Robert Louis Stevenson trazó en La isla del tesoro (1883) una imagen perdurable del mar como promesa de mapas ocultos y aventuras ajenas. Joseph Conrad, navegante convertido en cronista, hizo de él un espejo moral en Heart of Darkness (1899) y Lord Jim (1900), siempre a través de la voz de Marlow. En esos libros, la travesía importa menos que las cobardías, las culpas y los silencios que deja al descubierto. Javier Marías, traductor y lector atento de El espejo del mar, de Conrad, vio en esa obra una confesión de un “mar íntimo” que aquí intento explorar, dentro del ciclo de relatos El Espejo del Agua. Vaya para él esta memoria.
Ya tenía cincuenta años cuando conocí a Requena, una edad en la que uno se sabe razonablemente mayor y aun así se empeña en atribuirse una juventud que ya no le pertenece, sobre todo cuando las fechas de las esquelas empiezan a coincidir con las de antiguos compañeros de pupitre, de servicio militar o de travesías que uno creyó interminables y que, sin embargo, acabaron hace décadas, como termina todo lo que parece eterno. Requena, en cambio, era de esos hombres cuya edad nadie acierta: podía tener cuarenta o sesenta, o incluso las dos a la vez, según se miraran sus manos con manchas de óxido y sal o sus ojos de muchacho que aún espera que pase algo decisivo y grandioso, algo que justifique haber aguardado tanto.
Nos conocimos una tarde de ventarrón en el puerto de Vigo, cuando el cielo se había puesto de un gris sucio que no era todavía tormenta pero tampoco calma, esa franja imprecisa que a los marinos antiguos les servía para oler la desgracia, mientras que a los de ahora, los de GPS y radares y pantallas fluorescentes, apenas les suscita un bostezo. Yo estaba sentado en una mesa arrimada al cristal empañado de la taberna del muelle, bebiendo un whisky áspero que seguramente había viajado más que yo en los últimos años, cuando lo vi entrar, o quizá sería más exacto decir que lo vi aparecer, porque hay hombres cuya llegada a un lugar cerrado recuerda menos al acto mecánico de abrir una puerta y más a la irrupción de una silueta ya sabida, de un personaje al que el escenario llevaba rato esperando.
Traía la chaqueta pesquera abrochada hasta el cuello, aunque no hacía tanto frío, y un gorro de lana ridículo y solemne a la vez, de esos que convierten a cualquiera en pariente lejano de los marineros de grabado, pero en su caso no había afectación ni disfraz: el gorro, la chaqueta, la barba salpicada de blanco formaban parte de una continuidad tan antigua como los barcos de madera. Se acercó a la barra con esa manera de andar que tienen los que nunca han terminado de poner los pies en tierra, siempre un poco balanceados, como si las tablas pudieran inclinarse en cualquier momento.
—Ese whisky no es para un día como hoy —dijo señalando mi vaso, sin mirarme—. El mar está en otra cosa.
A muchos les habría molestado la intromisión, pero uno aprende con la edad que ciertas frases no vienen dirigidas a uno, sino que se pronuncian a través de uno, como quien usa un cuerpo cualquiera para dirigir un mensaje a la estancia en general, o al aire. No supe muy bien qué contestar y me limité a preguntarle, quizás con exceso de educación:
—¿Y qué bebida recomienda usted para un día así?
Entonces sí me miró, y vi en sus ojos un brillo cansado que recordaba a las luces lejanas de un puerto cuando todavía se está a dos noches de llegar.
—El ron es para los que aún esperan tormentas —dijo—. Hoy el mar está en plan de contar recuerdos, así que mejor vino. El vino obliga a escuchar.
Se sentó a mi mesa sin pedir permiso, con la naturalidad de quien se sienta en un banco del paseo marítimo, sitio de paso y de nadie. Al cabo de unos minutos ya sabía yo que se llamaba Requena, que había pasado media vida en mercantes de bandera dudosa y que había tocado puertos africanos cuyos nombres yo sólo conocía por novelas inglesas y atlas escolares. Por alguna razón que aún no revelaba, había dejado de embarcarse desde hacía ocho años, cifra que pronunció como si fuera una condena o una marca física.
—No crea que el mar es un escenario, como en las novelas de aventuras que usted sin duda habrá leído de joven —añadió de pronto, quizá porque me pilló mirándolo con esa atención que se dedica a los personajes literarios cuando se sospecha que podrían estar posando—. El mar es más bien un lector desatento: recuerda algunas cosas, olvida casi todas y, de vez en cuando, relee un párrafo antiguo y se sorprende de encontrarlo todavía ahí, como si fuera la primera vez.
Fue entonces cuando mencionó a Stevenson, no por su nombre, sino por aquel muchacho que se subía a bordo con un mapa en el bolsillo y la idea candorosa de que el peligro es siempre ajeno y nos espera delante, nunca detrás ni en el propio camarote, donde la lámpara se balancea inocente. Yo asentí, como si también hubiera conocido a ese muchacho, porque a fin de cuentas todos hemos sido Jim Hawkins durante un breve tramo de la vida, hasta que descubrimos que la isla del tesoro, en caso de existir, ya ha sido excavada por otros, o bien nos aguarda con un cofre lleno de arena.
El problema —continuó Requena— es que uno empieza creyendo que el mar le ofrecerá un argumento, como si fuera un novelista generoso, y lo que acaba dando son notas al pie. Lo verdaderamente importante sucede siempre en los márgenes: la sombra del que se queda en el muelle, la palabra que no se dice en cubierta, la carta que llega tarde o no llega nunca. Conrad entendió eso mejor que nadie: sus barcos van cargados sobre todo de lo que no se cuenta.
No era común encontrar en una taberna portuaria a un hombre que hablara de esa manera y citara novelas sin arrugarse, pero el tono era más de confidencia que de erudición, como si hablase de viejos camaradas de ruta. Empecé a notar que el relato que pretendía contarme no terminaba de empezar; o, mejor dicho, que cada vez que parecía hacerlo —con un “hubo una vez un capitán” o “en cierta travesía al Caribe”— se desviaba hacia otra cosa: unas cuerdas mal trincadas, la risa de una mujer en un puerto frío, el olor del gasoil en los dedos incluso después de lavarlos.
Pensé que aquella divagación era una forma de pudor, una manera de retrasar el momento de llegar a la verdadera anécdota que justificaba su necesidad de vino y de interlocutor. Porque todos, cuando nos sentamos a contar algo, fingimos que ignoramos adónde vamos, pero lo sabemos desde antes de pronunciar la primera palabra; aun así, damos rodeos, y nos demoramos en equipajes y climatologías porque tememos el instante de decir lo que de verdad tenía que ser dicho, y que una vez dicho ya no podrá retirarse.
—No se engañe —dijo al fin—. Nadie deja el mar por voluntad. Se deja porque una tarde, en un puerto que podría ser cualquiera, uno se descubre caminando recto sobre el muelle y nota que ya no le costaría nada seguir así, tierra adentro, sin mirar atrás. Eso es terrible: descubrir que el agua ha dejado de tirar de uno.
Me contó que en cierto viaje había conocido a un primer oficial inglés, a quien llamaban Jim, que leía a Conrad en la derrota nocturna y que había conseguido el extraño privilegio de seguir siendo joven por pura lealtad a un solo error. No quiso precisar el año ni el nombre del buque; decía que los nombres exactos no sólo recuerdan, sino que devuelven entero lo que nombran. Aquel oficial, a quien todos llamaban así sin averiguar si ése era su nombre verdadero, había abandonado en su juventud un barco en apuros, convencido de que se hundiría con tripulación y pasaje, y el barco no se hundió, como sucede a menudo con las catástrofes que no llegan a consumarse y dejan tras de sí una ruina invisible, casi más difícil de sobrellevar que el propio naufragio.
—Lo más curioso —dijo Requena— es que ese Jim no se arrepentía del salto en sí, de la deserción física. Se arrepentía de no haber esperado un minuto más. Un minuto, ¿se da cuenta? Toda su vida reducida a sesenta segundos que no se atrevió a gastar.
A partir de aquel encuentro, prosiguió, el mar empezó a cambiar de significado para él. Ya no era la superficie indiferente que uno creía domeñar a fuerza de rutas repetidas, sino un inmenso espejo en el que se reflejaban no tanto las hazañas como las omisiones. Cada ola que se estrellaba contra la roda parecía traerle el rumor de los “podría haber sido”, y en cada guardia nocturna encontraba la compañía de las decisiones no tomadas.
Lo escuchaba, fascinado y con una leve incomodidad, como quien se ve interpelado en un asunto que creía ajeno. Porque yo mismo, sin ser marino de verdad, había navegado lo suficiente en mi juventud como para saber que lo peor del océano no son sus tormentas, sino su capacidad para poner a la vista, despejados de todo ornamento, los vacíos de la propia vida en tierra. En un barco no hay distracciones honorables: o se mira el horizonte o se mira hacia adentro, y ambas cosas acaban confundidas.
En algún momento, quizá a la tercera copa de vino, Requena se calló de golpe, como si hubiera llegado al borde del precipicio que llevaba toda la tarde bordeando con prudencia. Encendió un cigarrillo con unas manos que temblaban apenas —quizá por efecto del alcohol— y fijó la vista en el cristal, donde la lluvia empezaba a dibujar surcos indecisos.
—El problema de escuchar al mar demasiados años —dijo al cabo— es que uno empieza a oírlo incluso cuando está lejos. Y entonces, cuando por fin se queda en tierra, el mar se venga contándole historias que ya no podrá comprobar. Historias de barcos que se hunden sin testigos, de islas que se tragan los mapas, de marineros que siguen dando vueltas al mundo porque nadie les ha avisado de que ya no hace falta.
Me miró de soslayo, como si sospechara que yo era uno de esos hombres que aún creen que se pueden cerrar los libros sin que los personajes protesten.
—No sé por qué le estoy diciendo todo esto —añadió—. Tal vez porque usted, que no huele a sal, todavía está a tiempo de no embarcarse en según qué relatos. Hay historias que es mejor contemplar desde el muelle.
Yo estaba a punto de preguntarle cuál había sido, entre todas, la historia que lo había hecho bajar definitivamente del barco, qué noche determinada, qué error irreparable; pero me detuve, quizá por una intuición tardía de que hay preguntas que no se pueden formular sin cometer una violencia, aunque el otro parezca estar rogando que se las hagan. Si uno pregunta, obliga al relato a fijarse, a tomar una forma que acaso no sea la suya; en cambio, si guarda silencio, lo deja seguir siendo líquido, como el propio mar al que aludíamos sin descanso.
Nos quedamos así un rato, sin hablar, con el rumor amortiguado del puerto al otro lado del cristal: cadenas arrastradas, una sirena breve, el grito de una gaviota que siempre suena a risa de mujer. Pensé en Stevenson y en Conrad, en sus jóvenes que soñaban con mares lejanos sin darse cuenta de que el verdadero viaje consistía en regresar a casa y descubrirla irreconocible, y comprendí que quizá el mar, ese mar que nos había prometido tesoros y expiaciones, no era más que una excusa que inventamos para poder contarnos historias los unos a los otros, en tabernas como aquella, mientras llueve.
Cuando levanté la vista para decirle a Requena que, a pesar de todo, yo seguía creyendo que algunos viajes merecían la pena aun a riesgo de no hallar nada, ya no estaba. La silla frente a mí se hallaba vacía, y el vaso de vino, casi lleno, conservaba todavía la huella húmeda de sus dedos. Pagué las consumiciones con un billete que tardé en encontrar —las monedas, como los recuerdos, se esconden en los bolsillos equivocados— y salí al muelle.
El viento había arreciado y el mar, por fin, parecía haber decidido en qué iba a convertirse aquella tarde: no en tormenta ni en calma, sino en un murmullo obstinado que repetía, una y otra vez, una historia que yo juraría haber oído ya en otra parte, en otro idioma, en otro tiempo. Una historia de mapas incompletos, de barcos que parten y de hombres que se quedan en la taberna tratando de averiguar si de verdad ocurrió lo que acababan de escuchar o si, por el contrario, las mejores historias del mar son siempre apócrifas, como todas las vidas que merecen ser contadas.


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