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Parthenope o la belleza según Paolo Sorrentino

Parthenope o la belleza según Paolo Sorrentino

El director italiano Paolo Sorrentino lleva ya varios años consolidándose como uno de los cineastas más interesantes y originales del panorama europeo. El autor de Las consecuencias del amor y de La gran belleza ha sido comparado en numerosas ocasiones con el genio de Rímini Federico Fellini. No en vano, cuando el napolitano se alzó con su merecido Oscar en la edición de 2013, le dedicó la estatuilla dorada a sus grandes ídolos: a Martin Scorsese, a Diego Armando Maradona, a Talking Heads y, por supuesto, al propio Fellini. A mi juicio, desde Fue la mano de Dios, Sorrentino ha trascendido la evidente impronta felliniana de sus primeros trabajos y ha terminado por forjar, sensu stricto, un estilo propio, el eminentemente sorrentiniano, caracterizado, sobre todo, por un ímpetu —diríase que agónico— de capturar la belleza de la vida al mismo tiempo que su fragilidad, su fugacidad y su naturaleza esencialmente efímera.

En Parthenope encontramos a un Paolo Sorrentino profundamente enamorado de su ciudad natal, Nápoles y, al mismo tiempo, fascinado por su protagonista, Celeste Dalla Porta, una actriz novel que aquí, literalmente, se come la pantalla. Lo primero que conviene señalar es que Parthenope es un filme complejo, con muchas capas y difícil de analizar. Resulta especialmente complicado deslindar su dimensión estética —el gesto formal— de su vertiente conceptual o filosófica. Da la impresión de que Sorrentino trata de inculcarnos dos ideas fundamentales, a saber: la idea de belleza como condena y la fragilidad de tal ideal, a menudo fagocitado sin que apenas seamos conscientes de ello.

"Parthenope se nos presenta como una mujer libre, paradigma de la mujer independiente, animada por una clara vocación de comerse el mundo"

La película nos narra el itinerario vital de la protagonista, interpretada con gran solvencia por la ya mencionada Celeste Dalla Porta: una mujer de extraordinaria belleza que se ve obligada a soportar —si se me permite el oxímoron— el peso insoportable de su propia belleza. No deja de resultar significativo que, desde los albores del pensamiento filosófico, la belleza siempre ha estado vinculada a la idea del Bien. Recordemos, por ejemplo, el mito de la caverna platónico o las reflexiones en torno a este ideal presentes en diálogos como El banquete. La belleza suele concebirse como algo liberador, un ideal digno de ser perseguido, una meta hacia la que orientar el curso de nuestras vidas. Sin embargo, en el filme de Sorrentino, esta noción se invierte. La belleza aparece como un ideal equivocado, incluso indeseable, una suerte de cárcel que nos mantiene aherrojados, condenados a contemplar cómo desfilan las sombras de un pasado perpetuamente idealizado. Parthenope se nos presenta como una mujer libre, paradigma de la mujer independiente, animada por una clara vocación de comerse el mundo. Lectora voraz, posee además una inteligencia poco común que no tarda en cautivar a un erudito catedrático de antropología, quien ve en ella a su heredera natural en el cargo.

La película —y en esto se percibe una clara resonancia del cine de Terrence Malick— despliega un mosaico de experiencias vitales que configuran el recorrido de la protagonista. No es casual que en los compases iniciales suene una partitura de Kilar ya empleada por Malick en Knight of Cups, subrayando así ese tono contemplativo y casi lírico que atraviesa el filme. Al comienzo se nos muestra a una adolescente que sueña con estudiar antropología —no es, en absoluto, un dato baladí la elección académica de nuestra protagonista—. Sin embargo, pronto se ve, en cierto modo, obligada, si no a renunciar, sí a posponer sus estudios universitarios a raíz de un evento luctuoso: el suicidio de su hermano durante el transcurso de una noctívaga y dipsómana verbena. Aquí emerge otra de las ideas fundamentales del filme: la nostalgia, siempre presente en el universo sorrentiniano. Baste recordar a Jep Gambardella, icónico protagonista de La gran belleza, ese hombre de vuelta de todo, que ante la imposibilidad de erigirse en rey de lo sublime opta por convertirse en soberano omnímodo de la mundanidad durante las jaranas que animan las noches de la antigua capital del imperio romano. Este personaje, interpretado por un fijo de Sorrentino, Toni Servillo —una suerte de Mastroianni sorrentiniano—, proclamaba que la nostalgia es lo único que nos queda —y aquí me incluyo— a quienes no albergamos esperanza alguna en el futuro. Esta idea, tan sombría como profundamente melancólica, recorre con intensidad todo el metraje de Parthenope, latiendo con un fulgor constante que impregna cada uno de sus pasajes. Recordemos la escena en la que la protagonista mantiene una larga conversación con el escritor John Cheever, encarnado por un magistral Gary Oldman, perdedor por antonomasia que decide afrontar el ocaso de su vida entre lágrimas y alcohol, ese refugio al que acuden quienes arrastran un alma herida por mil grietas debido a la implacable acción del siempre caprichoso y veleidoso destino. Resulta cuanto menos llamativo que una joven como Parthenope se sienta ya embriagada por el influjo de la nostalgia, hasta el punto de no llegar a conectar plenamente con personas de su misma edad, resultándole, en cambio, mucho más fácil relacionarse con personas mayores, lo que revela, en cierto modo, la condición de alma vieja atrapada en un cuerpo joven. De ahí su manifiesta inclinación hacia un pasado idealizado que, en realidad, jamás llegó a materializarse. Durante la campaña de promoción del filme, Paolo Sorrentino afirmaba que la nostalgia es esa sensación tenebrosa de sentirse permanentemente afligido sin saber muy bien por qué. Esta verdadera enfermedad del alma, pues la nostalgia no es otra cosa, atenaza a nuestra protagonista, impidiéndole disfrutar del presente debido a su melancolía casi constante.

"En mi opinión, la idea central de la película de Sorrentino no sería tanto la ya mencionada sensación de nostalgia eterna"

Otro aspecto interesante que aborda con maestría el filme de Sorrentino es la distorsionada concepción de la belleza que impera en el vulgar y chabacano mundo contemporáneo. No deja de resultar paradójico —y en cierto modo desconcertante— que la belleza física de nuestra protagonista le abra muchas puertas y, al mismo tiempo, le cierre otras tantas. Ella no desea ser considerada una mujer libre únicamente por sus rasgos físicos, sino por su carácter, su personalidad y su inteligencia, reivindicando así una libertad que trascienda a la mera superficialidad de su apariencia física. En mi opinión, la idea central de la película de Sorrentino no sería tanto la ya mencionada sensación de nostalgia eterna, sino, por el contrario, la noción de que la belleza nos brinda únicamente una ilusión de libertad. Esta idea se despliega a lo largo de toda la película, desde el instante en que el personaje de Gary Oldman le dice a Parthenope que el talento —entendido aquí como belleza— no excluye el dolor, sino que simplemente lo hace más interesante. La belleza de Parthenope se convierte en una fuente constante de desasosiego, tragedia y sufrimiento. Ella se siente observada, deseada y de algún modo, utilizada; su belleza le impide disfrutar plenamente de su vida, alimentando la nostalgia y la melancolía que afligen constantemente su alma.

Al final, nos queda un relato profundamente triste sobre la fugacidad de la vida y sobre esos instantes en los que solo somos aparentemente felices, porque las horas del esplendor en la hierba, de la gloria en la flor —en definitiva, de la belleza física— terminan colapsando. Si, entonces, fundamentamos nuestra libertad en la estética, ¿qué nos queda al envejecer? ¿Qué nos queda cuando la vejez se abre paso inevitablemente? ¿Tal vez la belleza del recuerdo?

"Parthenope es una persona bella, pero bella en el sentido pleno del término, no en esa reducida acepción moderna que circunscribe la belleza a los rasgos físicos"

Por ello, al concluir la película de Paolo Sorrentino, uno tiene la impresión de que la nostalgia que nos aflige está, en realidad, injustificada. Muchas veces soñamos con nuestro pasado, lo idealizamos y, por ello, sentimos nostalgia; pero parece que Sorrentino nos plantea la siguiente pregunta: ¿En realidad fuimos felices durante ese pasado ahora idealizado, o simplemente idealizamos un periodo de nuestra vida en el que solo fuimos felices aparentemente? Precisamente por ello, los momentos más auténticamente felices en la vida de Parthenope no se producen cuando ella se apoya en su belleza física; esos instantes de júbilo surgen cuando su belleza —su verdadera belleza, podríamos decir— se manifiesta en su actitud hacia los demás. Para el recuerdo queda, en este sentido, un momento muy felliniano: cuando Parthenope conoce al hijo de su anciano maestro de antropología, un chiquillo aquejado de una extraña patología que hincha su cuerpo y deforma sus rasgos. Cuando el profesor le pregunta a su alumna qué opina sobre su hijo, ella responde con una sola palabra: “bello”. He ahí, valga la redundancia, la verdadera belleza de la película de Paolo Sorrentino. A pesar del paso inexorable del tiempo y del inevitable advenimiento de la senectud, las personas realmente bellas jamás dejan de serlo, porque la auténtica belleza no reside en el exterior, siempre marchitable, sino en el interior, incólume e imperturbable ante el transcurrir imparable de las manecillas del reloj. Parthenope es una persona bella, pero bella en el sentido pleno del término, no en esa reducida acepción moderna que circunscribe la belleza a los rasgos físicos.

"Disfrutemos y celebremos, por tanto, la obra de un director que siempre busca ir un poco más lejos con sus películas, un cineasta convencido del inmenso poder de la imagen"

La belleza de Parthenope se manifiesta en su relación con los demás. Un ejemplo claro ocurre cuando, siendo ayudante del profesor universitario, decide aprobar a una alumna que se presentó al examen embarazada, consciente de que, de no hacerlo, esa estudiante, una vez madre, probablemente jamás volvería a pisar la universidad. En definitiva, la verdadera belleza de Parthenope reside en su íntimo convencimiento de que la libertad no puede provenir de su apariencia exterior, sino de su auténtica belleza: la interior, la intelectual, la personal, la única capaz de sobrevivir intacta al implacable paso del tiempo.

Disfrutemos y celebremos, por tanto, la obra de un director que siempre busca ir un poco más lejos con sus películas, un cineasta convencido del inmenso poder de la imagen para suscitar reflexiones estimulantes, profundas y de notable calado filosófico. Un director que encarna, en cierto modo, la definición platónica del amante de lo bello: aquel que, cuando cree haber hallado la belleza, la ve escurrirse de sus manos y, aun así, sigue buscándola incesantemente en cada nueva película. Uno se siente tentado a pensar que la vida consiste, precisamente, en eso: la búsqueda incansable de la gran belleza.

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