«¿Dónde se guarda lo no dicho?», leemos en el apartado ‘Indicios’ de los Textos anfibios de Esperanza Ortega, recogido en Diario de lo no vivido. Aquello que no se dice es uno de los cofres que se mantienen aletargados en el lugar por el que trasiega el silencio. Y este, el silencio —la averbalidad según Stefan Hertmans—, es el gran depósito que el lenguaje poético guarda para sí. En Los versos de mi amiga, el reciente libro de poemas de la escritora palentina, la voz especular o la voz de la otra —ese tú que le gana la partida al yo y que se convierte en la alteridad necesaria, en la amiga— se vuelve más discursiva, más abundante y explícita que en sus libros anteriores; sin embargo, el lector intuye que aquí lo no dicho es la materia de la que están hechos los versos.
Pero, ¿cómo salpica al lector la poesía de Esperanza Ortega?, ¿cómo se agazapa el lenguaje y espera a que se dé el asombro? —Paul Valery le adjudicaba al poeta la función de crear en los otros el estado poético—. «Escribir un poema te llena de dicha», dice la autora, y añade unos versos después, en el mismo poema: «Pero escribir un poema no es tarea fácil». Con cuánta naturalidad se nos advierte de esta doblez —tan insurgente, podríamos añadir—. Ese lichtung, apertura primordial en Heidegger y lugar de la fulgurante aparición de la palabra en Valente, requiere de paciencia, de espera, para que pueda darse su entrada. En la nota previa, la poeta cuenta que solventó explicar, en alguna ocasión, su poética con dos versos de Arnaut Daniel: «Nunca la tuve / pero me tiene». Esa extrañeza, lo que huye, lo que sacude no se sabe dónde y te captura. El lenguaje, su herramienta, debe resolver cómo gestionar la palabra revelada y la palabra elaborada (Esperanza Ortega), por ello, reactivar, como en el caso de Los versos de mi amiga, imágenes o determinados posos que bullen calladamente no significa que se atienda únicamente al recuerdo de lo vivido sino, justamente, a aquello que no se vivió o a la polvareda gestada en un proceso de transformación e incluso de aniquilamiento. En el apartado que lleva por título ‘Poemas del afilador’, van desfilando memoria, casa, infancia y muerte del padre, pero lo que subyace es lo que provoca lo recordado, existiera o no. En su libro en prosa Las cosas como eran, la poeta lo define muy bien:
El afilador se detendría un momento delante del portal de mi casa e inmediatamente seguiría su camino. Mientras tocaba, miraría a lo alto, de otra manera no le hubiera escuchado. Era la voz maravillosa de lo ajeno, de lo desconocido, que se aproximaba y se desvanecía como una estrella fugaz. No me producía alegría o tristeza, el afilador estaba lejos de esos sentimientos. Era sonido puro, melancolía de lo que desaparecía antes de llegar a ser, igual que su canción siempre inconclusa.
No se habla del hecho en sí únicamente, también nos situamos ante una escenografía imaginada o ante un algo lleno de atemporalidad o ante la atmósfera de aquello que ahora parece sobrevenirle a la voz poética. María Negroni abre su El corazón del daño con una cita perteneciente al libro La pasión según G.H., de Clarice Lispector, que dice así: «Voy a crear lo que me sucedió». Efectivamente, el hecho de la escritura, su misma sustancia u organizada ante una visión, o entre el sueño, o consecuencia de la imaginación, es la médula que sujeta los poemas, cuyo fundamento es la creación, «la sombra que se interpone entre mi vida y el espejo» (E.O.).
Aun cuando hay muchos hilos que se van tensando —o dejando caer incluso— en Los versos de mi amiga, como la pobreza, la muerte, la familia, la infancia, etc., el metalenguaje, la referencia a la poesía y a su quehacer es constante. En el poema final leemos:
¿O es que acaso no están los poemas para eso?
¿Para hablar de lo que no fue, pero existió, de lo que nunca
llegaría a existir aunque haya sido?
Asimismo, su poesía abraza aquí una variedad de registros digna de señalar. Si bien es cierto, como se apuntaba antes, que el verso se extiende y se explicita más que en sus anteriores libros de poemas, también se alternan estructuras con forma más adelgazada eludiendo la necesidad de más lenguaje, o caligramas que, en la dispersión que ofrecen los copos de nieve, forman una delicada y bella oración; todo ello con la inclusión, en ocasiones, de la intertextualidad (Manrique, por ejemplo) —es relevante subrayar que no hay citas literales a excepción de los dos versos de Arnaut Daniel en la nota inicial— o los encabalgamientos abruptos, como en el poema 8 del apartado ‘Escribir un poema’, que dejan los versos pendiendo de la página:
Un verso debería prolongarse años muchos
muchos años
y cielos y caminos y no terminar nunca de
caer como la flecha que se lanza y no regresa un verso no
debería detenerse no debería rendirse ni
dejarse conquistar por el silencio pero los poetas
se cansan
de tirar de la cuerda y
buscan excusas mientras abandonan
las sílabas diseminadas sobre el prado por eso
el manantial se seca y las palabras
al fin desaparecen
entre el vuelo ilusorio de los pájaros.
Misterio y oficio se nutren para dar cuenta de un libro que explora las diversas posibilidades que la palabra poética pueda ofrecer.
Pero la gran sabedora de lo guardado, la amiga, ese hermoso sustantivo cargado de tradición y amabilidad, será quien atraviese la opacidad y el escondrijo de las cosas, y de estas en relación con el mundo; y decirlo, o mejor: mostrarlo. «Vine a explorar el naufragio», dijo Adrienne Rich, porque, ¿con qué nos encontramos cuando se abre ese cofre en silencio? Si algo puede hacer la palabra poética, es, probablemente, evidenciar en quien escribe y en quien lee la parte de mundo que se añora, aquella que vuelve, como un boomerang, a nuestro ser en escucha.
Los versos de mi amiga entreabre aquello que se entumece, lo que queda lacrado, y su lectura se posa como un canto al que se retorna. Y en ese silencio cantado hay un recogimiento que se extiende como consecuencia de la impresión de lo vivido. Esta es la fuerza que Esperanza Ortega nos regala en sus versos: una poesía que da cuenta de la invisibilidad, esa constante oruga que se desplaza sigilosamente entre el tiempo y el ser, y que, siempre bordeando el filo de la impotencia, intenta nombrarse para estremecernos —sabemos que el lenguaje no basta pero revierte en la poesía su falta obsequiándonos, si como en el caso de Ortega hay pericia, un fecundo espacio de posibilidades.
Los versos de mi amiga se incrustan en el lector para que este pueda tocar la cicatriz de aquello que huyó. Y leerlo, tal vez se asemeje a ese extraño escalofrío que, en ocasiones como esta, es capaz de zarandearnos.
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Autora: Esperanza Ortega. Título: Los versos de mi amiga. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.


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