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Long John Silver

Decía Isaac Asimov que, si nos viéramos obligados a acometer una lista con los científicos más relevantes de la historia, podríamos tener dudas para ordenarlos a partir de la segunda posición, pero que respecto al primer puesto no habría lugar a dilemas, pues este correspondería, con los mayores merecimientos, a Sir Isaac Newton. Pues bien, mi padre hace un ejercicio de ponderación similar, aunque referido a las novelas de aventuras.

Tan pronto como aprendió a leer, mi padre devino en un voraz, apasionado y desprejuiciado lector de novelas y, aunque ahora su vista ha mermado prácticamente hasta la ceguera, de oído las sigue leyendo a través de los audiolibros. Durante su infancia devoró todas las novelas de aventuras que cayeron en sus manos, y, aunque sólo fuera por eso, su opinión merece ser mencionada. Consideraba que novelas como Las minas del rey Salomón, El prisionero de Zenda (que da nombre a esta distinguida revista) o Los tres mosqueteros estarían seguro entre las diez primeras de esa hipotética relación, sin que se pudiera sostener indubitadamente su orden de prelación, pero que no habría discusión ni debate sobre la primera de la lista, pues ese puesto lo debía ocupar, con todos los honores, La isla del tesoro.

Robert Louis Stevenson escribió esta novela (la primera que publicó) en 1881, y en ella cuenta la búsqueda del tesoro del capitán Flint, un audaz y sanguinario pirata que había enterrado en una remota isla el botín saqueado en sus abordajes y correrías, liquidando a los compinches que lo acompañaban para que nadie conociera su ubicación. El capitán Flint muere alcoholizado en una taberna en Savannah, con el rostro azulado y pidiendo a gritos más ron, pero antes de expiar confía el mapa del tesoro a su lugarteniente, Billy Bones. Este, temeroso de que lo encuentren sus viejos y feroces camaradas, se refugia en la posada del Almirante Benbow, y es ahí donde da comienzo la novela.

"A los suspicaces lectores nos pone en seguida en guardia respecto a un tipo que resulta sospechoso desde el principio"

Lo cierto es que alabar La isla del tesoro como la novela de aventuras por antonomasia no se puede calificar como una opinión rompedora, ni siquiera de original, puesto que escritores tan variopintos como Henry James, Oscar Wilde, Graham Greene, Marcel Schwob, Jorge Luis Borges, André Gide, Fernando Savater, Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte y un largo etcétera son entusiastas de esta novela y la han encomiado, pero había algo que para mi padre la diferenciaba y la hacía destacar por encima de las demás. Estimaba que, aunque los títulos precitados y otros tantos poseían los ingredientes necesarios para ser considerados magníficas novelas de aventuras, solo La isla del tesoro cuenta con un personaje tan único como el locuaz, embustero, astuto, manipulador, valiente, traicionero, carismático y asesino pirata Long John Silver. Y como en tantos otros asuntos, mi padre tenía razón: no hay novela de aventuras como La isla del tesoro ni personaje como Long John Silver, una de las grandes creaciones de la literatura universal.

El capítulo en el que se refiere el encuentro entre Jim Hawkins, el narrador y principal protagonista de la novela, y su antagonista Long John Silver en la taberna El Catalejo que este regenta es un alarde del genio narrativo del escritor escocés. Al presentarlo, lo describe así: «Tenía la pierna izquierda amputada cerca de la cadera y, bajo el hombro izquierdo, llevaba una muleta, que manejaba con una destreza asombrosa, saltando sobre ella como un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara tan grande como un jamón: lisa y pálida, pero sagaz y sonriente. De hecho, parecía estar de un humor excelente, silbando mientras se movía entre las mesas, dedicando a sus clientes favoritos una gracia o una palmada en el hombro». Entre los parroquianos de la taberna, Jim Hawkins cree ver a Perro Negro — el bucanero que había aparecido en la posada del Almirante Benbow buscando a Billy Bones — escabulléndose por una de las puertas. Entonces Long John improvisa un teatrillo, fingiendo no conocer al tal Perro Negro, que no sólo engaña a Jim, sino que acaba convenciéndolo de que el “decente y simpático” tabernero es uno de los “mejores compañeros de tripulación que se podía desear”. Pero a los suspicaces lectores nos pone en seguida en guardia respecto a un tipo que resulta sospechoso desde el principio. Le ha bastado un solo capítulo para presentar magistralmente al personaje y sembrar una sospecha entre los lectores.

"La isla del tesoro ha tenido excelentes ilustradores en todas las épocas desde que se publicó por primera vez"

Para crear al personaje de Long John, Stevenson se inspiró en su amigo William Ernest Henley, un tipo de presencia imponente, con barba rojiza y aspecto de bucanero. A Henley, que también era escritor, le habían tenido que amputar una pierna cuando era un niño, aunque ello no le supuso ninguna quiebra de su espíritu combativo.  En una de las cartas de Stevenson al propio Henley le revela: “Fue la visión de su fortaleza física y destreza, a pesar de estar lisiado, lo que me inspiró a John Silver en La isla del tesoro. Él no tiene, por supuesto, ninguna otra cualidad o rasgo que se le parezca: pero la idea de un hombre tullido, dominante y al que aterran los ruidos la saqué exclusivamente de usted”. Da testimonio de esa fortaleza (tanto física como espiritual) que Stevenson admiraba de Henley el conocido poema que este escribió titulado Invictus, y cuyos versos Nelson Mandela no dejó de repetirse durante los 27 años que estuvo encerrado en la prisión de Robben Island: «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma». Curiosidades literarias.

Es probable (podemos imaginarlo) que John Silver fuera originario de Bristol y, como tantos otros en aquella época sin otra alternativa que el mar, se alistara en la real armada inglesa al cumplir 11 años. Pero pronto se acabaría cansando de la disciplina de los barcos de guerra ingleses y optaría por una vida más libre y aventurera, convirtiéndose en “caballero de fortuna”. Se terminó enrolando en la tripulación del Walrus, el bergantín que capitaneaba Flint, ascendiendo a cabo de brigadas y convirtiéndose en uno de sus hombres de confianza. Tras perder la pierna en feroz combate y desbandarse la tripulación tras la muerte de Flint en Savannah, tuvo que abandonar esa vida tumultuosa y se instaló en Bristol junto con la bella mulata antillana que se trajo consigo. Mientras sus antiguos compañeros derrocharon el botín de sus correrías, Long John y su mujer abrieron la taberna El Catalejo, donde se solían reunir sus viejos camaradas. Durante algún tiempo llevó una vida honrada como tabernero, pero después de unos años la codicia, la aventura y el mar lo llaman de nuevo.

"No es su descripción física ni su biografía lo que hacen de Long John Silver una creación literaria memorable, sino su escurridiza e insidiosa psicología, obra del enorme genio creativo de Stevenson"

La isla del tesoro ha tenido excelentes ilustradores en todas las épocas desde que se publicó por primera vez (Stevenson daba mucha importancia a las ilustraciones en las novelas de aventuras), siendo posiblemente el más conocido N. C. Wyeth, con su épico y luminoso estilo pictórico, considerándose su edición de 1911 la versión ilustrada canónica de la novela. Pero respecto a Long John, sin desmerecer la heroica representación de Wyeth, yo me quedo con la de Mervyn Peake, un artista inglés extraordinario que, además de ilustrador, destacó en la pintura y la literatura (escribió Titus Groan y Gormenghast, que son dos novelas únicas y maravillosas). Su visión de Long John se aleja de la épica heroica de Wyeth, resultando más tenebrosa e inquietante, lo que le acerca más a la oscura psicología del personaje.

Pues no es su descripción física ni su biografía lo que hacen de Long John Silver una creación literaria memorable, sino su escurridiza e insidiosa psicología, obra del enorme genio creativo de Stevenson. Era, por supuesto, el personaje de la novela favorito del autor y trabajó mucho los diálogos (a través de los cuales se revela su naturaleza intrigante) en la revisión que hizo del texto para su publicación como libro. De Long John Silver se suele destacar la dualidad de su carácter, la ambigüedad de su personalidad, como si albergara una parte noble y otra villana. Es cierto que la personalidad múltiple fue una de las obsesiones literarias de Stevenson: al fin y al cabo, la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde trata precisamente sobre la doble identidad, pero no considero que la personalidad de Long John Silver sea dual, aunque a veces emprenda acciones que se puedan calificar como buenas. Long John Silver es un hombre extraordinario, así lo describen en la novela algunos de los personajes, de un ingenio, de una rapidez mental y de una valentía fuera de lo común, pero su moralidad resulta muy tenue, casi inexistente. No se puede decir que sea un tipo violento o cruel, pero lo será sin vacilar, si las circunstancias le obligan a serlo. No tiene moral ni escrúpulos y sí mucha sangre fría: cuando trama el motín con su camarilla, propone sin miramientos liquidar al resto de la tripulación para no dejar testigos, y cuando desembarcan en la isla, ataca por la espalda y asesina despiadadamente a uno de los marineros que no se une al motín que él lidera. Es cierto también que se enfrenta a cinco de los amotinados para salvar a Jim Hawkins, pero no lo hace de manera desinteresada: sabe que es la única baza que le queda para escapar indemne de la conjura que él mismo ha tramado y que se le ha torcido. Es más listo que el resto de los amotinados que lidera y no duda en enfrentarse a ellos para proteger a Jim, pero sabiendo que sólo así puede salvar el cuello. En la novela se menciona que, de toda la tripulación del capitán Flint, sólo había un hombre al que este temiera, y ese no era otro que Long John Silver, y lo temía porque sabía que era más astuto que él y que no hubiera dudado en traicionarlo si con ello sacaba algún provecho. Tampoco le falta sentido del humor y sorna, pues apoda “Capitán Flint” al loro que suele llevar posado en su hombro y que le ha enseñado a chillar “¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de a ocho!”.  A Long John Silver, a pesar de faltarle una pierna, todos lo respetan y lo temen, pues en sus manos una muleta puede ser un arma mortal, pero lo más peligroso que posee es su soltura en el palabreo, capaz de adularte si quiere algo de ti y de mortificarte si no sigues sus intereses, capaz de engañarte y manipularte con la misma facilidad con la que otros respiran. Es una personalidad compleja y retorcida, y su mente intrigante siempre va un paso más adelante que la del resto. La relación entre Jim y Long John es uno de los ejes de la novela: al principio el joven confía en él, confianza que se ve traicionada cuando descubre el motín, pero cuando le salva la vida no puede evitar estarle agradecido, aunque no se le escapen sus verdaderos motivos. Es posible que Long John aprecie sinceramente a Jim, pero no dudaría en degollarlo como a un cerdo si fuera necesario, y para el joven Jim es una contradicción que resulta difícil de asimilar. Long John Silver no alberga un ápice de moralidad en su tullido cuerpo. Es un tipo que te encantaría conocer, pero que no querrías tenerlo como amigo ni, por supuesto, como enemigo. Es por todo eso que Long John Silver es un personaje fascinante, una creación literaria única.

"Jim Hawkins sí tiene un sentimiento ambivalente respecto a Long John, pues aun conociendo el cariz del personaje, no le puede desear ningún mal en esta vida"

Long John Silver ha sido rescatado posteriormente por otros autores en novelas y cómics, haciéndole vivir otras aventuras. El escritor noruego Björn Larsson ha escrito una especie de biografía, pero, a pesar de la fascinación por el personaje, no me he animado a leerla. Temo que me decepcione y me acabe desencantando. Long John Silver tiene un alma, un alma podrida y condenada quizá, pero un alma que le anima y que le da vida, y esa alma se la insufló la genial inspiración literaria de Robert Louis Stevenson.

Prefiero despedirme de él deseándole lo mejor, como hace Jim Hawkins al final de la novela: «De Silver no hemos vuelto a saber nada. Aquel formidable navegante con una sola pierna al fin ha desaparecido por completo de mi vida; pero puede que haya encontrado a su parienta negra y tal vez viva con ella y con el capitán Flint. Es de esperar que así sea, pues sus posibilidades de disfrutar del otro mundo son muy escasas». Jim Hawkins sí tiene un sentimiento ambivalente respecto a Long John, pues aun conociendo el cariz del personaje, no le puede desear ningún mal en esta vida, sabiendo que, por sus malas acciones, en la otra lo tendrá muy complicado.

Borges, que amaba esa novela, decía sobre su autor: «Desde la niñez, Robert Louis Stevenson ha sido para mí una de las formas de la felicidad». Nadie me lo ha pedido, pero les voy a dar un consejo: tengan la edad que tengan, no dejen de leer y releer La isla del tesoro. No se priven de esa forma de felicidad.

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