Hijo de la comunidad helénica dispersa por la faz de la Tierra, el poeta griego Constantino Cavafis vino al mundo en Alejandría un día como el de hoy: el 29 de abril de 1863. Y murió allí, en la misma ciudad y en el mismo día, 70 años después. Si las existencias circulares significan algo, a este respecto el poeta de los deseos —los satisfechos y los que pasaron sin cumplirse— y de la Historia —la de los héroes en la noche que precede a la batalla que inexorablemente han de perder— tiene mucho, pero que mucho que decir.
Con una ironía tan sutil como su nostalgia, aseguraba que la ubicación de su domicilio era la perfecta: abajo tenía esa carne que es la perdición del alma —vivía encima de un burdel—, enfrente se alzaba una iglesia para reconfortar el espíritu, y no muy lejos rondaba la muerte en el hospital donde la existencia de tantos vecinos de la ciudad tocaba a su fin.
Perfeccionista hasta la obsesión, el singular poeta que hoy celebramos con motivo de su vida y de su muerte nunca escribió por esa vanagloria que da el ser leído por los demás, que es el origen de tantas vocaciones literarias. A Cavafis solo le interesaba esa capilla de iniciados en aquello que Luis Cernuda llamó los placeres prohibidos. Su pulsión era homoerótica, pero sus alusiones al deseo son universales, es decir: en poemas como Una noche (1915) se alzan por encima de la inclinación sexual de cada uno:
“Y allí, en aquella cama vil, plebeya,
obtuve el cuerpo del amor, obtuve
los voluptuosos, rojos, ebrios labios,
tan rojos y tan ebrios que hoy incluso,
cuando escribo después de tantos años,
solo en mi casa, vuelven a embriagarme”.
Así las cosas, de los innumerables poemas que compuso solo consideró dignos de llevarse al panteón de la literatura del siglo XX —al que también ascendió aquel otro 29 de abril que fue el último de sus días— los 150 que integran el llamado “canon”. Veinticinco de ellos, entre 1958 y 1959, conocieron una traducción al español memorable, original de Juan Ferraté. Editados, ya en 1971, por Lumen, vieron la luz —ilustrados con fotografías de Dick Frisell— dentro de su también memorable colección Palabra e Imagen. Y fue en aquella edición donde no pocos lectores españoles, para los que el poeta de la existencia circular nunca escribió, supimos que Ítaca (1911), acaso su poema más famoso, es un canto a la vida como viaje. Unos versos que nos enseñan que el destino —la isla— no es lo importante, lo que cuenta es la sabiduría y las experiencias adquiridas en el trayecto:
“Vota porque sea larga la jornada.
Que abunden, las mañanas de verano
cuando (¡con qué delicia, qué alegría!)
entrarás en un puerto nunca visto;
detente donde venden los fenicios
y cómprales las bellas mercancías,
nácares y corales, ámbar y ébano,
toda clase de esencias voluptuosas,
perfumes voluptuosos, sobre todo”…
Antes de comprender que su razón de ser es la resolución de los problemas que ella misma ha creado previamente, aquellos primeros lectores españoles de C. P. Cavafis —que escribía el nombre del griego de la diáspora Juan Ferraté— supieron que la política es la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano en la lectura de Termópilas (anterior a 1911):
“Honor a los que han puesto una frontera
a su vida y que guardan las Termópilas.
No escapan nunca a su deber; son justos
y ecuánimes en todas sus acciones,
pero además sensibles, compasivos”…
Y siempre atento a la antigüedad clásica, para focalizar desde ella su propio tiempo, tras remitirnos a las Guerras Médicas, a la batalla de las Termópilas (480 a. C.), Cavafis viene a hablarnos de Efialtes en alusión a ese traidor que como en aquel desfiladero, tiene que medrar en la escena política de cualquier lugar:
“Y un honor aún más alto se merecen
cuando notan (hay muchos que lo notan)
que tiene Efialtes que acabar saliendo
y que los medos pasarán, al fin.”
Si esa existencia circular de C. P. Cavafis —que escribió el nombre del griego de la diáspora Juan Ferraté— hubiera sido como esa estela que dejan en la superficie las piedras que caen al fondo de unas aguas tranquilas, sería fácil imaginar el rastro del nativo de aquella ciudad en la Alejandría del cuarteto de Lawrence Durrell: Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958), Clea (1960). Con las mismas, podría decirse que su empleo como funcionario puede compararse con el del portugués Fernando Pessoa como administrativo. Ambos fueron hombres de vida discreta. Gris desde el punto de vista cotidiano. Muy por el contrario, su grandeza literaria es inmensa. Al final de sus rutinas, al portugués y al griego de la diáspora les aguardaba el panteón literario del siglo XX. Cavafis alumbra nuestros días como la Antigüedad Clásica le iluminó a él.


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