Tan solo diez relatos, de entre los casi mil presentados al concurso, han conseguido llegar hasta aquí. Estos son los finalistas que compiten por los premios del concurso de relatos #inteligencianatural, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El fallo del jurado, que está formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez, será anunciado el jueves 30 de abril. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. El premio para los dos ganadores del segundo es de 500 € en efectivo.
A continuación ofrecemos los 10 relatos que optan a los premios. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.
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1
Título: Los hilos de la memoria
Autor: Inmaculada Bosch Racero
Noviembre siempre llega con esa punzada en alguna parte de su cuerpo. Antes, creía notarla en el estómago, pero, en realidad, es como una ola que lo inunda todo. Aunque su memoria ya no es el firme muro que era antaño, el recuerdo de aquel día persiste con la misma tenacidad.
Amaneció con un cielo encapotado que poco tardó en dar paso a un sol radiante. Ella bordaba su nombre en una esquina de lo que sería un mantel. Hacía seis días que había cumplido los once años. Su nombre empezaba por «b», como botella o bastón. La «v» le había supuesto más esfuerzo aprenderla, hasta tal punto que en algún despiste se había presentado como Veatriz.
Sin duda, disfrutaba. Mientras sus amigas y vecinas no parecían entender la necesidad de pasar seis horas diarias encerradas en esa aula de sillas incómodas, para ella era el salvoconducto que la libraría de la nueva vida en la ciudad a la que marchaban sus hermanas mayores. Las había visto marchar muy pronto; apenas recuerda el día en que dejaron de vivir bajo el mismo techo. Una o dos veces al año volvían al pueblo, con buenas ropas y bien peinadas. Ella siempre enmudecía cuando llegaba el día del encuentro. Se limitaba a observar a aquellas niñas convertidas prematuramente en mujeres. Fuera lo que fuese que ocurría en aquel lugar lejano, ella prefería ir al colegio.
Aquella mañana luminosa de noviembre, sin embargo, algo diferente ocurrió. Al despedirse de doña María Luisa, esta apoyó su mano sobre su hombro con mirada compasiva. Al llegar a casa, entendería el gesto al ver la vieja maleta de cuero de su madre en la entrada. Encontró a su madre con una extensa sombra de llanto en los ojos, y a su padre más callado de lo habitual. Creyó entender, pero no lo hizo hasta que su padre le tendió un billete de tren y un papel a cuadros con una dirección escrita.
Aun teniendo las respuestas, a Beatriz se le amontonaron las preguntas. Aquellas palabras espantaron de un disparo los pájaros que volaban por su mente de niña. Como habían hecho sus hermanas, solo se permitió llorar por la noche, y al día siguiente, en el tren, abrazada a su mantel a medio bordar.
Han pasado setenta y cuatro años desde aquel día, y el perfume de la familia que la esperó en la estación de Málaga sigue vívido. Una vez en casa, conoció a los niños a los que cuidaría sin saber cómo, y recibió todo un arsenal de instrucciones sobre su quehacer diario. De lunes a sábado; los domingos para descansar y visitar a sus hermanas, que servían para familias vecinas.
Con el mismo ímpetu con el que se deshacía en lágrimas cada domingo por la noche, se aferró a la idea de que por nada del mundo olvidaría su horario de la escuela. A primera hora, doña María Luisa abría el libro de lengua, así que, mientras daba el desayuno al benjamín, leía para sus adentros el prospecto del jarabe para la tos que le daría a las once. Repasaba una a una las palabras, recalcando el uso de las «b» y las «v». En la hora de matemáticas, dibujaba con la punta del dedo sumas y restas sobre el suelo mojado que tanto se había esmerado en fregar de rodillas. En la de geografía, limpiaba el polvo del escritorio del patrón, observando su mapa en relieve que tenía enmarcado, memorizando las cordilleras, los ríos y las provincias.
Con la distancia suficiente de los años, Beatriz rememora aquel tiempo con ternura. Narra con un tono sereno cómo después de esa casa, sirvió en otras tres de la misma calle, hasta que conoció al que sería su futuro marido, y cómo la esperanza de volver a la escuela se iba disolviendo como los chorros de lejía en el barreño con el que fregaba. Los viajes al pueblo eran cada vez menos frecuentes, y de sus amigas iba sabiendo lo poco que su madre le contaba en las cartas. Teresa se hizo maestra, como a ella le hubiera gustado.
Casada y con tres pequeños, cuenta, abrió una pequeña tienda de comestibles, en la que hacía las cuentas de cabeza, excepto algunas con demasiados decimales, para las que recurría al lápiz y al papel. Reconoce que se ganó más de una enemistad por desconfianza.
Con la llegada del supermercado, la tienda cerró sus puertas definitivamente, y Beatriz volvió a ser la mujer de la limpieza, con sus tristes e inevitables prejuicios. Ríe al recordar cómo en innumerables ocasiones tenía las respuestas que los niños de la casa hacían a sus padres. Les ayudaba, incluso, con los deberes del colegio.
Como cada noviembre, Beatriz le cuenta esta historia a su cuidadora.
Cuando termina, la mujer abre el cajón de la mesilla y le coloca entre las manos el mantel a medio bordar.
Beatriz lo observa despacio y repasa con los dedos las letras de su nombre.
—¿Está bien así, doña María Luisa?
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2
Título: La verdadera historia de Piel de Pizarra
Autor: Francisco Javier Dominguez Márquez
Las vacas abrían veredas en la solana. Su deambular pausado y constante ayudaba a sus dueños a convertir aquella vega en un fecundo prado. Tras una linde, las manos de los que serían sus vecinos habían trazado una huerta. Y en la huerta cavaron un pozo, anillado con pizarra. Luego vino lo demás. La choza primitiva se convirtió en casilla, con la puerta mirando al naciente, como todas las de la sierra. Sus vecinos, también trashumantes, mantenían la propiedad del agro y de las vacas, que quedaban a su albedrío en invierno. Las mostrencas saben defenderse del lobo. Por San Andrés dejó a sus tíos entre Alcudia y Los Pedroches. De Castilla a Córdoba. Él se prometió cumplir la promesa que hizo a su padre el año que bajaron de Soria hasta el Guadalquivir con un rebaño de mil merinas: “Recuerda hijo, las tierras de la sierra son libres una vez confirmada la Concordia de 1726. Cuando tengas seso y fuerza para descuajar el monte, viaja al sur en el invierno y roza la jara, conserva las encinas y los robles, levanta un chozo y deslinda 15 o 20 fanegas. Planta una viña, cava un pozo, surca un huerto. Al segundo año injerta acebuches y baja a Adamuz a por varetas de nevadillo”. Mientras contemplaba aquellas vacas por encima de la Cañada Real, sintió que no sería capaz de la proeza a la que se comprometió. Convertir aquel monte en cultivo le podría costar la vida, y por ello tenía que meditar cómo hacerlo para sobrevivir a la soberbia de la naturaleza.
De inmediato prendió fuego. Lo primero en arder, el jaral. Con la azada, arrancó haces para sumar a la pira, que avanzaba metro a metro pese a ser otoño. Trazó un plan y abrió carriles que servirían de cortafuegos. Y tras las jaras, prendió los lentiscos, las coscojas y las matas negras. A ese ritmo, podría empezar a poner estacas en primavera. Calculó. Compensaría días de lluvia con noches de tajo. Dormía poco. Cazaba zorzales con perchas de crin de caballo y conejos con trampas de losa. En el pueblo, cambiaba la proteína salvaje por pan, sal, tocino, garbanzos, huevos y herramientas. La Nochebuena la pasó espantando unos lobos que habían apresado un venado. Saló en tasajos la carne del cervuno cazado por los cánidos y cambió un jamón por media arroba de vino en el Ventorro de la Encrucijada. Aquel escaso lujo le dio fuerzas para seguir rozando el monte, liberando quercus, podando acebuches.
En la fiesta de San Antón su piel tenía el color de la pizarra. Así lo apodaron. Piel de pizarra. Tan fundido estaba con el paisaje que, en dos meses, su haza ya contaba con 30 encinas limpias y con otros tantos acebuches. Ese mismo día recogió dos sacos de aceitunas de aquellos olivos salvajes y estrujó el fruto. El proceso le llevó una noche. Juntaba puñados y los liaba en un trozo de saco, machacaba las acebuchinas y luego calentaba la masa en un caldero con agua. Poco a poco el aceite cubría la superficie. Con un cucharon de madera, iba llenando una cántara con aquel zumo verdoso, imprescindible frente al invierno.
Su cuerpo cambió. Le crecieron las manos y la espalda y no se fatigaba al subir la Umbría del Infierno. Su aspecto físico había evolucionado al tiempo que notaba cómo su alma ensanchaba y su mente viajaba a mayor velocidad. La agilidad de sus pensamientos contrastaba con las tinieblas que inundaban sus días cuando llegó a aquel paraje. Recordaba por momentos a sus tíos hacer chanza de su decisión de convertirse en pegujalero, como llamaban despectivamente a las gentes que dejaban sus quehaceres en los pueblos para colonizar aquellas sierras cuajadas de alimañas. “¿Sabes la del minero que abandonó a la familia para rozar el monte? Murió de frío y su mujer y sus tres hijos viven ahora de la caridad”. El hermano más joven de su madre castigaba sus intenciones, quizá por su incapacidad de dar el difícil paso que supondría la liberación del yugo de los amos sorianos.
Por la Virgen de Luna, vino un cambio de aires que embraveció la sierra. Las nieblas de febrero, según la sabiduría pastoril, traerían aguas en mayo, pero, hasta entonces, aquella primavera adelantada templaba la tierra. Tenía que terminar ya con las rozas de monte para buscar esquejes y varetas e iniciar injertos y plantaciones. Las de vid las consiguió en el ventorro. Podó la viña del propietario a cambio del sarmiento. Le gustaban aquellas uvas rosadas, ideales para el clarete. Y las blancas, dulces para el brisado pardillo. Los troncos y yemas nudosas de olivo las trajo de Adamuz. Ajustó la carga en el carro de un recovero a cambio de 10 docenas de zorzales.
Apenas sabía que 10 veces 100 hacen mil. Y siempre escuchó que la medida de la vara castellana que existe labrada en la piedra de una columna en Zafra es tan larga como la distancia que hay entre el dedo corazón y el hombro de un hombre adulto. Así pudo calcular que para marzo cultivaba unas tres fanegas de tierra áspera y en pendiente, pero fértil y fecunda debido a los miles de años de posío.
La ceniza de las quemas y los esquejes de vid y olivo preñaron la tierra. Agarraron. Brotaron. Como anunciaron las nieblas, llovió para Pentecostés. El pozo se llenó hasta el brocal, trazó el huerto y, en la vega, empezaron a pastar las tres vacas, que se habían venido a lo suyo para seguir haciendo hueco el monte. La cárdena parió una becerra. Compartió el calostro con el recental. Untó el blanco manjar en el pan con su aceite y se llevó a la garganta un trago de vino. En cierto modo, él también nacía allí aquel año. Respiró hondo y al instante intuyó que compartía saberes con quienes dedicaban su vida a convertir aquel paisaje en vergel.
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3
Título: La luna de octubre
Autor: Antonio Carmona Mercadé
Horacio abre la compuerta de la tenada donde treinta churras y veinte cabras esperan amontonadas en la oscuridad a una nueva jornada de pastoreo. Un silbido, y a su orden, un viejo mastín blanco se despereza estirando sus patas delanteras y lo acompaña en su parsimonioso caminar. Mientras, otro perro ovejero más pequeño y nervioso, repite afanosamente la ceremonia diaria de compactar al rebaño, siguiendo los mandamientos de su amo. Las ovejas lo temen porque saben que puede morderlas, si abandonan el grupo.
Cincuenta y siete años caminando por las cañadas de la Dehesa del Monasterio de la Sierra, desde que tenía once años. Con su soledad a cuestas. Capeando viento, lluvia, niebla y frío. Aunque hoy se siente un poco más triste. El otoño le recuerda que cada vez son menos los que quedan como él, criando ganado en un mundo que se ha vuelto loco.
Al llegar a la primera loma, se detiene a leer el cielo. Parece que va a llover. Baja la mirada, arranca un hinojo y continúa su parsimonioso andar, calculando que luego pasará por la botica del pueblo, a ver si encuentra algún remedio más eficaz que el ajo y el aceite de oliva para curar a un par de ovejas con pedero en sus pezuñas. Sigue la senda y al mediodía se detiene en un lugar del prado donde florecen multitud de arbustos, observado cómo se repite la misma escena de cada día. Allí mismo, controlándolas de una ojeada mientras pastan, un par de cabras con aires más distinguidos se colocan a dos patas para alcanzar a mordisquear unos escaramujos cuyos frutos, en sus copas, las vuelven locas. Esto le hace sonreír, y chasquea un sonido con los dientes, ahuyentándolas del festín con aspavientos, pues suelen empacharse con sus bayas. Todo es parte de la misma rutina. Bendita rutina. Hasta que llega al camino que conduce al puente del río. Allí algo le llama la atención. Ve a lo lejos un vehículo detenido al margen del sendero con las luces de alarma encendidas. Quizás no sea nada, pero se queda apoyado sobre su bastón viendo cómo alguien desciende del vehículo y comienza a apuntar al cielo con un objeto. Uno de esos móviles, sin duda. Es una muchacha que se pone a dar giros, orientando la antena, a modo de baile u ofrenda a los dioses, buscando cobertura.
—¡Hola! ¡hola, buen hombre!
La que se dirige corriendo hacia Horacio es Carmela, una joven de veintipocos años, de Burgos capital, ídolo de Instagram y Tik Tok, y con más de un millón de seguidores en las redes sociales, que, por aquellas cosas de la tecnología moderna, ha elegido el camino equivocado propuesto por el GPS de su Yaris eléctrico, agotando la batería mientras hacía un directo desde la campiña. Final de trayecto.
Horacio se mantiene en silencio mientras la chica gesticula sudorosa, sin soltar su iPhone.
—¿Sabe por un casual si queda lejos Aguamediano? —Verá, soy «influencer» y… ¿sabe lo que significa? Bueno, ya veo que no. —Pues me dedico a crear contenido para las redes sociales, ya sabe, videos, reportajes para internet y eso. Y eh…, creo que me he perdido y mi coche está sin batería.
Hace un mohín de corderillo y solo consigue que Horacio levante una ceja.
—Eso queda lejos, chiquilla. Aquí no hay nada en diez kilómetros a la redonda. Bueno, estamos yo, mis cabras, el mastín y el ovejero.
—¡Madre mía! ¡No me lo puedo creer! ¿Qué voy a hacer ahora? No voy a llegar a tiempo a la rave.
—¿Y eso que es?
—Es como una concentración de gente para bailar al ritmo de la música electrónica, al aire libre. Mucho ruido. Es fantástico.
—¿Algo así como un rebaño de gente?
—Esa es buena, viniendo de usted. Pues mire no está mal la comparación, pero a usted solo le siguen unas cuantas ovejas y cabras. Imagino que debe de echar de menos la compañía. En cambio, ya ve, a mí me siguen por las redes más de un millón. De personas, no de cabras.
—¿Y las conoce a todas? Porque mis cabras son reales, puedo tocarlas. Y me acompañan siempre. Cada una tiene su nombre. Mira, ahí se acerca la Serafina.
—Bu… bueno. No. No las conozco a todas, aunque sé que están ahí. Y siguen mis consejos. Pero no nos desviemos. ¿Cómo hago para buscar ayuda? Está cayendo la tarde y empieza a hacer frío.
En estas, Horacio vuelve a mirar al cielo. Ella espera respuestas y piensa lo atrasado que está ese pastor, y cuán solo debe sentirse con tanto animal, sin otro ser humano a su lado. Por otra parte, su olfato le transmite fuertes olores y sensaciones. No hace más que oler a lana y a mierda. Un creciente asco le va inundando la pituitaria, al detectar el olor putrefacto del pedero de una de las ovejas enfermas. De pronto, Horacio sentencia:
—«La luna de octubre siete lunas cubre; y si llueve, nueve”. Va a llover, chiquilla. Viene una tormenta.
—¡Qué voy a hacer, Dios mío!
—Puedes pasar la noche en la tenada, donde descansan mis ovejas. Tranquila. Yo estaré fuera. O eso, o caminas diez kilómetros. O te quedas ahí en tu coche. Pero te advierto que hay lobos.
—¡¿Lobos?! ¡No, no, no, no…! La tenada, prefiero la tenada.
—No te preocupes, hija. Quizás mañana, cuando amanezca, veas lo valioso que es el silencio. Esta noche podrás escucharlo.
Se ha cubierto de nubes el cielo y ha llegado la tormenta. Después, ha dejado paso a un cielo estrellado. Solo dos luces dominan la dehesa, la luz de la luna, y los faros de un pequeño Toyota. Carmela cae entonces en la cuenta de que toda su tecnología la ha dejado muda ante su mundo, el digital, donde ella es la pastora que ha perdido al rebaño, donde un millón de ausentes han hecho que comprenda que la única cosa que realmente importa es saber cuándo no decir nada.
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4
Título: Nena de brétema
Autor: Fernando Claudín di Fidio
El año del gran naufragio la mar se volvió vieja de golpe.
Iria tenía nueve años y el alma inquieta. Acudió junto a la madre al responso. La marea arrastró hasta ella un trozo de madera con una inscripción.
IRIS.
La Costa da Morte plantaba otro hito en su historia. 5 de noviembre, 1883. Iris de Hull, vapor de carga inglés, salido de Cardiff, destino a la India. 37 fallecidos.
Al poco tiempo el padre fue a por pulpo en su chalana y no regresó.
Iria arrastró el duelo por el acantilado.
Ella no iba a la escuela. Las letras eran cosa de niños. Las niñas contaban sardinas, amasaban pan, rezaban.
Cada tarde barría el aula. El maestro corregía exámenes, sin prestarle atención. Tenía permiso para estar presente, siempre que barriera y no preguntase.
Encontró un libro viejo, olvidado. Dentro había fechas, nombres de vientos, advertencias: “mar bravo. Nordés traidor. Mareas negras”.
El libro acabó en la mesilla de noche, junto al trozo de madera con el nombre del barco naufragado. Le enseñó el lenguaje de las palabras: a leerlas, a escribirlas. Nació su amor por los libros.
Un día las gaviotas volaron bajo. El cielo era una cúpula de plomo. Iria abrió el libro y lo conectó con las impresiones recogidas del cielo, la mar, los vientos. El presentimiento se volvió certeza.
Al caer la tarde fue a la cofradía de pescadores.
Dejó un mensaje bajo la puerta.
NON SAIADES MAÑÁ
O MAR NON VOLVE.
A la mañana siguiente la nota fue acogida con un coro de risas.
La tiraron a la basura.
El cura bendijo las dornas. Los hombres se hicieron a la mar.
A las pocas horas el aire cambió. La mar permaneció inmóvil durante un instante. Las nubes se descolgaron hasta los tejados. Las gaviotas huyeron.
El primer trueno partió el mundo. El viento entró a raudales por las calles. El cielo vomitó sus entrañas. El diluvio tronchó los árboles y borró los caminos.
La mar subía.
Al alba las casas chorreaban su terror nocturno. El suelo era un magma de barro, ramas y un perro muerto.
Las tejas habían sostenido el cielo para que la tormenta no aplastara la aldea.
Iria contuvo la respiración. Bajo el hórreo, una serpiente.
Faltaban dos barcas: Nova Iria, San Roque.
Fueron pronunciados los nombres, en voz baja, entre murmullos.
Manuel do Faro, Xacobo o Novo, Antón Freixa, Roi o Coxo, Tomasiño.
Las campanas evocaron los tañidos en memoria del Iris de Hull. Ahora los muertos no eran ingleses.
Iria fue señalada. En los corrillos del puerto la acusación corrió de boca en boca.
—A nena Iria xa o sabía.
Todos conocían la nota. Nadie recordaba las risas, de esos mismos pescadores, ahora en su atlántica sepultura.
El aviso salvador fue visto como señal de mal fario. No había que tentar la mar con palabras agoreras.
Se hizo el vacío a Iria. Cuchicheaban a su paso.
El maestro descargó en la niña su mirada de tojo seco.
—Non te quero ver máis na escola. Aquí non hai sitio para nenas que non saben cal é o seu lugar.
Iria no quería que la campana volviera a doblar a muerto. Odiaba ese tañido grave, lento. Se arrastraba en su cabeza como la serpiente que se le había aparecido bajo el hórreo.
Cuando el padre no regresó, la campana hizo tres toques. Por las mujeres hacía dos. Y por los niños, uno.
Las nuevas señales fueron claras.
El nordés, frío y seco, se cortó.
En la mar, olas grandes y espaciadas. “Se levanta en panza”, dijeron.
Aves huyendo al interior.
En el cielo, nubes bajas.
El sol y la luna ciñéndose un halo blanquecino.
Las cuerdas del tendedero, tensas y pringosas.
Le zumbaban los oídos. Presión en las sienes.
—Esta vez non vai morrer ninguén —dijo.
Nada de papeles que daban risa a los pescadores. ¡Muros!
Robó un cubo de cal usado para blanquear los muros del cementerio.
Pasó la noche escribiendo su palabra salvadora en la piel de la aldea.
QUEDAOS.
Brillaba como una luciérnaga bajo la luna.
Pedra Moura amaneció con su firma en la frente.
Hubo murmullos, ajetreos, discusiones. Los principales parlamentaron: el cura, el alcalde, el patrón mayor, el maestro.
—A nena de brétema ten razón —repetía Toñiño, el tonto del pueblo, señalando el aviso marcado con cal.
Se decidió no salir a faenar.
Unas horas después la tormenta estalló. No hubo muertos. Solo casas heridas y árboles vencidos.
Al día siguiente el maestro llamó a la niña.
—Fixeches ben, pero non escribas máis —le dijo—. Non convén que os homes crean que os manda unha nena.
Y le devolvió la escoba.
Las mujeres fueron en procesión a la playa. Iria, en cabeza. A su lado, Maruxa, la madre, orgullosa.
La niña se detuvo.
—O mar non levará máis a ninguén mentres saibamos lelo —dijo.
Escribió en la arena una palabra, en grandes caracteres.
SABEMOS.
Las mujeres hicieron un corro alrededor, agarradas de la mano.
Los pescadores adoptaron la costumbre de consultar a Iria antes de salir a faenar, si el tiempo amenazaba.
—Preguntarlle á nena de brétema —decían.
Y ella siempre acertaba en su previsión.
Tras la puesta de sol las mujeres entraron en la lonja y se sentaron en cajas de pescado. Iria levantó la tiza.
—Esta é a A —dijo.
Noche tras noche volvieron. Todas aprendían rápido, niñas, jóvenes y viejas, empezando por Maruxa.
Pasaron los años. Pedra Moura no era la aldea de antaño. Las mujeres discutían los precios, corregían, discrepaban, ofrecían soluciones. Y firmaban cartas, herencias, contratos de trabajo, reclamas, manifiestos, libros.
A historia da nena de brétema sobrevivió a sus protagonistas, contada en la lonja, en la cofradía, en el muelle, en el patio de la escuela, en la biblioteca.
Cada vez que los habitantes de aquella humilde aldea de la Costa da Morte la relataban, una neblina misteriosa parecía palpitar en el horizonte.
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5
Título: Cada quien habita la forma que puede
Autor: Yhonais Lemus
Aquí estoy, mirando el humor del cielo. El día y sus sonidos se van acomodando poco a poco; primero se oye un canto, después otro, y al rato empiezan a aparecer los pájaros, uno por aquí, otro por allá, en los balcones. Escucho a las guacharacas y a los pericos verdes. Los zamuros, que pasan altos, casi sin hacerse notar, abren las alas para que el sol les entre. A mí siempre me han parecido tranquilos, hasta nobles; nunca he entendido eso de llamarlos «aves de mal agüero». De vez en cuando se oye un gavilán habado; un silbido agudo y sostenido que cruza el viento como una advertencia breve. A veces pienso que se trata de una hembra que le reclama algo al mundo para sus polluelos. Ideas tontas.
Desde aquí veo a la vecina del frente. Apenas abre el ventanal, se distinguen mejor la silla y la jaula con el canario, colgada a un lado. La vieja es casi transparente; se mueve despacio, como si ya tuviera un pie en el cementerio. Hace tiempo que no veo a las hijas. El pajarito salta de un palito a otro con una energía que parece suficiente para sostener su mundo. Canta afinado, parejito, como si no hiciera falta nada más que ese cuadrito de aire para que la vida funcione. Y a mí me da una melancolía que me afloja las piernas.
A eso de las cinco de la tarde llegan las guacamayas. Cruzan entre los edificios con una seguridad que descoloca. Son escandalosas, de un colorido que en cualquier otra parte parecería excesivo, pero que acá encuentra su sitio. A veces me da pena verlas empapadas después de un aguacero, acomodándose debajo del toldo. Cuando pasan en pareja, se parecen a unos dragones tropicales.
Casi todos los días le pongo una ponchera con lechosa y melón. Escucho el alboroto; se aferran a los barrotes del balcón con esa fuerza salvaje que conservan. A la más resuelta la llamo La Capitana. Siempre llega primero, con una seguridad que desafía y enseguida hunde el pico en la fruta. La otra, La Timorata, prefiere quedarse un poco más arriba, pendiente de todo. Cuando por fin baja, toma el trozo con el pico y se ayuda con la pata. Entre las dos se entienden bien: se turnan, se interrumpen, y siguen comiendo.
Dicen que no conviene darles comida, que eso les altera, pero yo no veo gran diferencia. Si tengo para compartir, comparto. Comen y después se van igual que llegaron; en eso hay una paz extraña. Su visita no deja deuda, no exige continuidad, ni arrastra esa pesadez humana de prometer un después.
Hay pájaros que se quedan juntos toda la vida, como las guacamayas, los cisnes o los pingüinos, y en ellos el vínculo parece una forma de orientación, una manera de atravesar el tiempo sin extraviarse. Hay otros, como el gallo, que establece un pequeño harén; otra distribución de la cercanía. Uno mira esas formas y reconoce algo: nuestra especie hace de la relación un modo de resolver la intemperie. Tal vez en eso se nos va la vida: en encontrar a alguien a quien arrimarle el alma, y aun así hay un punto que no se deja acompañar, una parte de la soledad que el amor no alcanza.
A veces me cruzo con la vecina del 3A en el pasillo, siempre con el pelo bien armado y la voz chillona, y se me viene la imagen de una cacatúa. Lo sé, es una comparación facilona, pero precisa. Cuando se junta con la del 5B, entre las dos arman una algarabía. Van juntas a yoga y también las he visto, desde aquí, en la cancha, metidas de lleno en la bailoterapia, como si en ese empeño les fuera una última defensa contra el tiempo. Me han invitado varias veces, pero este oficio mío de quedarme quieta me da un placer más hondo.
Hay personas que con la edad harían bien en recogerse un poco. Con los años, una esperaría cierta compostura, una forma más sobria de ocupar el mundo, fuera de la necesidad de exhibirse. Pero el tiempo no vuelve a nadie más sabio; a lo sumo, le da la capacidad de ver, «de darse cuenta». Y a veces ni eso.
Yo soy otra cosa. Me pienso más como una águila arpía; firme. La hembra es más grande y domina, se instala en lo alto, en la copa, desde donde sostiene la mirada. Hay en ella una relación precisa con la fuerza, proporción exacta y garras amplias para de un tiro tomar la presa. Esa forma de estar me resulta cercana. Permanecer arriba, e intervenir sólo cuando algo lo exige.
Hace unos días vi un documental del sastrecillo, ese pajarito que cose hojas para hacerse el nido. Dobla la hoja, la perfora con el pico, pasa ramita como si fuera hilo, ajusta, tensa, arma una especie de bolsa donde después entra. Una también arma su propio nido, sus propias estructuras, sus maneras.
Miro a las guacamayas recogerse con el ocaso y pienso en dónde duermen, en esas palmeras medio podridas. El café está frío, trato de poner cada cosa en su lugar. Y aun así, cada vez que oigo el canto, algo se me aprieta. Hay una injusticia ahí. A veces me cruza un pensamiento incómodo, casi vergonzoso: que la vieja se muera y alguien abra la jaula. Enseguida aparece otra idea que me corrige: ese pobre bichito ya no sabría qué hacer con la libertad.
Pienso que la jaula no siempre está afuera. Una se acostumbra, hace rutina, le pone nombre de carácter. Leo: “una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo”, y la frase me queda dando vueltas. La vieja sale al balcón y tapa al canario con una manta. Cada quien habita la forma que puede sostener.
El cielo pierde el rosa tornasolado y ese espacio, ya negro, también es mío, porque lo veo.
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6
Título: Adela, estás muerta
Autor: Miguel Herazo Miranda
Adela, creo que estás muerta —me digo—, pero tranquila, Adela, tú tranquila. ¿Me habré vuelto idiota y no pienso más que sandeces? Nunca he sido dada al sensacionalismo, pero contemplar mi cadáver me produce un desasosiego inquietante.
Mis recuerdos se detienen en el coche rojo que se me echó encima al salir del supermercado, justo cuando la bolsa de naranjas se rompió y estas comenzaron a rodar calle abajo. Intento recomponer lo que pasó después, pero no hay nada: solo el rojo acercándose, cada vez más rojo, hasta ocuparlo todo.
Un momento. Creo que ese es mi marido. ¿Qué demonios hace Ramiro aquí hablando con ella? Esa sonrisa no es de cortesía. Adela, no te sulfures.
Estoy dividida en dos: el cuerpo dentro de esa caja de madera, maquillado para disimular el color de la muerte; y algo que flota, sin saber muy bien qué hacer con su nueva condición, como una araña que observa desde la esquina, junto a las flores del hospital.
¿Pero qué hago aquí? La pregunta golpea sin respuesta. Todo tendrá explicación, me digo, aunque no sirva de nada.
Mis celos se concentran en Ramiro. Qué canalla. Aún no me han enterrado y ya coquetea con la vecina, la divorciada del segundo. Menos mal que ella tiene más decoro que él y lo deja plantado.
Mis primos, en cambio, comen como si esto fuera un descanso. Siempre fueron unos impresentables. Sus hijos han heredado el mal gusto.
Me pica el abdomen. Serán los pelillos. Hasta que me acostumbre a esto lo voy a pasar mal. Menos mal que nunca me desagradaron las arañas. Si me reencarno en oruga, me vuelvo a morir.
Siento una presencia.
Un mosquito revolotea frente al cristal.
—¿Tú también estás buscando mejor karma? —dice con una vocecilla aguda—. Dicen que las buenas acciones equilibran lo demás.
No quiero paz. Ya tuve suficiente en vida. Ahora quiero sentir lo que no pude.
—Voy a quedarme un rato —añade—. Soy tu vecino de sala. Accidente de coche.
—¿Qué coche?
El mosquito duda.
—Uno rojo. Venía distraído con el móvil. Me desvié… me estampé contra una farola. Después de eso, nada.
Algo encaja con violencia.
El rojo.
El mismo rojo.
El mosquito se acerca al cristal, inquieto.
—No quería hacerlo. Fue un segundo. Todo pasa en un segundo.
Lo observo sin parpadear.
En la sala, la gente sigue entrando y saliendo. Ramiro ahora habla con mi hermana. Ella sí me va a echar de menos. Era la única que me escuchaba de verdad.
El mosquito insiste:
—No fue intencional. Ya he pagado lo suficiente.
No digo nada.
Solo observo.
Porque ahora entiendo.
Mi vida no fue interrumpida por la muerte.
Fue interrumpida por un descuido.
Y los descuidos también tienen nombre.
Empiezo a tejer.
La tela se abre en el aire como una idea antigua. El mosquito no entiende todavía. Sigue revoloteando, demasiado confiado en la fragilidad de los vidrios.
Una polilla cae sin ceremonia en la red.
La sala se mueve como si fuera un teatro apagándose. Mi hermana llora. Ramiro no sabe dónde mirar.
Alguien abre la puerta.
Vienen a por mí.
Bueno… a por lo que queda.
El mosquito roza la tela sin verla.
Y entonces lo dejo caer.
La luz entra por última vez.
Me muevo hacia el filo de mi nuevo cuerpo, ligera, exacta, inevitable.
Adela, estás muerta.
Y por primera vez, no tengo prisa por demostrar lo contrario.
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7
Título: Lo que el río guarda
Autor: Silvia Teresa Robles Barragán
El río no hacía preguntas, y por eso él volvía cada tarde. Se despojaba de la camisa y de la urgencia, entregando a las aguas frías un cuerpo que ya empezaba a pesarle a la tierra. Por unos minutos, el dolor de sus huesos cedía ante la corriente; era un pacto de silencio: el río se llevaba el cansancio y le devolvía el anonimato. Fue allí, en el lecho de guijarros, donde la vio: una luz azulada, mínima, latiendo entre las piedras como un error de la naturaleza. Era una planta pequeña, una anomalía. Pero al rozarla, el milagro se hizo carne. El dolor de sus manos no desapareció, pero retrocedió lo suficiente para permitirle un respiro que la vida le negaba hacía años.
Regresó al día siguiente, y al otro. La planta seguía allí, dictando un ritmo que él no alcanzaba a comprender. Intentó domesticarla: arrancó brotes, molió raíces, secó hojas bajo un sol inclemente. Pero cada experimento apagaba la luz y, con ella, el alivio. Entendió entonces que la planta no respondía a la fuerza, sino a una extraña sintonía. Un mediodía, mientras habitaba la orilla sin buscar nada, dejando que el sol le calentara la piel y que el aire le llenara los pulmones, la planta brilló con una intensidad desconocida. Azul, viva, absoluta. Comprendió que la luz no era un atributo del tallo, sino una respuesta a su propia quietud.
Desde aquel instante, su mirada cambió. Aprendió que la naturaleza no entrega sus secretos al que corre, sino al que aguarda. La luz aparecía en los instantes simples: tras la sed, en el reposo justo, en el silencio que no busca ser llenado. Pero el dolor de los demás no sabía de pausas. La gente empezó a bajar de la montaña exigiendo una cura que él no podía explicar. Tocaban su puerta con fiebres y heridas, reclamando el milagro como si fuera un derecho. Él no podía entregarles el atardecer ni la calma del cauce. Necesitaba que la luz fuera constante, predecible, útil. Una herramienta.
Dedicó años a mecanizar el proceso. Aprendió a reproducir la cadencia de la corriente en frascos de vidrio, a controlar su pulso para engañar a la planta, forzándola a brillar fuera de su santuario. Se volvió preciso, metódico, eficaz. Cultivó la luz en estanterías oscuras, lejos del río. La curación se volvió un proceso técnico y el pueblo empezó a depender de su disciplina. Él, sin embargo, dejó de mirar el cielo. Comía sin notar el sabor y dormía con la rigidez de quien vigila un motor que no debe detenerse. El río se convirtió en una nostalgia innecesaria; ahora él era el dueño de la corriente.
Una tarde, sintiendo el peso de los años en la nuca, tomó uno de sus frascos perfectos y caminó hasta la orilla. El río seguía allí, indiferente y eterno, fluyendo con la misma soberbia con la que lo hacía cuando él era joven. Se inclinó sobre el agua y el reflejo le devolvió un desconocido: un hombre de piel vencida y ojos nublados por el cansancio de haber querido controlarlo todo. Miró la planta azul que brillaba en el frasco, prisionera de su propia perfección, y la verdad lo golpeó con la frialdad del agua: nunca había sido la planta.
La luz azul no era medicina, sino el eco de un hombre que alguna vez supo detenerse. Al domesticarla, la había salvado para los demás, pero la había matado para sí mismo. Convirtió un momento de gracia en una jornada de trabajo. Se sentó en la orilla, hundió los pies en el barro y, por primera vez en décadas, soltó el frasco. Lo vio alejarse, una pequeña estrella azul navegando hacia el olvido, mientras él se quedaba allí, vacío y en paz, entendiendo que la mayor inteligencia natural no es la que domina el misterio, sino la que sabe cuándo devolvérselo al río.
Se quedó inmóvil hasta que anocheció. No había ciencia. Solo el agua, el frío regresando a sus huesos y el silencio de quien, al fin, ha dejado de pelear contra la corriente.
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8
Título: Lo que saben los vientos
Autor: Milagros Moisés González Alba
El Levante no llega. El Levante irrumpe.
Lo hace esta tarde igual que lo hizo hace dos mil años, igual que lo hará cuando ya no quede nadie en este faro para contarlo. Arena del Sáhara en los dientes, sal en los ojos, el olor de algo muy antiguo y muy impaciente. Me agarro a la barandilla. Abajo, la playa de Los Caños se dobla hacia el norte como un brazo que no termina de soltarse de la tierra.
El Poniente lo espera. Siempre lo espera. Es viejo y atlántico y tiene la paciencia de quien sabe que los ríos no discuten con las piedras: simplemente las desgastan.
—Las máquinas lo calculan todo —dice el Levante, y su voz suena a cristal roto sobre roca—. ¿Para qué sirve ya leer el viento?
El Poniente mueve el agua despacio. Cuando el Poniente mueve el agua despacio, es que está eligiendo las palabras.
—¿Todo? —dice al fin.
—Todo lo que importa.
Yo no me muevo. Llevo treinta años aquí aprendiendo que hay conversaciones que no debes interrumpir.
Esta luz de Trafalgar no se parece a ninguna otra. Tiene un ángulo antiguo, un color que no existe en ningún catálogo, que tiñe la piedra blanca del faro de un oro tan denso que parece una advertencia. Esta mañana, Jacinto ha salido al muelle del puerto de Barbate, ha mirado el horizonte durante el tiempo exacto que tarda un hombre en saber lo que necesita saber, y ha vuelto a entrar al bar sin desatar la barca.
Sin mirar el móvil. Sin consultar nada.
Cuarenta años de Estrecho caben en ese gesto.
—¿Y esta tarde? —pregunta el Poniente, casi sin interés—. ¿Qué dicen las máquinas que va a pasar?
El Levante no responde.
El salitre me quema los labios.
—Lo que dicen —dice el Levante, más bajo— es que yo gano esta tarde.
—¿Y tú qué dices?
Una pausa larga. El tipo de pausa que solo existe aquí, entre estos dos vientos, cuando ninguno está seguro de nada.
—Yo digo que no lo sé.
El Poniente hace algo que pocas veces he visto en treinta años de faro.
Se ríe.
No con triunfo. Con algo más hondo. Con la risa de quien lleva siglos sabiendo algo que el otro todavía no ha terminado de entender.
—Exactamente —dice—. Tú tampoco lo sabes. Yo tampoco. Y mientras ninguno de los dos lo sepa, ninguna máquina lo sabrá antes que nosotros.
El Levante se marcha sin despedirse. Nunca se despide. Deja arena en cada grieta, en cada pliegue de la ropa, en los labios: su manera de decir que la conversación no ha terminado sino aplazada.
El Poniente se queda un rato más, moviendo el agua con esa lentitud suya que parece pereza y es otra cosa: la certeza de quien sabe que nadie, nunca, ha conseguido adelantarse a él del todo.
Bajo del faro cuando ya han cerrado las primeras ventanas de Vejer.
En el puerto, la barca de Jacinto sigue amarrada.
El parte del móvil todavía da Levante limpio hasta medianoche.
Él lo apaga sin volver a mirarlo.
Aquí el aire llega antes que los datos.
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9
Título: La raíz y el engranaje
Autor: José Luis Piqueras
El mundo era entonces una herida abierta de barro y acero. Un mapa que se deshacía entre los dedos de quienes pretendían poseerlo. En la Costa de la Muerte, donde el Atlántico brama con la furia de un dios ciego, la marea de abril traía algo más que sargazos y maderas de naufragio: traía el aroma del miedo humano disfrazado de progreso.
Allí, entre los acantilados que muerden el cielo, Mencía caminaba con el paso rítmico de quien ha medido la tierra con el dolor de sus huesos y la soberanía de su voluntad.
Había un olor persistente, un perfume denso que lo invadía todo: yodo oxidado, resina de pinos castigados por el salitre, tierra húmeda tras la tormenta. Mencía se detuvo ante la orilla. Sus ojos, dos guijarros pulidos por setenta inviernos, observaban el horizonte con una lucidez que a nadie servía de consuelo.
A su lado, el joven oficial del Cuerpo de Ingenieros, llegado desde la capital con sus teodolitos de bronce, intentaba medir lo incalculable.
Representaba una fe nueva: la huida hacia adelante de una humanidad que, aterrada por su propia soledad, buscaba refugio en el automatismo.
—La máquina de vapor para el faro llegará en mayo —dijo. El viento se llevó parte de sus palabras—. Los cálculos son perfectos. Hemos cartografiado cada saliente. La naturaleza ya no es un misterio; es una ecuación resuelta.
Mencía no lo miró. Se agachó, recogió un trozo de ámbar gris y lo llevó a la nariz. Olía a profundidad marina, a algo muy viejo que el mar había estado guardando.
—Tus mapas son papel —dijo—. Tu hierro no
escucha. Y buscas en las máquinas una libertad que te da miedo encontrar en otra parte.
El joven no respondió. Pensó, sin saber muy bien por qué, en su padre, que había muerto sin terminar de medir el mundo.
Mencía sentía bajo sus pies una vibración tenue, un pulso que el ingeniero no percibía a través de sus botas. Venía de una continuidad larga: gente que amasó pan y parió hijos y enterró a sus muertos en esa misma tierra pedregosa. No huía de la libertad; llevaba demasiados años dentro de ella como para seguir dándole vueltas.
El aire se volvió pesado. La electricidad erizó la piel. El cielo tomó el color de un hematoma. Los pájaros desaparecieron entre las grietas de la roca.
Mencía cerró los ojos.
—Vete a la torre —dijo—. La tierra se está preparando para gritar.
—El barómetro marca estabilidad —replicó él, aferrándose a su esfera de cristal—. Es solo una racha térmica. Los datos no mienten.
—Los datos llegan tarde.
Diez minutos después, la atmósfera se rasgó.
No fue una tormenta. Fue un colapso.
El viento se volvió materia. El mar, un muro. El trípode del ingeniero desapareció arrastrado como si no hubiera existido nunca. Él quedó inmóvil, con las manos abiertas y vacías, sin saber hacia dónde correr.
Fue Mencía quien lo agarró del brazo
Su mano, pequeña y dura como una raíz, tiró de él. No hacia la torre de piedra —erigida para dominar la costa—, sino hacia una cueva, una hendidura en la roca.
Allí, bajo la piedra milenaria, encendió una lámpara de aceite. El olor era áspero, antiguo.
El joven temblaba. Tenía frío y no sabía dónde habían quedado sus certezas.
—¿Cómo lo ha sabido? —preguntó.
Mencía tardó un momento.
—Llevo aquí más años que tú de vida. Y nunca me puse a mirar la tormenta desde fuera: me quedé quieta y la dejé pasar por dentro.
Señaló la entrada de la cueva, donde el mundo se deshacía en ruido y espuma.
El muchacho bajó la vista. Por primera vez, no buscó una medida.
Mencía observó sus propias manos. Manos que habían hecho muchas cosas y que seguirían haciéndolas. Eso no era exactamente libertad, pero sí algo a lo que ella nunca había tenido que ponerle nombre.
Cuando la tormenta amainó, el aire quedó limpio, casi extraño. Afuera, los restos del orden anterior se mezclaban con algas, madera y metal.
El ingeniero salió. No reconocía el lugar. Ni el modo en que lo miraba.
Mencía permanecía sentada sobre una piedra, contemplando cómo la luz regresaba al mar.
Mencía se levantó y caminó hacia su choza.
No hubo despedida. El mar seguía.
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10
Título: Polytropos
Autor: María de la Torre Regidor
Piensa, Odiseo. La cueva ha sido sellada y el cíclope ha salido. Este es el momento de idear un plan. No escuches los lamentos de los hombres que no han sido devorados: céntrate en cómo salvarlos. Tú, que hiciste caer la ciudad de Ilión gracias a tus engaños tras diez largos años de combate, eres más que capaz de encontrar la solución al dilema. Pues no fueron Aquiles o Áyax el Grande los que pusieron fin al conflicto: fuiste tú. Esos héroes ganaron batallas, mas sólo tú ganaste la guerra. Piensa, Laertíada. Ellos ya no volverán a sus hogares, pero tú aún tienes una oportunidad. Sólo tienes que salir de la cueva. Allá en la playa tu barco te espera. El resto de tus hombres te aguarda con el botín obtenido de Troya. Con él regresarás a Ítaca, con el oro y las historias.
Mira la roca que bloquea la salida. ¿Acaso puedes moverla? No, tus brazos son débiles y tus fuerzas insuficientes. Prueba con ayuda de tus compañeros. ¿Tampoco? Era previsible. Polifemo es un gigante mientras que vosotros sois sólo hombres. Sin embargo, tampoco podías deshacerte de las murallas que protegían Ilión. Las defensas creadas por los dioses no son fáciles de derribar y los troyanos no pensaban ponéroslo fácil. Héroe, sólo tú sabes cuánto odiabas esa muralla. Durante diez años fue lo primero que tus ojos veían al despertar y lo último que contemplaban antes de que cayera el sol. Deseabas derribarla y arrasar con todo lo que ella guardaba. Reducirlo a cenizas y que se las llevase el viento muy lejos de ti. Sin embargo, eres mortal. Hay cosas que están fuera de tu alcance. Acepta tus límites, te ayudará a no obcecarte y así podrás examinar otras posibilidades. Los aqueos no ibais a traspasar las murallas de Troya, pero los habitantes de la ciudad entraban y salían. ¿Y si os metieran ellos? ¿Y si fueran vuestros enemigos quienes hicieran el trabajo por vosotros?
Ya regresa el cíclope, ya está de vuelta Polifemo con su rebaño. Él aparta la roca sin esfuerzo, para él no es más que abrir la puerta de su casa. ¿Acaso sabes ya cómo salir, Odiseo? Esta vez no tienes un caballo, mas llevas vino contigo. La voz del gigante suena rasposa, se ha alimentado de tus hombres, ha estado pastoreando todo el día y no ha saciado su sed. Sentirá la lengua áspera, como de lija. La bebida de
Dioniso podría aliviar su malestar.
En efecto, Polifemo bebe con ansia. El tuyo es un vino delicado, muy diferente del burdo producto de los frutos de las vides de los gigantes de un solo ojo. Le sabe a néctar y quiere más. Apura una vasija tras otra y te está agradecido: quiere saber tu nombre. Serás el último al que devore. ¿Cómo te llamas, Odiseo? ¿Cuál es el nombre con el que se te conoce, aquel que te otorgaron Anticlea y Laertes al nacer?
Nadie. El nombre es Nadie.
Muchas gracias, Nadie. Nunca te olvidaré.
Morfeo cierra el ojo de Polifemo. Que tenga dulces sueños, llenos de ovejas y carne humana. A partir de ahora, el mundo onírico será lo único que pueda contemplar, pues con una estaca atraviesas su globo ocular ayudado por tus compañeros.
El dolor vence al sueño. Un grito desgarra la noche y los demás cíclopes salen de sus grutas para ver qué le sucede a su compañero.
Polifemo, Polifemo, ¿qué sucede? Tus gritos nos han despertado.
Nadie me ha cegado. Nadie me mata con engaños.
Si nadie te ha hecho nada, no hay nada que hacer. Uno no puede luchar contra los designios de los dioses. Ahora calla y permítenos continuar descansando. Ya falta menos para que Eos la aurora asome sus dedos rosados por el firmamento.
Ay, Odiseo. Apenas puedes contener la risa al escuchar la conversación de los gigantes, pero debes permanecer en silencio. Está ciego, ni muerto ni sordo. El oído aún lo puede conducir hasta ti. Pégate contra la pared y no hagas ruido. La mañana llega, lo anuncian los pájaros de fuera. Polifemo pese a estar cegado y dolorido no puede desatender sus obligaciones. A tientas quita la puerta de la entrada y deja salir al rebaño.
Odiseo, agárrate al vellón de ese carnero. Si te sujetas de la lana de la barriga, aunque el gigante acaricie al animal no notará tu presencia. Insta a tus hombres a hacer lo mismo y salid de ahí: Ítaca ya queda cerca.
Corre, Odiseo. Has dejado atrás a Polifemo; el barco está justo delante. Sube a bordo y aléjate de ahí. Lo peor ya ha pasado, ahora puedes centrarte en volver a casa.
¿Qué haces, Odiseo? ¿Por qué te asomas por la borda? ¿Por qué gritas?
No fue Nadie quien te hirió, fue Odiseo, hijo de Laertes, rey de Ítaca, destructor de Troya.
Polifemo ruge y lanza un peñasco en tu dirección. El mar se agita, tu nave se tambalea. Tus hombres te tapan la boca, Odiseo. Pero ya es tarde y el daño está hecho. La maldición del cíclope te perseguirá, no te librarás de la ira de su padre, el Gobernante de los Mares y
Agitador de la Tierra.
Ay, Laertíada. Los aedos narrarán tus gestas por siglos pero no llegarás a Ítaca hasta dentro de diez años. ¿Vale la pena, Odiseo?
¿Volverías a hacerlo sabiendo el precio que habrás de pagar?
Sí. Una y mil veces. Tú mejor que nadie sabes que el anonimato es insatisfactorio; todo gran artista desea ser admirado por su obra.


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