El Manco de La Pesquera fue uno de esos nombres que sobreviven a la historia oficial. Bajo ese apodo quedó Basiliso Serrano, guerrillero antifranquista nacido en La Pesquera en 1908 y fusilado en Paterna en 1955. El apodo venía de una mutilación real, no de la leyenda. Durante años circularon sobre él hazañas, burlas, huidas y apariciones improbables. Pero en un nombre así no queda solo una biografía ni una historia de monte. Queda también una pregunta más incómoda y más honda: quién paga de verdad en una guerra y quién termina prosperando al abrigo del desastre.
Durante mucho tiempo se nos ha enseñado a pensar las guerras como un teatro de héroes y verdugos. Es una simplificación cómoda, pero insuficiente. Entre unos y otros prospera siempre otra fauna menos nombrada: la de los oportunistas, los medradores, los cobardes prudentes, los que no arriesgan el cuerpo pero saben colocarse a tiempo, arrimarse al vencedor y sacar provecho del miedo ajeno, incluso si para ello tienen que cambiar de bandera, de consigna o de lealtad cuando la intemperie aprieta. En todas las guerras hay hombres que caen, hombres que matan y hombres que simplemente esperan. A menudo son estos últimos quienes mejor salen. Y precisamente por eso ciertos nombres no se borran del todo: porque recuerdan, incluso en voz baja, que no todos pagaron igual ni todos atravesaron la historia con las manos igual de limpias.
Ni siquiera en La Pesquera, donde no ignoraban lo peor, se le recordó como a un monstruo. Eso importa, porque tampoco fue un héroe limpio. Participó en acciones violentas, sobrevivió como pudo y, tras la detención, colaboró con sus captores bajo la presión del miedo, la coacción y la necesidad de sobrevivir. Nada de eso encaja bien ni en la estampita del héroe ni en la del traidor. Y por eso su nombre ha pesado tanto: porque aquella memoria no supo —ni quiso— resolverlo. El tiempo, el miedo, la oralidad y la represión hicieron el resto.
El mito no nace siempre del heroísmo. A veces nace del hueco: de lo que no se aclaró del todo, de lo que el poder silenció, de lo que la oralidad sostuvo y deformó a la vez. Basiliso siguió vivo también por eso. Su nombre no terminaba de encajar ni en el sumario, ni en la leyenda, ni en la condena. Y precisamente por eso duró. Porque dejaba la historia abierta.
El Manco de La Pesquera no interesa solo como figura de la guerrilla, ni siquiera solo como víctima final de la represión franquista. Interesa como cifra moral. No porque encarne una pureza que nunca tuvo, sino porque obliga a mirar donde las versiones cómodas de la historia prefieren no mirar. Entre los héroes nítidos y los culpables perfectos hubo también hombres atravesados por la violencia de su tiempo, incapaces de salir limpios de ella y, aun así, imposibles de reducir al cálculo de los que siempre supieron ponerse a salvo. En una España que ha admirado y sigue admirando demasiadas veces al listo antes que al digno, ese tipo de figuras dejan un rastro más incómodo —y quizá más verdadero— que muchos triunfos y muchas respetabilidades.
Por eso ciertos nombres persisten en la memoria de los pueblos de un modo distinto al de los grandes nombres oficiales. Porque una guerra no solo decide quién manda o quién muere. Decide también quién sale mejor de ella: quién administra el miedo, quién saca provecho del desastre y quién convierte la prudencia o el cálculo en una forma de éxito. Esos también perduran, y a veces llegan a la posteridad mejorados, blanqueados por el relato o revestidos de una respetabilidad que no merecieron.
Con el tiempo, ciertas lealtades se abaratan y empiezan a parecer evidentes. Pero no es lo mismo heredar una memoria que haber cargado con su riesgo. Lo difícil fue sostenerla cuando todavía podía costar la cárcel, el monte o el paredón. El tiempo no siempre pone a todos en su sitio, y la posteridad tampoco es inocente: consagra a veces a los hábiles, blanquea a los infames y deja fuera lo que no encaja en el pedestal.
Hoy Basiliso Serrano ha salido del rumor y de la memoria oral gracias a la investigación, al libro que reconstruye su vida y a la anulación oficial de su sentencia de muerte. Todo eso es justo y necesario. Pero antes de esos reconocimientos ya quedaba de él algo vivo en la memoria común. No una biografía ordenada ni una figura resuelta. Apenas un nombre: El Manco de La Pesquera. Y bastaba. Bastaba para que, incluso sin decirlo del todo, se entendiera que hubo hombres a los que la guerra no dejó ni medrar ni ponerse a salvo, y a los que tampoco logró borrar.
Conviene recordar a Basiliso no solo por lo que padeció, sino por lo que sigue revelando. No hay guerra que no fabrique su ejército de aprovechados. No hay conflicto que no premie también a los cautos, a los obedientes bien colocados, a los que saben esperar el momento exacto de ponerse a salvo. Frente a ellos, algunos nombres siguen pesando. El Manco de La Pesquera es uno de ellos. La épica no lo absuelve, y su vida tampoco. Pero incluso así deja en peor lugar a muchos de los que nunca se jugaron nada y acabaron quedándose con la respetabilidad.


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