En Granada hay una casa en la que se pronuncia un nombre: Federico. Entre jardines y escaparates, su figura describe la historia de un país al son de unas suites de piano. Casi noventa años después de su asesinato, la pregunta permanece: ¿en qué lugares sigue respondiendo a la llamada?
Granada es el resultado bibliográfico de una hazaña: para su gente, Lorca no es solo objeto de estudio, sino elemento de calle. Lorca se dice en plural: el autor que se estudia, el mito cultural gestionado, el símbolo histórico y el escritor que acompaña. ¿Qué queda de la figura? Olalla Castro, escritora y doctora en Teoría de la Literatura, explica que Federico forma parte de «la educación sentimental y el aprendizaje literario de todas las granadinas» más allá de «la utilización por parte de las instituciones de la figura de Lorca, convertida tantas veces en mero reclamo, souvenir turístico o marca comercial de la ciudad». Generación tras generación, la memoria se hace cimiento al recorrer las casas que habitó. Según Castro, Lorca fue un visionario, al entender con «clarividencia enorme las opresiones del sistema-mundo: el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo». Esta conexión emocional se traslada a una reivindicación política y social. Cada 18 de agosto, aniversario de su asesinato, el pueblo granadino realiza un homenaje popular que reproduce el «paseíllo» desde el molino de Víznar. En este paseo, Lorca avanza hacia la ética y el recuerdo de una tierra que rechaza el olvido de su rastro sobre la alfalfa.
En sintonía con esta presencia, Fran Ibáñez, investigador de la Universidad de Granada y escritor, sostiene que existen dos cosas indispensables que hacen reconocible a la ciudad: «la Alhambra y Federico García Lorca». A diferencia de la piedra, que permanece inmóvil, Lorca parece desplazarse. Para Ibáñez, venimos de un «Lorca mártir ya liberado. Lorca ya se ha alzado y desdibujado de aquello. Parece más etéreo» porque «no escribió para sus lectores. Escribió para los lectores de ayer, hoy y mañana».
La afirmación encuentra su eco en la palabra diaria a través de Valentina Colonna, poeta y profesora de la Universidad de Granada, y una de las creadoras del archivo Voice of Spanish Poets, un proyecto que, precisamente por nacer en esta ciudad, no podía no tener a Lorca en su centro. Lo interesante no es solo su inclusión, sino el modo en que la voz desconocida del poeta se recompone a través de otras. Cuando Colonna responde al mensaje de dónde está Lorca, ella señala las direcciones: «calles, paredes del Albaicín; la Alhambra… En Granada, es una presencia que se vive, se siente, y eso se debe al hecho de que Granada es la ciudad de Lorca». Para ella, Granada es escenario indivisible que une a figuras como Manzanita y Morente, un acto entre lo popular y académico. En sus investigaciones sobre la voz, ha descubierto que las expresiones de su obra son un reflejo directo del habla y modo de vida granadinos, pero también de una comunidad poética: «Hay un coro de voces de poetas contemporáneos —granadinos y también de otras zonas del país— leyendo a Lorca, y me parece que, cuando falta la voz de un autor tan grande, justo la unión de muchas voces permite dar a su voz su originalidad».
Esta presencia cotidiana es la que permite a Marcos Almendros, editor y gestor del Centro Federico García Lorca de Granada, afirmar que, pese a que el Quijote sea el libro más importante, el autor de más relevancia e influencia posiblemente sea Lorca. Almendros señala que cada lector tiene una experiencia distinta ante el texto lorquiano porque «hay muchos Federicos en Lorca». Su influencia es tal que «el desarrollo cultural de España es una herencia del desarrollo cultural que dejó Federico en sus años de vida». Hoy, en cada estantería, hay un libro: un Romancero gitano, una casa, sí: la de Bernarda, pero también las cuerdas de su guitarra siguen afinándose: «Podemos disfrutar de la propia guitarra que Federico tocaba, un regalo de su tía cuando tenía ocho años».
Uno de los puntos novedosos de este aniversario es la próxima publicación. El 23 de abril, la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker publica un trabajo fundamental: una recopilación de partituras manuscritas del mismo Federico. Este volumen incluye las letras que elaboró junto a la Argentinita, así como las composiciones que insertó en sus piezas teatrales. Con un estudio preliminar de Samuel Diz y epílogos de figuras como Carmen Linares y Mauricio Sotelo, esta publicación devuelve la figura del Federico que se sentaba al piano con el mismo duende de su palabra.
Valentina Colonna refuerza este vínculo acústico a través de las grabaciones. Al registrar voces contemporáneas leyendo el «Romance sonámbulo», se observa cómo el oído musical de Lorca actúa como sustrato métrico que todavía hoy emociona a quien lo recita. Con ese verde, que te quiero verde… había alguien que se alejaba de la versión cantada y alguien que se acercaba: «Es interesante grabar a poetas leyendo a Lorca y sus reacciones de “cuántas veces he leído este poema”, porque ese cariño e intimidad también se quedan en la grabación».
Como en una nota sobre la tecla o una voz sobre el micrófono, la palabra se hace representación en las tablas. Juan Manuel Ferriz, director del Teatro Alhambra y coordinador de Lorca y Granada en los Jardines del Generalife, es testigo de cómo montajes de El Público, La casa de Bernarda Alba siguen provocando noches inolvidables. La obra de Federico es un motor creativo que genera recepciones amplias porque está «plenamente viva», desde Nuria Espert interpretando los versos del Romancero hasta Alberto San Juan en Nueva York en un poeta.
Desde 2002, el programa Lorca y Granada en los Jardines del Generalife sirve de puente entre público y obra. Con más de 800.000 espectadores acumulados, el éxito radica en esa fusión de danza, flamenco y texto en un entorno único. Ferriz adelanta que, en la próxima edición —la número 25— se volverá a homenajear figura y texto de «nuestro poeta más universal». Se demuestra que su imagen es un atractivo de primer orden tanto para el vecino del Albaicín como para el turista que cruza el océano buscando al Lorca de agosto.
Si se sigue caminando, se podría llegar al cuarto donde espera la siguiente pregunta: ¿cómo, después de tantos ayeres, se sigue llamando a Lorca en presente? Luis Alberto de Cuenca, poeta, académico y traductor, encuentra la respuesta en la naturaleza sublime del Federico poeta: «Yo creo que el Lorca que circula hoy es un autor leído con profundidad por los que leen con profundidad, que son los menos». Al igual que Almendros reconocía la potencia de su legado, Luis Alberto destaca que es el mayor escritor del siglo xx en España: «Las personas formadas que se mueven en un mundo de conocimientos no interrogan de mentira a Lorca, sino que lo interrogan de verdad». En esta sobremesa literaria, introduce un matiz para no caer en el ícono. Coincide en que su nombre ya es significado en el «común de los mortales», pero añade que el prodigio real no está en esa camiseta o escaparate, sino en cómo el poeta se sirve de lo más doméstico de la vida para volverse tan universal como Homero o Shakespeare: «El prodigio de Lorca es que habla solamente de él y de su problema, su aislamiento, su problema con la sociedad del momento y, sin embargo, nos concierne a todos los hombres y mujeres del planeta».
Noventa años después, no hay un Lorca institucional frente a un Lorca popular, sino una identidad compartida que se instala en la historia para relatarnos una época que no se resigna a definirse en pasado. Es la mirada del niño de la guitarra que suena en manos de los músicos, el amigo de Falla, el Lorca de los refranes de la Vega, el poeta sublime, el mistérico duende de la Barraca dramaturga: la pajarita que sigue anudada a las calles de una ciudad que, cada vez que coge el teléfono o abre un libro, comprueba que, efectivamente, Federico está. Y responde.


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