Ahora busco la película Los inmortales en Internet y veo que es de 1986, aunque yo la debí de ver algo más tarde. Es una película que no sólo me gustó mucho a mí sino a muchos chicos de mi edad. Y parece ser que había sido una película hecha sin muchas ambiciones, no sé si para la televisión. No estoy muy seguro. Pero hay veces que las películas, como los libros, y como tantas cosas, tienen un origen modesto y luego se convierten en mitos.
Él hizo personajes tan buenos o mejores que éste, con lo que llegas a la conclusión de que en su caso lo que importaba no era el papel sino él mismo. Y curiosamente ya mayor, casi viejo, con barba canosa y pelo gris, a veces calvo, porque una vez leí que se había quedado calvo con veintipocos años, aunque en las películas le exigieran usar peluquín, por ejemplo en las de James Bond.
Los inmortales me encantaba. Y fue esta película la que me llevó a conocer a Borges. Un verano, debía de tener unos catorce años —lo digo a ojo de buen cubero— compré El aleph, de Borges, en la librería de Pontedeume, el pueblo de mi padre, en A Coruña. En verano me gustaba comprar libros en esta librería: Delibes, Neruda, Borges… ¿Y por qué compré este libro? Por la peregrina circunstancia de que el primer cuento de la colección se llamaba “El inmortal”, y yo lo asocié con el inmortal de la película.
Tampoco iba tan desencaminado. El cuento de Borges me recordó bastante a la película, y me gustó lo suficiente —me gustó mucho— para ponerme a leer el resto, prácticamente todo, de la obra de Borges, con muchísimo placer. Hasta hoy, que vuelvo a ella para refrescar lo que entonces leí y para disfrutar de nuevo, porque Borges es un manantial infinito, un libro de arena, como habría dicho él, él mismo una biblioteca de Babel, un Aleph.
Recuerdo que perdí aquel tomo de El aleph y que luego lo encontré en casa de un amigo, no tan misteriosamente. Pero no le dije nada. Yo ya tenía esos cuentos en otra edición, y hoy lo tengo en más de una, porque nunca me ha importado tener varias ediciones del mismo libro, siempre que sea de uno de mis autores favoritos. Creo que era Juan Ramón Jiménez el que decía que dos ediciones distintas del mismo libro eran diferentes libros. De algunos autores, como Borges y Cervantes, me gusta tener repetidos los libros.
Pero Los inmortales tenía otros atractivos, no sólo su historia, el tema o los actores, que ya era bastante para un niño o un adolescente. La banda sonora incluía canciones de Queen, espectaculares, sobre todo una que yo no olvidaría nunca, “Who wants to live forever”, y que en la película acompañaba escenas idílicas de Christopher Lambert con el amor de su vida, una bella mujer rubia a la que verá envejecer y morir, porque él no puede envejecer y morir, a no ser que le corten la cabeza, como sabe el que ha visto esta película.
Lo curioso es que el personaje de Christopher Lambert, el protagonista inmortal, guarda paralelismos o similitudes con el inmortal del cuento de Borges. Los dos son anticuarios en la época más o menos actual, lo cual no deja de ser algo lógico o explicable, porque ¿qué mejor oficio que el de anticuario para un inmortal?
Hace tiempo que vi la película por última vez. Ahora apenas he podido ver el tráiler y poco más, aunque he podido escuchar la música de Queen, que cuando era jovencito no era de mis favoritas y que ahora me gusta mucho más. Ahora me parece grandiosa.
Sí he releído el relato de Borges, que me ha despertado el interés por toda su obra. Recuerdo que en su día, gracias a la película de Los inmortales, empecé por los cuentos, que creo que leí todos, luego leí los ensayos y por último los poemas. Todo me pareció excelente; incluso los poemas, que dejé para el final, y que era lo que menos me llamaba la atención, me parecieron sensacionales. También leí textos “rescatados” y “recobrados”, así como antologías, incluso otros libros como conversaciones con Borges y obras en colaboración. Es maravilloso.
Quizá el propio inmortal de Borges sea el propio Borges, y tal vez lo que sintamos al leerlo nos haga ir más allá de nuestra condición de seres mortales. O de seres terrenales, porque nos eleva de nuestra condición, nos lleva, sutilmente, a otra dimensión. A otras dimensiones.
Es posible que la película no sea una obra de arte, sino una simple producción cinematográfica destinada al entretenimiento, que ya me parece mucho. Pero allá en 1986, cuando se hizo, o algo más tarde, la disfruté repetidas veces, y, ya digo, gracias a ella, empecé a leer a Borges.
Yo ya conocía al maestro argentino, pero fue en ese momento que me puse a leerlo, con fervoroso placer, aquel librito comprado en la librería del pueblo de Pontedeume, y los cuatro tomos de Prosa completa (Editorial Bruguera) que descansaban en un rincón de mi casa, en el despacho de mi padre. Ahora que lo pienso, fue uno de los mejores descubrimientos de mi adolescencia.


Hace poco comentaba con mi hijo lo mucho que me gustó esta peli, eran los 80 y pues los efectos especiales no eran los mismos de hoy, sin embargo el tema de lo inmortal es algo que se cuenta aquí como algo místico y natural, algo bastante diferente a lo religioso o cristiano. En fin, este artículo va de un paralelismo con la literatura de Borges y de ello me falta bastante por conocer aún. Celebro el recordatorio de aquella peli y los momentos vividos….¡solo puede haber uno!