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Sir David Attenborough: Cien años del abuelo del planeta

Sir David Attenborough: Cien años del abuelo del planeta

Hace unos años me dio por empezar a recopilar todos los documentales de David Attenborough que pudiera encontrar, y la verdad es que la labor es ímproba y hasta imposible, ya que algunos de ellos datan de hace tanto tiempo que no han podido ser encontrados. De hecho, el propio Attenborough es en parte responsable de esto, ya que en sus tiempos como director de la BBC 2 aceptó reusar parte de las cintas de vídeo para abaratar costes, cosa que hacían casi todas las televisiones de su tiempo. En fin, que he logrado hacerme con más de trescientos de esos documentos históricos, desde cortos de diez minutos hasta grandes series épicas de varios episodios; desde películas rodadas en celuloide de blanco y negro por él mismo y otro compañero en los años 50 hasta sus últimas apariciones, ya solo como narrador, al borde de los 100 años que cumple el 8 de mayo de 2026; desde lujosas ediciones en DVD y Blu-Ray hasta vídeos piratas colgados en YouTube volcados de, precisamente, alguna cinta de vídeo doméstica, con sus rayas, su mal sonido y su comienzo cortado… pero aún quedan varios por rastrear cual explorador de tesoros largamente extraviados.

Sir David Attenborough es la gran leyenda de los divulgadores de naturaleza. En otros países se tiene justa y especial reverencia a figuras como Jacques Cousteau o Félix Rodríguez de la Fuente, pero, sin tampoco querer convertir nada de esto en una competición, Attenborough es Dios en este campo. De hecho, la única diferencia sería que si de Dios se dice que está en todas partes, de sir David se puede decir que ha estado en todas partes.

Su biografía es de las que todavía tiene esos detalles de otro mundo, típicas de la gente nacida entre finales del siglo XIX y principios del XX. Su hermano mayor es el actor y director de cine Richard Attenborough (el abuelo que fundó el Parque Jurásico de Steven Spielberg) y el menor fue ejecutivo de Alfa Romeo. Hijo del rector del University College de Leicester, él y sus hermanos vivían allí, en la propia universidad, y durante la Segunda Guerra Mundial adoptaron y criaron a dos refugiadas judías alemanas, una de las cuales le regaló un fósil de ámbar de época prehistórica. Durante su niñez sin casi tecnología empezó a aficionarse a la naturaleza, espoleado por los profesores y conferenciantes de la universidad, y ya a los once años se sacó un dinero capturando tritones para la facultad de zoología. Durante los veranos en la costa de Gales desaparecía por las playas y las colinas buscando (y encontrando) fósiles que era el primer ser humano en ver tras doscientos millones de años enterrados. Después de graduarse de sus estudios y de la mili (hecha en 1947, ya tras la Segunda Guerra Mundial), empezó a responder a anuncios de empleo, y una de las respuestas vino de la famosa cadena de radio BBC, que entonces empezaba a experimentar con un invento llamado “televisión”. Uniendo su trabajo con su pasión, su primer proyecto televisivo fue un concurso llamado Animal, Vegetable, Mineral?, en el que venerables científicos fumando en pipa jugaban a averiguar qué tipo de objeto era el que les daban cada vez. Apasionante. En el siguiente, Animal Patterns, traían animales vivos y coleando al estudio para hablar de ellos con los naturalistas a su cuidado, todo esto en vivo y en directo, porque no existía otra forma de hacerlo. Ahí conoció a Jack Lester, con quien preparó su primera gran obra, Zoo Quest, en 1954, consistente en ir a cazar animales a África y Asia para el Zoo de Londres, y filmar cómo lo hacían. Aunque se nota que el equipo tenía toda la buena intención del mundo con respecto a los animales (dentro de que considerar su captura y exhibición se veía como algo útil), algunas de las escenas darían ataques de apoplejía a alguna gente a día de hoy. Attenborough ya no era ningún pipiolo (tenía 28 años), y a través de aquella serie, donde lo mismo salía elegante, trajeado y docto de vuelta en el estudio que sin camisa, con pantalones cortos caqui y calcetines blancos con vuelta sobre el tobillo, se convirtió en una celebridad a la que la gente le preguntaba por la calle si en el episodio siguiente iban por fin a capturar lo que habían ido a buscar.

Hacia 1960 su figura ya estaba establecida como pionera en varios campos: el de la exploración de lo que aún quedaba ignoto en el planeta, el de la divulgación de las maravillas naturales como camino principal para salvarlas, y el de la administración creativa, a través del ya segundo canal de la BBC (1964), que debe a él su imagen como aquel sitio donde debe caber lo que no tenía sitio en la One: música, artes, viajes, ciencia, deportes y comedia experimental. Gracias a él salieron en la tele por primera vez tanto los Monty Python como el torneo de tenis de Wimbledon, y los Monty agradecieron la confianza parodiándolo en uno de sus sketches. Sus proyectos científicos iban creciendo en ambición, con series dedicadas a las tribus de Tanzania, Indonesia, Bali, Australia o Nueva Guinea, y con la aclamada Civilisation, una historia del arte occidental en 13 episodios, inevitablemente enfocada desde el punto de vista británico, pero con miras más amplias de lo esperado hasta entonces. Más tarde, en los 80, dirigiría una estupenda serie histórico-antropológico-natural sobre el mar Mediterráneo.

Pero los animales eran su verdadera pasión, y es en esos programas donde brilla con luz propia la Natural History Unit que Attenborough fundó en Bristol, para huir un poco del abigarrado Londres, en especial el ciclo Life, que comenzó en 1979 con Life on Earth, mostrando al mundo la belleza natural usando las últimas tecnologías en filmación, e incluso inventando algunas técnicas y aparatos exclusivamente para conseguir una determinada secuencia de lobos cazando, osas dando a luz, hormigas construyendo sus hormigueros, elefantes buscando agua o incluso plantas compitiendo por espacio y luz solar. Algunas de estas imágenes, las de cómo se consiguieron esas imágenes precisamente, son verdaderas joyas por sí mismas, y llevaron a la costumbre de dedicar los últimos minutos de cada hora a mostrar precisamente cómo se lograban las más espectaculares, un auténtico homenaje a los que de verdad se la juegan para cada episodio.

Entre los años 70 y 90, debido a su impulso, se cubrieron todos los tipos de seres vivos posibles, incluso los menos atractivos televisualmente: insectos, plantas, anfibios, gusanos, etcétera. Aquí es donde se veía que lo que verdaderamente les guiaba era mostrar lo que nunca se había visto, aunque a veces fueran mini programas de veinte minutos sobre arañas. Algunas de las propuestas eran verdaderamente originales, como una especie de CSI donde se encontraba el cadáver de algún animal en plena naturaleza, por ejemplo un canguro en Australia, y se ofrecían tres o cuatro sospechosos de haberlo matado, para que el público hiciera sus conjeturas antes de investigar las pistas, analizar las posibilidades y finalmente revelar el causante. Durante un rodaje en India ensañaron a los elefantes a llevar ellos las cámaras agarradas con la trompa para poder acercarse a los tigres sin que se les escaparan. La inventiva de sus colaboradores no tenía fin. De presentador acabó pasando brevemente a actor, haciendo un documental similar a la película Noche en el museo, donde las criaturas del Natural History Museum de Londres se despertaban a su alrededor apara ayudarle a explicarnos mejor sus características. Cada nuevo proyecto, a menudo tres o cuatro al año, traía alguna innovación nunca antes vista o probada.

Ahora, en el siglo XXI, con mejor tecnología pero con más problemas de presupuesto, se ha vuelto a los grandes atrayentes de atención (leones, tigres, elefantes, tiburones), y se ha impuesto una forma de narrar prestada de la ficción y la historia: clanes de hienas fundan imperios que protegen contra leopardos, extensas familias de perros pintados cuidan unos de otros mientras cazan con más eficiencia que cualquier felino, y parejas de pingüinos se turnan para alimentar a sus crías entre temperaturas insoportables para cualquier otra criatura. Ninguno de ellos deja de asombrar.

Sus primeros programas eran casi vídeos caseros rodados en celuloide, con comentarios solo a ratos. Luego se pasó a cuidadas piezas que eran casi tesis doctorales, llenas de un torrente casi continuo de fascinante información, y después, con el tiempo, Attenborough a ido llegando a una economía de comentario donde más es menos, y donde incluso habla en un susurro que pareciera temer espantar a los animales de la pantalla. Su camisa azul con pantalón beis se ha convertido en casi un uniforme, y uno espera ya oírle decir frases clásicas usadas década tras década como “there is safety in numbers” cada vez que los animales se mueven en bandada, o admirándose de los padres que dan a su progenie “the best possible start in life”. Cuando una criatura falla en lo que pretende, “oh dear!”, y cuando lo consigue, un simple “success!” es suficiente. Ver sus creaciones en orden cronológico es como asistir a la más grande historia jamás contada, una megaserie de setenta temporadas en la que él mismo va envejeciendo a medida que los demás nos cargamos el planeta a su alrededor. Según confesión propia, nunca ha sido de sermonear a la gente, prefiriendo mostrar las cosas como son, algunas veces con gran crudeza, como una manada de morsas cayendo hacia su muerte por acantilados a los que se han visto empujados por la reducción de su espacio vital, o mafias de tráfico de pangolines o de aletas de tiburón. Ha hecho programas sobre el cambio climático o la sobrepesca marina, apoyándose en la ciencia y proponiendo soluciones positivas, pero siempre confiando en que sea la fascinación de lo que no sabíamos lo que nos impulse a buscar un cambio entre todos. Su famosa secuencia entre los gorilas de Ruanda, tumbado entre ellos mientras uno no sabía si alguno le iba a arrancar la cabeza además de una bota, es legendaria; su gozo al encontrar por fin el último gran animal que hasta entonces no había podido ver en persona, la ballena azul, es verdaderamente contagioso; y nadie puede ver sus monólogos sobre las dos últimas hembras vivas de su especie de rinoceronte o sobre la última tortuga macho de la suya sin que se le caigan las lágrimas… como le ocurrió a su productora in situ.

Hace tiempo que ya no participa en los rodajes de los documentales que narra, aunque con ochenta y ocho años (hace ya doce), todavía se le veía subirse a un vehículo submarino japonés capaz de llegar a profundidades abisales. Varias de sus últimas series tienen como objeto el Reino Unido, su nación natal, quizá como recompensa a tanto paseo por el mundo: la última de ellas, Secret Garden, la que le llevará hasta los cien años de edad en las pantallas británicas, muestra cómo se puede convertir un simple jardín urbano en una fuente de vida natural, con plantas y flores que atraen insectos, estos a aves, y estas a pequeños depredadores: abejas, erizos, ranas, martines pescadores y hasta zorros pululan por la noche entre gnomos de piedra, contenedores de basura y estanques domésticos, mientras la gente ve el pronóstico del tiempo en la propia BBC mientras toma un té, of course.

Al cumplirse cincuenta años de su debut ante las pantallas se le hizo un documental de homenaje, Life on Air, presentado por el propio Monty Python Michael Palin, el mismo que le parodió décadas antes y que luego ha hecho él mismo documentales también, aunque de viajes. Ese homenaje fue en 2002. Hace un cuarto de siglo. Se le hicieron más especiales cuando cumplió los 80, y luego los 90. Y ahí sigue. Poco le queda con nosotros, aunque su inmortalidad está garantizada. Esperemos solamente que alguna vez no tengamos que llegar a considerar sus documentos naturales sobre lo que hay como documentos históricos sobre lo que ya nunca más veremos. De aperitivo, aquí tienen cuatro horas de algunas de las mejores escenas de sus series y aquí una reseña completa de una de sus ya penúltimas series, A Perfect Planet.

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