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Corral de muertos

De Sebald a Unamuno

W. G. Sebald fue un legionario más de esa sublime cofradía de los paseantes, cuyos hermanos mayores han sido, quizás, Robert Walser y Walter Benjamin. Algunos críticos consideran que el paseo es un acto estético; puedo coincidir con ello si entendemos por estética algo mucho más grave que la mera fruición de los sentidos, es decir, cuando la contemplación toca el nervio azul del alma. El paseante es el antónimo existencial del turista, porque el turista sobrevuela las cosas que pasan ante sus ojos, y el paseante, en cambio, es un genuflexo de lo diminuto, de lo aparentemente trivial, un adorador de los fragmentos, un enamorado de las huellas hierofánicas. Eso fue el elegíaco Sebald, hasta que la tarde del viernes 14 de diciembre de 2001 la muerte lo sorprendió en una curva de la carretera del condado de Norfolk.

En uno de sus más bellos textos, titulado Campo Santo, Sebald se demora en sus paseos por la bahía de Ficajola, en la costa oeste de la isla de Córcega. Escribe Sebald:

“[…] como alguien que domina el arte de la levitación, pude, por decirlo así, de forma ingrávida avanzar entre las casas y los jardines más exteriores y a lo largo del muro tras el que está la parcela donde los habitantes del lugar entierran a sus muertos. Era, como pude ver cuando franqueé la puerta de hierro que chirriaba en sus bisagras, un lugar bastante abandonado. […] Allí se tiene la impresión de que no se trata de la antesala de la vida eterna sino de una zona administrada por el municipio, destinada a los deshechos seglares de la sociedad humana”.

Sebald camina, mira y ausculta. Su mirada es fenomenológica, es decir, trae a presencia lo oculto, lo latente bajo las capas de la realidad. Para ello, se debe andar con ojos abiertos y pisadas leves:

“Inseguro y con esa timidez que incluso hoy se siente al acercarse demasiado a los muertos, me encaramé a zócalos y bordes reventados, lápidas desplazadas, mampostería derruida, un crucifijo caído, una urna de plomo, una mano de ángel, fragmentos mudos de una ciudad abandonada hacía años, sin un arbusto que arrojara su sombra… sea como consuelo, sea como luto”.

Sebald se demora en cada hierba, en cada flor, en cada tablilla votiva de mármol pulido, en cada retrato oval color sepia, testigos mudos de la luz y de la lluvia de los años.

Yo creo que quien tiene vocación de paseante y desea trascender la náusea del turismo debe meterse en la intrahistoria de los pueblos. Los caracteres de esa escritura íntima se pueden leer, entre otros sitios, en los camposantos. En el culto a los difuntos, en los lugares destinados al sueño eterno, se expresa el carácter espiritual de un pueblo. Cuenta Sebald que, durante siglos, el entierro habitual en Córcega se efectuaba en la tierra heredada de los antepasados. Esta costumbre aseguraba la inalienabilidad de la tierra, la raigambre en la aldea, renovándose así una continuidad de generación en generación. Al respecto, apunta nuestro autor:

“[…] de paese a paese, se tropieza con pequeñas moradas para los muertos, cámaras mortuorias y mausoleos: aquí bajo un castaño, allá en un bosquecillo de olivos animado por luces y sombras, en medio de un bancal de calabazas, en un campo de avena o en una ladera cubierta de eneldo verde amarillento de fino follaje. En esos lugares… los difuntos estaban, por decirlo así, en casa”.

En mis viajes por la Castilla profunda pude visitar varios cementerios. Claro que excluyo aquí mis lentas caminatas por el Cementerio del Carmen en Valladolid, o por El Espino, en la maravillosa Soria. Desde luego, tampoco me refiero a ese loop casi ciego en aquella inmensa Necrópolis que es la Almudena de Madrid, la tarde en que me perdí entre sus calles buscando infructuosamente la blanca lápida de Paco Umbral [1]. En las maravillosas tardes castellanas, donde la primavera madura pintaba con sangre de amapolas el cereal naciente, me acerqué hasta el Cementerio de Piña de Esgueva. Dos puertas de hierro con un sol naciente bajo un sencillo arco de ladrillos. En el centro de ese sol, aparece grabado el año de su inauguración: 1889. Una angosta calle central rodeada de los típicos cipreses, y en el ángulo izquierdo una capillita blanca. Las bajas tapias laterales ornamentadas con tejas en sus bordes parecen descender con la inclinación del valle. Aquel pequeño camposanto castellano reactualizó en mí la cruenta belleza de la pluma unamuniana:

Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.

Corral de muertos, corral de muertos… Epifánica imagen que se transustanciaba en materia delante de mis ojos y que pude volver a verificar en Santa Eufemia del Arroyo con el beso postrero de la luz en los campos góticos vallisoletanos, donde dos imágenes de la Virgen cuidan la antigua puerta de acceso al camposanto. Arriba del arco de cemento, una cruz de piedra y dos ángeles aguardando pacientes la resurrección de los muertos.

Otero de Sariegos es un terruño despoblado de la bella y románica Zamora. En medio de un silencio habitado por los fantasmas de sus últimos pobladores —las malas lenguas dicen que habían quedado dos vecinos y estaban peleados entre sí—, se levanta la Iglesia de San Martín de Tours, reliquia arquitectónica cuyos orígenes datan del medioevo y que aún resiste a la impía corrosión del tiempo. Contiguo al muro lateral de la Iglesia, una puerta de madera con bulones negros bajo un arco de ladrillos huecos y una cruz oxidada oficia de pórtico al camposanto parroquial. Es otro verdadero corral de muertos donde emergen no más de una docena de cruces que se inclinan tristes sobre el vientre de la tierra. Son días y días de silencio, de larga ausencia de toda huella humana, donde solo se escuchan las aves que llegan todos los otoños a la cercana laguna de Villafáfila.

A las Tierras Altas de Soria, a ese alto llano numantino, como llamaba Antonio Machado a aquellos páramos en los que agoniza la vieja Castilla, llegué una tarde para visitar el lugar donde descansa Fernando Sánchez Dragó. Castilfrío de la Sierra es un pueblo de apenas 35 habitantes, uno de los tantos pueblos que sufren el drama de la despoblación. En una esquina del pequeño laberinto de sus calles angostas se encuentra el cementerio del pueblo. Es un espacio que no se caracteriza precisamente por el abandono y el olvido; quizás el detalle de sus pastos altos —ecos naturales de una primavera lluviosa— brotaban como único elemento disonante. En un ángulo del cementerio, una lápida de piedra amarronada, y allí grabados un gato sobre un libro abierto, un nombre y un epitafio: “Escritor y viajero”. Más abajo, las fechas de una vida larga y una inscripción irónica: “¿Novedades?”. Una mueca de sonrisa se dibujó en mi rostro, pero al girar y volver hacia la entrada, los crucifijos plateados sobre mármoles negros volvieron a susurrar en mis oídos una melodía fúnebre, un responso, un crujir de hojas secas.

Quizás el camposanto que más me subyugó en mis viajes por la Comunidad de Castilla y León es aquel que se levanta en una leve colina del extremo oeste de la provincia de Salamanca, en el corazón del Parque Natural de las Arribes del Duero. Allí, en Vilvestre, con el entorno natural del gran río besando las costas de Portugal, el rumor del viento corría grave entre las tumbas, otro verdadero corral de muertos entre aquellos muros bajos de piedra seca. Un solo ciprés en el ángulo más bajo del camposanto vela el sueño eterno de aquellas almas. Desde allí se contemplan lejanas las cerezas maduras de Mieza, el extenso valle y la fría muerte. El camposanto de Vilvestre es quizás el punto más cercano al cielo, a ese cielo que es promesa del buen combate. Tras los pasos de mi amigo Jaime, guía en aquellas tierras salmantinas, bajaba yo repitiendo para mis adentros, en obsesivo canto y triste melodía:

¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!

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[1] Ver “Claveles perdidos en La Almudena”, publicado en este mismo sitio: Zenda, 18/06/2025.

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Laura_Pucela
Laura_Pucela
38 minutos hace

Cuando vi el título pensé: “una vez más con los camposantos este hombre?”. Pero…es que es una maravilla! Enhorabuena querido Diego, cariños desde Pucela.