pero la llamada de Mola era más delicada y giró en torno al asesinato del alférez De los Reyes, el día de la República, en Madrid. Eso había soliviantado a los militares, que veían en ello y en los tiroteos un claro indicativo de la situación del país. Mola, de manera sutil, había preguntado si aquello podía servir de señal para la rebelión.
—No, todavía no —dijo Franco.
Y ahora se persignaba, mientras el sacerdote daba la bendición a los fieles.
El veinte de abril, la primera fecha sugerida para el alzamiento, le parecía aún precipitada.


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