Madrid, 1969: el hallazgo casual del cadáver de una mujer en una alquería significa un golpe de realidad en la apacible vida de Manu y sus amigos. Madrid, 1977: la policía armada mata a una manifestante alcanzada por el lanzamiento de un bote de humo. Dos muertes violentas unidas por el invisible argumento al que el protagonista va dando contenido de manera involuntaria a lo largo de casi tres décadas mientras bosqueja los años más duros de la Transición en una ciudad de extrarradios.
En este making of Pepo Paz Saz explica cómo escribió Comenzar el olvido (Reino de Cordelia).
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Creo que fue en 2009 cuando escribí las primeras líneas de lo que, muchos años después, se acabaría convirtiendo en Comenzar el olvido. Había empezado a revisar las pruebas de En vida, una novela de Haroldo Conti que íbamos a recuperar en la colección de narrativa de Bartleby Editores, ganadora ex aequo del prestigioso Premio Barral en 1971. Según avanzaba en la lectura de las galeradas del desaparecido escritor argentino me surgió la necesidad de detener mi trabajo, abrir un documento nuevo en el ordenador, y arrancar a escribir indagando en mis recuerdos de otra época: los de un mocoso que pasaba muchos de los sábados o domingos de su lejana infancia en un territorio de casas bajas y chabolas de la periferia madrileña donde vivía su abuelo paterno, de oficio carpintero. Por aquel entonces la ciudad era eso, un embrión de desigualdades sociales cultivado en barriadas de aluvión que crecían empujadas por el desarrollismo del régimen franquista. Y allí crecimos dando patadas a un balón y estrechando lazos de amistad que creíamos inquebrantables. Me atrapó el estilo directo de Conti, su maestría para generar atmósferas, cómo daba vida al complejo escenario a través de los personajes, tipos malencarados de los que apenas podía esperarse más que un trágico destino. La importancia del cuidado del lenguaje por encima de la historia que se cuenta. Y me lancé a emular su prosa.
Habrían de pasar cinco largos años y un buen puñado de libros (leídos y publicados en Bartleby) para que encontrara una pista de la que tirar del hilo: me la dio una conversación con el poeta Carlos Álvarez el día en que le llevé a su domicilio los ejemplares de Aullido de licántropo. Tomamos una cerveza en un bar de la calle Blasco de Garay y después de un rato de conversación, cuando le acompañaba de regreso al portal, de repente me agarró del brazo y, con cierta urgencia, tiró de mí para cambiarnos de acera. A lo lejos se aproximaba caminando otro anciano renqueante. Me contó en voz muy queda que se trataba de un vecino que había pertenecido a la Político-Social: que estuvo presente en el interrogatorio de su primera detención y que habían convivido, tabique con tabique, desde que su madre (viuda de carabinero leal a la legalidad republicana) y sus hermanos se trasladaron al Madrid de la posguerra dejando atrás su Andalucía natal. Convivir con el enemigo. Y hacerlo manteniendo la dignidad: por eso trataba de evitar, en lo posible, cruzarse con él. El asunto me conmovió tanto que escribí un relato titulado “Al otro lado del tabique”. Y en mí fue fermentando la idea central que vertebra Comenzar el olvido: llamar la atención sobre las olvidadas y olvidados de la Transición, es decir, las víctimas invisibles del paso del tardofranquismo a la democracia tutelada en la que hemos convivido durante décadas.
Un año después empecé a colaborar con la editorial Anaya Touring. Primero revisando guías de viaje, después aportando mi experiencia como colaborador freelance en diversas revistas y periódicos y, finalmente, afrontando con éxito el proyecto de escribir mi propia guía: un recorrido por la Soria de los poetas y el Duero (volumen que iba a sustituir en el catálogo de la editorial la de un novelista y poeta inmenso, Avelino Hernández). A este riguroso trabajo de aprendizaje le siguieron otros que fueron postergando la necesidad de encontrar respuestas a las preguntas que aquel primer capítulo me había lanzado tiempo atrás.
En esto llegó la pandemia, las largas horas del confinamiento entregadas a la lectura y, por qué no decirlo, a la reflexión. Durante aquellos dos interminables meses continuamos teletrabajando en varios proyectos y, por mi cuenta, retomé el afán por zurcir algunos relatos de historias más o menos próximas (que continuaran la línea de Las demás muertes, el libro de cuentos publicado en 2018 en la editorial Demipage). Creo que fue aquella pulsión contenida por la escritura la que finalmente me desveló la respuesta que rebotaba en mi cabeza desde hacía tiempo: la misteriosa mujer que había irrumpido en aquel primer capítulo bosquejado once años atrás era Natividad Romero Rodríguez, “la mujer de la tinaja”. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Su cuerpo había aparecido estrangulado en una alquería abandonada a finales de los sesenta. Nunca se detuvo al culpable ni se le hizo justicia. Es más, la pacata sociedad madrileña de la época la remató acusándola de todo (esquizofrenia, pederastia, lesbianismo, prostitución… hasta de estar casada con un militar yanqui de la base de Torrejón). Ahí estaba la prensa de la época, sensacionalista, para atestiguarlo. Así que el camino a seguir que me marcaba el primer capítulo era aquel, me dije, reivindicar la memoria de la víctima.
Aclarado el punto de partida, el desarrollo de la trama me pidió una estructura de la narración dividida en tres tiempos. Periodos temporales que incorporaron a las otras dos mujeres que hilvanan el recorrido de la novela: Mariluz Nájera y Marisa Bravo. La primera, muerta por el disparo de un bote de humo de la Policía Armada en la Gran Vía madrileña la jornada más triste de la naciente Reforma política (el mismo día del atentado ultraderechista de los abogados de la calle Atocha). A Mariluz la había conocido por casualidad unos meses antes de la tragedia y su dramático fallecimiento se me había quedado grabado desde entonces en la memoria de aquellos años turbulentos; la segunda, Marisa Bravo, surgió por casualidad gracias al comentario de un amigo que la había tratado cuando encabezaba un primitivo movimiento vecinal ¿Dónde? En Las Cárcavas de Hortaleza. Una lenta y tortuosa investigación me llevó a desempolvar las crónicas que Bravo había dictado antes de fallecer, memorias de una vida deslavazada que recorren desde las primeras décadas del siglo XX a las nacientes votaciones democráticas tras el final de la dictadura. Podía confirmar en mis propias carnes que la realidad, poliédrica, supera con mucho a la ficción.
No voy a aburrir con digresiones acerca de la elección de la voz narrativa, sobre las mil y una relecturas y la corrección que nunca se termina; o sobre la mirada (siempre iluminadora) que hacia los respectivos borradores han ido aportando mis personas más queridas y próximas. Tampoco con los viajes infructuosos del manuscrito aquí y allá (editoriales, agencias literarias, etc.). Son territorio común. Finalmente encontró acomodo y complicidad en Reino de Cordelia, el pulcro proyecto editorial de Jesús Egido. Un gesto que siempre agradeceré.
Comenzar el olvido quiere ser una novela de denuncia sobre la violencia ejercida en la trastienda de nuestras vidas cotidianas (violencia de género, violencia de los poderes públicos, violencia social). Y también una reflexión sobre el estigma de la obediencia en el ámbito familiar, laboral y de las relaciones personales. Arroja una reflexión crítica sobre cómo levantamos el frágil andamiaje de la reconciliación entre los españoles con la sencilla táctica de mirar hacia otro lado. De aquellos barros, estos lodos. Lector, lectora, ahora es vuestro turno.
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Autor: Pepo Paz Saz. Título: Comenzar el olvido. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros.


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