Enfrentarse a las regiones más oscuras de la vida es algo muy personal. Será complicado que triunfen las recetas universales, lo cual nos lleva a buscar entre las opciones que podamos idear cuál es la que mejor funciona para nosotros. Por ejemplo, como le sucede a la protagonista de esta novela, bailar. Bailar incluso sin música, en la calle, en soledad, con el ruido del tráfico o de los turistas que se agolpan en los alrededores de la Sagrada Familia. Pero Karla Suárez (La Habana, 1969) crea algo más que una mujer necesitada de terapia en esta obra, porque la complejidad del personaje, que es lo que sostiene al relato, es lo bastante potente como para que nos importe, y mucho, su suerte. De entrada, la conoceremos como a una persona desubicada, como a alguien que padece el síndrome de Ulises, pues no deja de ser una cubana alejada de su tierra. Aunque en su tierra tampoco pudo ser feliz.
Suárez idea una narración en la que lo que está sucediendo es bastante sencillo, pero lleva, constantemente, a la protagonista a revisitar periodos de su vida en una ida y vuelta con la memoria, que muestra ser pendular y responder a estímulos que avivan. La trama es muy sencilla: la protagonista emprende un viaje con su pareja, les roban, discuten, sale corriendo, se pierde; en lugar de vagar por Barcelona, que es donde sucede el desencuentro, decide ponerse a bailar en un lugar de la calle, cerca de la Sagrada Familia, porque sabe que su mejor amigo vive por esa zona, confiando en que sea él quien la encuentre. Se comportará como un vagabundo, recogiendo el dinero que le dejan los transeúntes, durmiendo en los bancos de las plazas, comiendo pan y bebiendo leche. Todo sucederá en un periodo de cinco días, entre los que se incluyen los dos últimos, en los que la resolución y, sobre todo, lo que motivó el problema, el trauma, comienzan un posible exorcismo. Digamos, sin ambages, que esta última parte es de un valor enorme, que cuando descubrimos los porqués nos quedaremos helados y nos mantendremos fieles junto a esta mujer, Giselle, para quien vivir es una heroicidad. Nada hay como comprender para darse cuenta de qué lado debemos estar.
A todo esto, lo que irá formando parte de la terapia no será solamente el baile, pues el hallazgo de una cartera perdida, propiedad de un desconocido, y el diálogo que Giselle entabla con ella, contribuirán a ordenar los pensamientos y los sentimientos de la protagonista. Reconstruir a los demás ayuda a reconstruirse a uno mismo. Así es como va comprendiendo lo que le sucedió en el pasado: su infancia y esa adolescencia en la que se quedó embarazada y entregó a su madre al bebé, para que lo criara como si fuera su hermana; o la relación, que no termina de ser cómoda, con su novio. Todo irá quedando en su lugar a medida que vayamos conociendo primero los hechos y luego las explicaciones, primero las pesadillas y luego el desahogo. Lo que nos recuerda Suárez, una vez más, es que los secretos, los grandes secretos, agreden, aunque nos parezcan algo inerte. En el caso de Giselle, la llevarán a una pérdida enorme de la confianza en sí misma, que tendrá que inventar para sobrevivir a unos días de vagabundeo. Su única certeza, su único cimiento, era el baile. Su dificultad para las relaciones, para las amistades y para los vínculos tras el enamoramiento, eran demasiado patentes, excepto con el amigo a quien busca en Barcelona, que tal vez fue su único refugio, la única persona que pareció comprenderla. Con todo esto, Karla Suárez construye una novela magnética, dinámica, en la que no sobra una sola frase, en la que todas las palabras están puestas al servicio de la actuación, que sucede a pleno galope. Objetos perdidos será una experiencia que le merecerá la pena al lector, eso seguro.
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Autora: Karla Suárez. Título: Objetos perdidos. Editorial: Comba. Venta: Todos tus libros.


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