Casi 1.000 relatos se han registrado en la primera edición del concurso de relatos #inteligencianatural, dotado con 2.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Desde el 2 de marzo hasta el 22 de marzo, hemos recibido historias en las que nuestros recuerdos han cobrado el protagonismo desde todas las miradas posibles.
María de la Torre Regidor, con Polytropos, ha resultado ganadora —con un premio de 1.000 €—; y Antonio Carmona Mercadé, con La luna de octubre, y Fernando Claudín di Fidio, con Nena de brétema, han sido los dos finalistas—han obtenido 500 € cada uno—.
El jurado ha estado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez. A continuación reproducimos el relato ganador y los dos finalistas.
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GANADOR
Título: Polytropos
Autor: María de la Torre Regidor
Piensa, Odiseo. La cueva ha sido sellada y el cíclope ha salido. Este es el momento de idear un plan. No escuches los lamentos de los hombres que no han sido devorados: céntrate en cómo salvarlos. Tú, que hiciste caer la ciudad de Ilión gracias a tus engaños tras diez largos años de combate, eres más que capaz de encontrar la solución al dilema. Pues no fueron Aquiles o Áyax el Grande los que pusieron fin al conflicto: fuiste tú. Esos héroes ganaron batallas, mas sólo tú ganaste la guerra. Piensa, Laertíada. Ellos ya no volverán a sus hogares, pero tú aún tienes una oportunidad. Sólo tienes que salir de la cueva. Allá en la playa tu barco te espera. El resto de tus hombres te aguarda con el botín obtenido de Troya. Con él regresarás a Ítaca, con el oro y las historias.
Mira la roca que bloquea la salida. ¿Acaso puedes moverla? No, tus brazos son débiles y tus fuerzas insuficientes. Prueba con ayuda de tus compañeros. ¿Tampoco? Era previsible. Polifemo es un gigante mientras que vosotros sois sólo hombres. Sin embargo, tampoco podías deshacerte de las murallas que protegían Ilión. Las defensas creadas por los dioses no son fáciles de derribar y los troyanos no pensaban ponéroslo fácil. Héroe, sólo tú sabes cuánto odiabas esa muralla. Durante diez años fue lo primero que tus ojos veían al despertar y lo último que contemplaban antes de que cayera el sol. Deseabas derribarla y arrasar con todo lo que ella guardaba. Reducirlo a cenizas y que se las llevase el viento muy lejos de ti. Sin embargo, eres mortal. Hay cosas que están fuera de tu alcance. Acepta tus límites, te ayudará a no obcecarte y así podrás examinar otras posibilidades. Los aqueos no ibais a traspasar las murallas de Troya, pero los habitantes de la ciudad entraban y salían. ¿Y si os metieran ellos? ¿Y si fueran vuestros enemigos quienes hicieran el trabajo por vosotros?
Ya regresa el cíclope, ya está de vuelta Polifemo con su rebaño. Él aparta la roca sin esfuerzo, para él no es más que abrir la puerta de su casa. ¿Acaso sabes ya cómo salir, Odiseo? Esta vez no tienes un caballo, mas llevas vino contigo. La voz del gigante suena rasposa, se ha alimentado de tus hombres, ha estado pastoreando todo el día y no ha saciado su sed. Sentirá la lengua áspera, como de lija. La bebida de
Dioniso podría aliviar su malestar.
En efecto, Polifemo bebe con ansia. El tuyo es un vino delicado, muy diferente del burdo producto de los frutos de las vides de los gigantes de un solo ojo. Le sabe a néctar y quiere más. Apura una vasija tras otra y te está agradecido: quiere saber tu nombre. Serás el último al que devore. ¿Cómo te llamas, Odiseo? ¿Cuál es el nombre con el que se te conoce, aquel que te otorgaron Anticlea y Laertes al nacer?
Nadie. El nombre es Nadie.
Muchas gracias, Nadie. Nunca te olvidaré.
Morfeo cierra el ojo de Polifemo. Que tenga dulces sueños, llenos de ovejas y carne humana. A partir de ahora, el mundo onírico será lo único que pueda contemplar, pues con una estaca atraviesas su globo ocular ayudado por tus compañeros.
El dolor vence al sueño. Un grito desgarra la noche y los demás cíclopes salen de sus grutas para ver qué le sucede a su compañero.
Polifemo, Polifemo, ¿qué sucede? Tus gritos nos han despertado.
Nadie me ha cegado. Nadie me mata con engaños.
Si nadie te ha hecho nada, no hay nada que hacer. Uno no puede luchar contra los designios de los dioses. Ahora calla y permítenos continuar descansando. Ya falta menos para que Eos la aurora asome sus dedos rosados por el firmamento.
Ay, Odiseo. Apenas puedes contener la risa al escuchar la conversación de los gigantes, pero debes permanecer en silencio. Está ciego, ni muerto ni sordo. El oído aún lo puede conducir hasta ti. Pégate contra la pared y no hagas ruido. La mañana llega, lo anuncian los pájaros de fuera. Polifemo pese a estar cegado y dolorido no puede desatender sus obligaciones. A tientas quita la puerta de la entrada y deja salir al rebaño.
Odiseo, agárrate al vellón de ese carnero. Si te sujetas de la lana de la barriga, aunque el gigante acaricie al animal no notará tu presencia. Insta a tus hombres a hacer lo mismo y salid de ahí: Ítaca ya queda cerca.
Corre, Odiseo. Has dejado atrás a Polifemo; el barco está justo delante. Sube a bordo y aléjate de ahí. Lo peor ya ha pasado, ahora puedes centrarte en volver a casa.
¿Qué haces, Odiseo? ¿Por qué te asomas por la borda? ¿Por qué gritas?
No fue Nadie quien te hirió, fue Odiseo, hijo de Laertes, rey de Ítaca, destructor de Troya.
Polifemo ruge y lanza un peñasco en tu dirección. El mar se agita, tu nave se tambalea. Tus hombres te tapan la boca, Odiseo. Pero ya es tarde y el daño está hecho. La maldición del cíclope te perseguirá, no te librarás de la ira de su padre, el Gobernante de los Mares y
Agitador de la Tierra.
Ay, Laertíada. Los aedos narrarán tus gestas por siglos pero no llegarás a Ítaca hasta dentro de diez años. ¿Vale la pena, Odiseo?
¿Volverías a hacerlo sabiendo el precio que habrás de pagar?
Sí. Una y mil veces. Tú mejor que nadie sabes que el anonimato es insatisfactorio; todo gran artista desea ser admirado por su obra.
***
FINALISTAS
Título: La luna de octubre
Autor: Antonio Carmona Mercadé
Horacio abre la compuerta de la tenada donde treinta churras y veinte cabras esperan amontonadas en la oscuridad a una nueva jornada de pastoreo. Un silbido, y a su orden, un viejo mastín blanco se despereza estirando sus patas delanteras y lo acompaña en su parsimonioso caminar. Mientras, otro perro ovejero más pequeño y nervioso, repite afanosamente la ceremonia diaria de compactar al rebaño, siguiendo los mandamientos de su amo. Las ovejas lo temen porque saben que puede morderlas, si abandonan el grupo.
Cincuenta y siete años caminando por las cañadas de la Dehesa del Monasterio de la Sierra, desde que tenía once años. Con su soledad a cuestas. Capeando viento, lluvia, niebla y frío. Aunque hoy se siente un poco más triste. El otoño le recuerda que cada vez son menos los que quedan como él, criando ganado en un mundo que se ha vuelto loco.
Al llegar a la primera loma, se detiene a leer el cielo. Parece que va a llover. Baja la mirada, arranca un hinojo y continúa su parsimonioso andar, calculando que luego pasará por la botica del pueblo, a ver si encuentra algún remedio más eficaz que el ajo y el aceite de oliva para curar a un par de ovejas con pedero en sus pezuñas. Sigue la senda y al mediodía se detiene en un lugar del prado donde florecen multitud de arbustos, observado cómo se repite la misma escena de cada día. Allí mismo, controlándolas de una ojeada mientras pastan, un par de cabras con aires más distinguidos se colocan a dos patas para alcanzar a mordisquear unos escaramujos cuyos frutos, en sus copas, las vuelven locas. Esto le hace sonreír, y chasquea un sonido con los dientes, ahuyentándolas del festín con aspavientos, pues suelen empacharse con sus bayas. Todo es parte de la misma rutina. Bendita rutina. Hasta que llega al camino que conduce al puente del río. Allí algo le llama la atención. Ve a lo lejos un vehículo detenido al margen del sendero con las luces de alarma encendidas. Quizás no sea nada, pero se queda apoyado sobre su bastón viendo cómo alguien desciende del vehículo y comienza a apuntar al cielo con un objeto. Uno de esos móviles, sin duda. Es una muchacha que se pone a dar giros, orientando la antena, a modo de baile u ofrenda a los dioses, buscando cobertura.
—¡Hola! ¡hola, buen hombre!
La que se dirige corriendo hacia Horacio es Carmela, una joven de veintipocos años, de Burgos capital, ídolo de Instagram y Tik Tok, y con más de un millón de seguidores en las redes sociales, que, por aquellas cosas de la tecnología moderna, ha elegido el camino equivocado propuesto por el GPS de su Yaris eléctrico, agotando la batería mientras hacía un directo desde la campiña. Final de trayecto.
Horacio se mantiene en silencio mientras la chica gesticula sudorosa, sin soltar su iPhone.
—¿Sabe por un casual si queda lejos Aguamediano? —Verá, soy «influencer» y… ¿sabe lo que significa? Bueno, ya veo que no. —Pues me dedico a crear contenido para las redes sociales, ya sabe, videos, reportajes para internet y eso. Y eh…, creo que me he perdido y mi coche está sin batería.
Hace un mohín de corderillo y solo consigue que Horacio levante una ceja.
—Eso queda lejos, chiquilla. Aquí no hay nada en diez kilómetros a la redonda. Bueno, estamos yo, mis cabras, el mastín y el ovejero.
—¡Madre mía! ¡No me lo puedo creer! ¿Qué voy a hacer ahora? No voy a llegar a tiempo a la rave.
—¿Y eso que es?
—Es como una concentración de gente para bailar al ritmo de la música electrónica, al aire libre. Mucho ruido. Es fantástico.
—¿Algo así como un rebaño de gente?
—Esa es buena, viniendo de usted. Pues mire no está mal la comparación, pero a usted solo le siguen unas cuantas ovejas y cabras. Imagino que debe de echar de menos la compañía. En cambio, ya ve, a mí me siguen por las redes más de un millón. De personas, no de cabras.
—¿Y las conoce a todas? Porque mis cabras son reales, puedo tocarlas. Y me acompañan siempre. Cada una tiene su nombre. Mira, ahí se acerca la Serafina.
—Bu… bueno. No. No las conozco a todas, aunque sé que están ahí. Y siguen mis consejos. Pero no nos desviemos. ¿Cómo hago para buscar ayuda? Está cayendo la tarde y empieza a hacer frío.
En estas, Horacio vuelve a mirar al cielo. Ella espera respuestas y piensa lo atrasado que está ese pastor, y cuán solo debe sentirse con tanto animal, sin otro ser humano a su lado. Por otra parte, su olfato le transmite fuertes olores y sensaciones. No hace más que oler a lana y a mierda. Un creciente asco le va inundando la pituitaria, al detectar el olor putrefacto del pedero de una de las ovejas enfermas. De pronto, Horacio sentencia:
—«La luna de octubre siete lunas cubre; y si llueve, nueve”. Va a llover, chiquilla. Viene una tormenta.
—¡Qué voy a hacer, Dios mío!
—Puedes pasar la noche en la tenada, donde descansan mis ovejas. Tranquila. Yo estaré fuera. O eso, o caminas diez kilómetros. O te quedas ahí en tu coche. Pero te advierto que hay lobos.
—¡¿Lobos?! ¡No, no, no, no…! La tenada, prefiero la tenada.
—No te preocupes, hija. Quizás mañana, cuando amanezca, veas lo valioso que es el silencio. Esta noche podrás escucharlo.
Se ha cubierto de nubes el cielo y ha llegado la tormenta. Después, ha dejado paso a un cielo estrellado. Solo dos luces dominan la dehesa, la luz de la luna, y los faros de un pequeño Toyota. Carmela cae entonces en la cuenta de que toda su tecnología la ha dejado muda ante su mundo, el digital, donde ella es la pastora que ha perdido al rebaño, donde un millón de ausentes han hecho que comprenda que la única cosa que realmente importa es saber cuándo no decir nada.
***
Título: Nena de brétema
Autor: Fernando Claudín di Fidio
El año del gran naufragio la mar se volvió vieja de golpe.
Iria tenía nueve años y el alma inquieta. Acudió junto a la madre al responso. La marea arrastró hasta ella un trozo de madera con una inscripción.
IRIS.
La Costa da Morte plantaba otro hito en su historia. 5 de noviembre, 1883. Iris de Hull, vapor de carga inglés, salido de Cardiff, destino a la India. 37 fallecidos.
Al poco tiempo el padre fue a por pulpo en su chalana y no regresó.
Iria arrastró el duelo por el acantilado.
Ella no iba a la escuela. Las letras eran cosa de niños. Las niñas contaban sardinas, amasaban pan, rezaban.
Cada tarde barría el aula. El maestro corregía exámenes, sin prestarle atención. Tenía permiso para estar presente, siempre que barriera y no preguntase.
Encontró un libro viejo, olvidado. Dentro había fechas, nombres de vientos, advertencias: “mar bravo. Nordés traidor. Mareas negras”.
El libro acabó en la mesilla de noche, junto al trozo de madera con el nombre del barco naufragado. Le enseñó el lenguaje de las palabras: a leerlas, a escribirlas. Nació su amor por los libros.
Un día las gaviotas volaron bajo. El cielo era una cúpula de plomo. Iria abrió el libro y lo conectó con las impresiones recogidas del cielo, la mar, los vientos. El presentimiento se volvió certeza.
Al caer la tarde fue a la cofradía de pescadores.
Dejó un mensaje bajo la puerta.
NON SAIADES MAÑÁ
O MAR NON VOLVE.
A la mañana siguiente la nota fue acogida con un coro de risas.
La tiraron a la basura.
El cura bendijo las dornas. Los hombres se hicieron a la mar.
A las pocas horas el aire cambió. La mar permaneció inmóvil durante un instante. Las nubes se descolgaron hasta los tejados. Las gaviotas huyeron.
El primer trueno partió el mundo. El viento entró a raudales por las calles. El cielo vomitó sus entrañas. El diluvio tronchó los árboles y borró los caminos.
La mar subía.
Al alba las casas chorreaban su terror nocturno. El suelo era un magma de barro, ramas y un perro muerto.
Las tejas habían sostenido el cielo para que la tormenta no aplastara la aldea.
Iria contuvo la respiración. Bajo el hórreo, una serpiente.
Faltaban dos barcas: Nova Iria, San Roque.
Fueron pronunciados los nombres, en voz baja, entre murmullos.
Manuel do Faro, Xacobo o Novo, Antón Freixa, Roi o Coxo, Tomasiño.
Las campanas evocaron los tañidos en memoria del Iris de Hull. Ahora los muertos no eran ingleses.
Iria fue señalada. En los corrillos del puerto la acusación corrió de boca en boca.
—A nena Iria xa o sabía.
Todos conocían la nota. Nadie recordaba las risas, de esos mismos pescadores, ahora en su atlántica sepultura.
El aviso salvador fue visto como señal de mal fario. No había que tentar la mar con palabras agoreras.
Se hizo el vacío a Iria. Cuchicheaban a su paso.
El maestro descargó en la niña su mirada de tojo seco.
—Non te quero ver máis na escola. Aquí non hai sitio para nenas que non saben cal é o seu lugar.
Iria no quería que la campana volviera a doblar a muerto. Odiaba ese tañido grave, lento. Se arrastraba en su cabeza como la serpiente que se le había aparecido bajo el hórreo.
Cuando el padre no regresó, la campana hizo tres toques. Por las mujeres hacía dos. Y por los niños, uno.
Las nuevas señales fueron claras.
El nordés, frío y seco, se cortó.
En la mar, olas grandes y espaciadas. “Se levanta en panza”, dijeron.
Aves huyendo al interior.
En el cielo, nubes bajas.
El sol y la luna ciñéndose un halo blanquecino.
Las cuerdas del tendedero, tensas y pringosas.
Le zumbaban los oídos. Presión en las sienes.
—Esta vez non vai morrer ninguén —dijo.
Nada de papeles que daban risa a los pescadores. ¡Muros!
Robó un cubo de cal usado para blanquear los muros del cementerio.
Pasó la noche escribiendo su palabra salvadora en la piel de la aldea.
QUEDAOS.
Brillaba como una luciérnaga bajo la luna.
Pedra Moura amaneció con su firma en la frente.
Hubo murmullos, ajetreos, discusiones. Los principales parlamentaron: el cura, el alcalde, el patrón mayor, el maestro.
—A nena de brétema ten razón —repetía Toñiño, el tonto del pueblo, señalando el aviso marcado con cal.
Se decidió no salir a faenar.
Unas horas después la tormenta estalló. No hubo muertos. Solo casas heridas y árboles vencidos.
Al día siguiente el maestro llamó a la niña.
—Fixeches ben, pero non escribas máis —le dijo—. Non convén que os homes crean que os manda unha nena.
Y le devolvió la escoba.
Las mujeres fueron en procesión a la playa. Iria, en cabeza. A su lado, Maruxa, la madre, orgullosa.
La niña se detuvo.
—O mar non levará máis a ninguén mentres saibamos lelo —dijo.
Escribió en la arena una palabra, en grandes caracteres.
SABEMOS.
Las mujeres hicieron un corro alrededor, agarradas de la mano.
Los pescadores adoptaron la costumbre de consultar a Iria antes de salir a faenar, si el tiempo amenazaba.
—Preguntarlle á nena de brétema —decían.
Y ella siempre acertaba en su previsión.
Tras la puesta de sol las mujeres entraron en la lonja y se sentaron en cajas de pescado. Iria levantó la tiza.
—Esta é a A —dijo.
Noche tras noche volvieron. Todas aprendían rápido, niñas, jóvenes y viejas, empezando por Maruxa.
Pasaron los años. Pedra Moura no era la aldea de antaño. Las mujeres discutían los precios, corregían, discrepaban, ofrecían soluciones. Y firmaban cartas, herencias, contratos de trabajo, reclamas, manifiestos, libros.
A historia da nena de brétema sobrevivió a sus protagonistas, contada en la lonja, en la cofradía, en el muelle, en el patio de la escuela, en la biblioteca.
Cada vez que los habitantes de aquella humilde aldea de la Costa da Morte la relataban, una neblina misteriosa parecía palpitar en el horizonte.


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