Inicio > Blogs > Ruritania > Escribo por escribir
Escribo por escribir

Hoy escribo por escribir. Por mantener el músculo en forma. O, al menos, que no se atrofie. Esta mañana fui a mi médica de cabecera con una lista de dolencias que he ido acumulando a lo largo de los meses; no me gusta ir por nada, considero nimias la mayoría de mis afecciones y las voy sumando para ofrecérselas de a una. No soy uno de esos pacientes que se sientan frente a su mesa y le roban más minutos de los necesarios. Yo voy, me siento, ella me pregunta y yo le suelto —casi en una retahíla— la ristra de mis pesares, sobre todo físicos. Esta última vez, sin embargo, mi cuerpo no era el protagonista. Me refiero al cuerpo tangible, a ese sobre el que pones un dedo y aúllas de dolor o percibes que algo no está bien. Esta vez mi sufrimiento viene de otra parte más etérea e indefinida. Como un fantasma oscuro que me sobrevuela y me hunde y me angustia y me entristece y me abisma. Una nube constante de pesadumbre y sufrimiento que no logro identificar y, ni mucho menos, erradicar. No quiero hablar de eso. Sino del motivo de esta entrada en mi diario.

Cada vez que me asomo a las cuentas del banco, me entra bajón. Y cada vez que lo hago, pienso en lo cerca que el dinero está de matar el arte. Una vez más. Pienso en que ya no podré seguir creando por mucho más tiempo, porque la supervivencia pasa por ganar dinero y autoabastecerse y no por escribir obras que nadie lee (o, al menos, que nadie compra). Uno puede estirar el chicle al máximo, reduciendo consumos, salidas, viajes, quedadas, regalos… Pero ese chicle también tiene un límite y, cuando este se quebranta, entonces no solo tienes que renunciar a lo que tienes, sino a aquello que no. Y ese agujero horada la autoestima y la confianza en uno mismo, abre un abismo en mi interior que tira de mí hacia adentro y me hace creer que, tal vez, el mundo sería mejor sin mí. Los monstruos que acechan a mi espalda, los esqueletos de mi armario y los demonios de mis cuentos, todos a una, salen y me emboscan, satisfechos de que la pesadilla cobre realidad y me devore como tantas y tantas veces ha hecho con otros tantos. ¿Y la luz? ¿Qué luz? Solo veo oscuridad. Una masa negra viscosa y resbaladiza al borde del precipicio al que me agarro con la punta de mis dedos, evitando mirar abajo, viendo como mis sueños, ya ancianos y gastados, se ríen de mí desde arriba e incluso pisotean mis manos para que caiga y deje, de una vez por todas, de soñar con quimeras e imposibles y me deje arrastrar hacia la negrura de ese pozo sin fondo.

"Necesitamos alimentar nuestra economía para vivir. Una falacia que esta sociedad nos ha hecho creer a pies juntillas"

Hay días en que sostener el peso de uno mismo es harto complicado. Una tarea titánica que, en otro tiempo, en otro lugar, no era tan difícil. Me digo que hubo una época peor, que mi existencia no fue un camino de rosas, pero no es del todo cierto. Pude hacer lo que quise y tuve energía para hacerlo durante muchos años. Pude crear cuando apenas sabía y, ahora que creo que se me da un poco mejor, tal vez no pueda hacerlo. Es la ley que impera en nuestro mundo, la impronta de nuestras vidas que nos impele a buscar algo durante toda una vida para, cuando lo alcanzamos, darnos cuenta de que ya no lo necesitamos. El acto mismo de luchar por algo que, cuando llega, ya no nos satisface. Porque el objetivo ha cambiado o, lo más probable, lo hemos hecho nosotros. Esos sueños que son la montaña que se ve a lo lejos, pierden lustre cuando nos acercamos y comprobamos que no era tan alta ni su vegetación tan frondosa. Y somos esclavos de esos sueños. Porque lo peor de todo es que, lejos de provocarnos alivio, nos lastima abandonarlos. Necesitamos alimentar nuestra economía para vivir. Una falacia que esta sociedad nos ha hecho creer a pies juntillas. Porque, cuando añadimos ese ingreso extra y eliminamos el tiempo dedicado al arte, nos damos cuenta de que ya no hay tiempo y el dinero sigue siendo escaso. La banca siempre gana, pero el ciudadano de a pie siempre pierde.

"Hoy escribo por escribir. O, quizá, como herramienta para no perderme y no caer y seguir creando y creyendo que hay un camino más allá en favor de las musas"

Hoy escribo por escribir. O, quizá, como herramienta para no perderme y no caer y seguir creando y creyendo que hay un camino más allá en favor de las musas. Que a alguien le importa aún lo que yo tenga que decir y que yo pueda seguir juntando letras. Que haya aún alguien que no considere esto de la escritura como un mero pasatiempo o una inversión económica, sino que sienta verdadera pasión por el oficio. Y también respeto. Que si yo me retiro de un sueño, no lo hago de escribir, pero escribo por si acaso la vida me consume y el tiempo no me da para hacer lo que más deseo, lo que lleva moviendo mis días desde hace más de tres décadas. Y treinta años son muchos yendo detrás de la zanahoria. Treinta años dan para ver mucho mundo y descubrir que no todos escriben por amor al arte, sino por amor al dinero o la fama o cualquier otra banalidad que poco tiene que ver con el reconocimiento genuino y mucho con el ansia de lucro. Porque a mí me preocupa hacer las cosas bien y siempre creo que estoy muy lejos de hacerlo, pero hay otros a los que les preocupa un cadáver bonito y joven antes que un contenido bien amueblado. Hoy escribo por escribir, por si acaso no puedo hacerlo más y tengo que vestir de luto estas letras que son mi vida, pero no me dan de comer aunque sí me alimentan. Seguiré leyendo y escribiendo. Mientras, desaparezco envuelto en el papel de seda de un sueño que, de deslucido, casi es pesadilla de mercadillo.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios