Recuerdo a la perfección el día en que J. Ernesto Ayala-Dip y yo, por supuesto acompañados de nuestras respectivas parejas, compartimos una paella en el restaurante La Mar Salada de la Barceloneta. Han pasado muchos años desde entonces, pero no he borrado de mi memoria la discusión que mantuvimos a la hora de decidir quién se hacía cargo de la factura, así como la sinceridad con la que zanjó el tema: “Si de algo estoy orgulloso en la vida es de haber trabajado lo suficiente como para poder permitirme el lujo de invitar de vez en cuando a un amigo”. Esta persona, esta persona que se sentía realizada al hacer algo a lo que otros ni siquiera dan importancia, murió el pasado domingo 14 de diciembre, a la edad de 79 años.
Porque fue a partir de ese momento cuando Ernesto Ayala-Dip decidió hincar los codos y estudiar crítica literaria de un modo autodidacta. Le gustaba esa profesión, pero no quería ejercerla a la ligera. Así que se empapó de teoría, leyó a los grandes del género y practicó en silencio, y cuando se sintió preparado, ofreció su pluma a revistas como Triunfo, El Viejo Topo y Cuadernos para el Diálogo. Aceptaron sus artículos de inmediato y, cuando su fama se asentó, saltó a Babelia y a El Correo, además de a Quimera, Lateral, Letras Libres y Qué Leer. No tardó en convertirse en un crítico de referencia, alguien a quien debías leer si buscabas un cicerone cultural, pero evitó codearse con la gente del mundillo, probablemente porque nunca perdió el complejo de sentirse eternamente como el niño que, para ver a su madre, tiene que usar la puerta de servicio.
En cierta ocasión le pregunté si nunca había querido escribir una novela. Me dijo que no, que jamás había aspirado a eso, que no era un hombre realmente creativo. En aquel entonces, había publicado sus Dos décadas de narrativa en castellano (Huerga & Fierro, 2017), compilación de sus críticas, reseñas y artículos culturales que, pese al silencio con el que fue acogido, contenía —y contiene— las claves para entender la literatura española de finales y principios del siglo. Y aunque parecía que su labor editorial habría de quedar limitada a aquel título, resulta que ahora, cuatro meses después de su muerte, se publica el libro que había estado escribiendo en secreto: Los novios de mi madre (Huerga & Fierro), antología de relatos protagonizados por una madre soltera en el Buenos Aires de mediados del siglo pasado y, cómo no, por un hijo narrador que observa a su progenitora con el mismo estupor con el que descubre la vida.
Los novios de mi madre es un libro hermoso, tierno, en cierta manera contenido, que ha llegado a las librerías con la misma discreción con la que Ernesto Ayala-Dip se marchó de este mundo. Le diagnosticaron cáncer, no se lo contó a nadie, murió poco después. La noticia de su fallecimiento pilló desprevenido a casi todo el mundo. Al tanatorio solo acudimos los íntimos, pero bastaba con cerrar los ojos para imaginar que, alrededor del féretro, se apiñaban todos, absolutamente todos los escritores cuyas carreras él impulsó desde las páginas de algún periódico.
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Autor: J. Ernesto Ayala-Dip. Título: Los novios de mi madre. Editorial: Huerga & Fierro. Venta: Todos tus libros.



Me ha llamado la atención, y créame que me ha conmovido, que J. Ernesto Ayala-Dip jamás quisiera escribir una novela. Que se considerara un hombre no creativo. Y resulta que ahora, muerto ya, cuatro meses y pico después de callarse para siempre, aparece un libro suyo que nadie esperaba. Un libro hermoso, dice usted, tierno, contenido. Como si la literatura le hubiera estado esperando todo ese tiempo, agazapada, y solo cuando la muerte llegó se atrevió a salir de su escondite. Qué gesto tan maravilloso, y qué discreto, y qué elegante. Hacer ver que no podía y luego, en silencio, hacerlo del todo.
Muerte de un crítico literario, nacimiento de un escritor, dice usted en el título. Y yo me pregunto si no será al revés, si no fue toda su vida un escritor que se disfrazó de crítico por pudor, o por lealtad a sus orígenes, o por no traicionar a aquella madre que entraba por la puerta de servicio. Quizá por eso no se lo contó a nadie. Porque hay libros que solo pueden escribirse en secreto, como hay amores que solo pueden vivirse en silencio.
Descanse en paz, don Ernesto. Y gracias a usted, Sr. Colomer, por habérnoslo contado.