Inicio > Blogs > Ruritania > Georgina, las ovejas y el rocín que llamaba a la puerta

Georgina, las ovejas y el rocín que llamaba a la puerta

Georgina, las ovejas y el rocín que llamaba a la puerta

Como bien sabe Georgina Rodríguez, no todo el monte es orégano ni el campo tan idílico como nos lo pintaban en los episodios de Heidi, pues entre mata y mata de hierba aromática siempre te puedes topar con algún tojo. En septiembre de 2021, Cristiano Ronaldo y su pareja abandonaron apresuradamente —al poco de ocuparla— una mansión de seis millones de libras en Cheshire, no por apariciones fantasmales, sino por el incesante estrépito matinal de un rebaño de ovejas cercano, alegando además falta de privacidad. Ante tales hechos, cabe cuestionarse cómo de ingente sería el rebaño o qué papel de fumar tendrían por paredes en semejante mansión, aunque también se debe recordar la dudosa credibilidad de los diarios sensacionalistas que en su día elevaron la anécdota a drama nacional.

Lo que es seguro es que los conflictos entre los nuevos residentes procedentes de entornos urbanos y aquellos que llevan toda la vida en el rural no dejan de aumentar. Hace poco alertaba de ello el gobierno vasco, que no da abasto con las quejas vecinales por molestias típicas del campo: el ruido de los animales, el paso de ovejas y los «regalos» que te encuentras en la calle tras el tránsito del ganado. Un choque cultural en toda regla que genera tensiones y desacuerdos constantes con el sector agrícola.

Ante esta situación, sindicatos agrarios como la UAGA (Unión Agroganadera de Álava) se quejan, a su vez, de que los recién llegados ven su nuevo hogar más como una postal de Instagram o un parque temático que como un lugar de trabajo. Y es lógico: al fin y al cabo, desde las instituciones no se les vende otra cosa.

"Quien invierte en hostelería no quiere un establo ni un criadero de cerdos cerca, ni el ganadero necesita turistas que le pateen los cultivos"

No tengo ni idea de cómo será en otras comunidades, ya que con la Telegaita tengo más que suficiente; pero lo que sé es que en esta tierra vivimos en una esquizofrenia institucional. Por un lado se nos insta a montar casas rurales en cualquier centímetro cuadrado de la superficie galaica; por el otro, se busca fijar juventud en el sector primario mediante publirreportajes de felicidad infinita, cultivando patatas con denominación de origen o criando cerdos celtas certificados. Dos industrias antitéticas condenadas a no entenderse. Porque quien invierte en hostelería no quiere un establo ni un criadero de cerdos cerca, ni el ganadero necesita turistas que le pateen los cultivos o le estresen a las vacas con fotos infinitas y abrazos extemporáneos.

Por tanto, ¿es intentar mezclar aceite con agua? ¿Acaso el urbanita no debe intentar una vida en el campo? Eso sería como decir que un jaqués no debería salir nunca de Huesca y mucho menos cruzar el charco para conquistar Nueva York. Que se lo digan a Marcelino Orbés, que pasó de las montañas a ser el payaso más famoso del mundo en tiempos de Houdini y Chaplin. Pues claro que los urbanitas podemos mudarnos al rural. Lo que no podemos es quejarnos por gilipolleces.

Si las ovejas del vecino entran por las bravas en mi finca y se papean mis verduras —como me ha pasado en más de una ocasión—, pues me cabreo y se lo digo al paisano. No salgo corriendo a poner una denuncia en el cuartel de la Guardia Civil. Si mi vecino es persona, ya me resarcirá con algún plantón para reponer la pérdida. No todas las fincas están cerradas (o bien cerradas), y el ganado va suelto, cumpliendo una encomiable labor de limpieza antiincendios. Que me parezca mal que anden a su aire es absurdo: tendré que ser yo quien extreme la precaución al volante y quien cierre mejor su propiedad. Me importa bastante más que limpien el monte, porque el fuego sí es un peligro real y no una anécdota de fin de semana.

"Esta ley se creó tras la batalla judicial de 2019 entre una pareja de jubilados, recién mudados a la isla de Oléron, y Corinne Fesseau, la dueña del gallo Maurice"

Si las gallinas de mi vecina cacarean fuerte es que ponen huevos, y si el gallo canta al romper el día es que es un ave con el reloj biológico en hora. No voy a ir a pedirle a la señora que lo amordace o que les ponga un tapón en el culo a las gallinas. Al igual que no puedo pretender que el campo se detenga porque me moleste el zumbido de la desbrozadora del colindante o la melodía de la motosierra a las ocho de la mañana; es el sonido del mantenimiento, no un hilo musical de relax de YouTube.

Los franceses, que para estas cosas son mucho más avanzados, promulgaron en 2021 la ley del «patrimonio sensorial». Una normativa que protege el ruido de los animales y los efluvios de las actividades agrícolas frente a las quejas neuróticas de ciertos vecinos, reconociéndolos como parte esencial de la vida rural. El tañido de las campanas, el croar de las ranas o el olor a estiércol ya no son susceptibles de denuncia. Y si lo son, tienen muy poco recorrido legal.

Esta ley se creó tras la batalla judicial de 2019 entre una pareja de jubilados, recién mudados a la isla de Oléron, y Corinne Fesseau, la dueña del gallo Maurice. Los demandantes argumentaban que el canto del ave les atormentaba cada madrugada; sin embargo, el tribunal de Rochefort falló a favor de Maurice, permitiéndole seguir ejerciendo de despertador natural y condenando a los vecinos a pagar una indemnización por daños y perjuicios. Maurice se convirtió así en el emblema de la resistencia de las costumbres rurales frente a las exigencias de quienes ven el campo solo como el decorado de su segunda vivienda.

"Soy valiente, pero no tanto. Así que, en lugar de abrir la puerta a ciegas y por temor a lo que pudiera acechar al otro lado, rodeé la casa hacia el camino"

Y es que en el campo hay que estar preparado para todo. Aún recuerdo aquella vez en la que, sin haber salido el sol, empezaron a sonar unos tremendos golpes en la puerta de madera que da entrada al patio. Nos extrañó: esa vieja puerta no se usa nunca, pues el acceso habitual es el portal metálico del camino. Los golpes resonaban fuertes y secos: bum, bum, bum, quebrando el silencio del patio de piedra a unas horas totalmente intempestivas.

Soy valiente, pero no tanto. Así que, en lugar de abrir la puerta a ciegas y por temor a lo que pudiera acechar al otro lado, rodeé la casa hacia el camino. Desde allí tenía ángulo suficiente para ver quién golpeaba con semejante insistencia antes de tomar una decisión —abrir o llamar a la policía—, pues ya llevaba el móvil en la mano. Lo que vi me dejó boquiabierta. Era un caballo; más bien un rocín blanco, huesudo y determinado.

Determinado a que le abriera, no dejaba de aporrear la puerta con la pata, empecinado en entrar. Resultó evidente que aquel animal había pasado mucho tiempo en la que ahora era mi casa: la reconocía y, sencillamente, la consideraba suya. Para no alargarme más, os diré que me acerqué a él y le saqué unas cuantas fotos que luego distribuí por el grupo de WhatsApp de los vecinos. Al poco supimos quién era el dueño y pudimos avisarle para que viniera a buscarlo. Efectivamente, años atrás solía pastar en mi finca. A diferencia de las ovejas que se cuelan por las bravas, este era un caballo educado: él llamaba antes de entrar. Aunque fuera a las seis de la mañana y me pillase en pijama.

5/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios