Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 24 de abril de 1936: José Antonio se mantiene en sus trece
De ninguna manera.
—He dicho que no consiento en ir en una lista electoral con ningún general. Y menos con Franco. El asunto está zanjado. Es mi última palabra, Ramón.
Ante semejante firmeza, Ramón Serrano Suñer, el marido de Zita, la hermana pequeña de Carmen Polo, suspiró resignado. Había ido a la Cárcel Modelo a hablar con José Antonio en uno de los dos locutorios. Venía a pedirle, instado por Gil-Robles y grandes capitostes de la CEDA, que aceptase participar en la lista. Se esperaba resistencia, pero no una total intransigencia.
Por los ojos feroces de José Antonio, Suñer entendió que, más allá de las razones políticas, el hijo del dictador se había sentido herido en su orgullo en algún momento por la actitud de Franco. Ya en su día, durante una estancia de ambos en Toledo, José Antonio había buscado una complicidad y una confidencia que Franco se negó a concederle, aunque en realidad no se la concedía a nadie; y recientemente, el ocho de marzo para ser exactos, el mes pasado, Suñer había invitado a José Antonio, aprovechando que tenía en casa a Franco. Este recibió con fría cortesía y frases ambiguas las acometidas entusiastas de José Antonio, que quería entrar a toda costa en el seno de la conspiración.
—Entiéndelo, Ramón. Con la presencia de generales en las listas de Granada y Cuenca, da la impresión de que se prepara una militarada. Yo no quiero verme envuelto en nada que pueda relacionarme públicamente con ello. Sería un error garrafal.
—Entiéndelo tú, José Antonio. Franco necesita volver de las Canarias. Esto le da una excusa. Además, le viene tan bien como a ti la inmunidad parlamentaria.
Iba a añadir que Franco necesitaba estar en la península para poder reunirse con Mola y los demás generales conspiradores, pero consideró que no era el momento de revelar lo que sabía por otras fuentes. De todas formas, José Antonio estaba al corriente. Todo el mundo lo estaba.
—Acabo de llegar de Santa Cruz en avión. ¿Me vas a hacer viajar de nuevo a las islas?
—Haz lo que te dicte tu conciencia, Ramón. Sabes que cuando fijo una posición, la mantengo.
Consciente de que era un caso irremediable de susceptibilidad herida, Suñer calló. Él conocía bien a su cuñado. Él sabía —o más bien sospechaba, porque tampoco con él se sinceraba Franco— que consideraba a José Antonio un personaje demasiado visceral para tenerle enterado de un proyecto tan delicado. Franco siempre había creído que los pistoleros falangistas les estaban haciendo más daño que bien, y que el desorden callejero que provocaban los acercaba, más que alejaba, a la revolución bolchevique.
—Pues en ese caso no hay más que decir. Déjame que hable con Franco y con Gil-Robles, a ver qué piensan. De todas maneras, los gastos de los candidatos de Falange los sufragará Gil-Robles.
—Transmítele mi agradecimiento por ello —murmuró José Antonio, quien tenía que tragarse algunos comentarios de leso derechismo dirigidos en los últimos tiempos al jefe de la CEDA. Su postura, después de mucho insistir en que Falange no era ni de derechas ni de izquierdas, empezaba a definirse por sí sola.


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