A Robert Walser suele evocársele en su último paseo, en la Navidad de 1956, a unos metros del manicomio de Herisau (Suiza), donde estaba recluso. “Catatónico perdido” le habían diagnosticado. Fue allí donde las manecillas del reloj dieron su hora: encontraron su cuerpo, ya sin vida, yaciente sobre la nieve. Pero, pese a lo literario que es ese momento último, parece más procedente, más en consonancia con el espíritu de su obra, celebrarle un día como el de hoy, el 15 de abril de 1878, cuando vino al mundo en Biel, en el cantón de Berna. Y es que este autor, de culto entre otros escritores, antes que favorito del común de los lectores, hizo de la grandeza de lo pequeño su primera materia literaria. La construcción paulatina, el camino hacia arriba, del menos a más, fue el procedimiento de su escritura. Cuando nació era uno de tantos otros, pero estaba llamado a ser uno de los observadores más lúcidos de su tiempo. En consonancia con la mecánica de su obra, podemos y debemos evocar a Walser cuando su vida estaba en el principio.
Por eso precisamente, por esa huida deliberada del aumento, Walser hubiera hecho feliz a aquellos farsantes que acusan de la hipérbole de su dialéctica a quienes critican su gobierno. Por eso precisamente, la humanidad vivió uno de sus momentos estelares un día como el que nos ocupa. Porque, hace 148 años, nació el séptimo hijo de ocho hermanos: un autor de miniaturas. Antepenúltimo de la prole de un encuadernador de Biel que regentaba una papelería en compañía de su señora, cuando el negocio fue a menos en el hogar paterno empezaron a llegarles las cosas mal dadas. A priori, el futuro escritor vino al mundo para ser todo un mediocre, no obstante lo cual, sin aludir nunca a grandes asuntos, habría de ser admirado por algunos de los escritores en lengua alemana más ilustres de su tiempo.
Aprendiz de banquero, como tantos suizos, actor frustrado, como tantos jóvenes, todo en Walser fueron esas derrotas tras las que aguarda la victoria. Las grandes novelas —Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908), Jakob von Gunten (1909)— conocieron sus ediciones príncipe en el Berlín anterior a la Gran Guerra. Rainer Maria Rilke, Herman Hesse o Franz Kafka cuentan entre sus más encendidos admiradores.
Pero su forma de ver el mundo tenía su máxima expresión en los “microgramas”, apenas billetes en papelitos escritos a lápiz que luego pasaba a pluma. La micrografía es posterior. Puede que ya la cultivase antes. Pero los expertos la localizan en torno al año 23 o 24, escrita principalmente en Berna, agobiado por la violencia de la ciudad: “Pasé, pues, por un período de decaimiento que, por así decir, se reflejaba en la escritura a mano, en la disolución de la misma, y fue copiando lo que había escrito a lápiz cuando, como un niño, aprendí de nuevo a escribir”.
Y tras Berna, la casa de salud. En la primera, Waldau, se recluyó voluntariamente, tras padecer alucinaciones acústicas: probablemente escuchó las clásicas voces. Mas fue como obedeciendo a una tradición familiar: dos de sus hermanos sufrieron distintas demencias. Pero Walser nunca fue uno de esos perseguidos por la locura de los que nos habla el uruguayo Horacio Quiroga en sus cuentos. En el suizo, hasta la locura fue apacible. Casi podría asegurarse que, para el italiano Franco Basaglia, la de Walser hubiera sido tan solo una sensibilidad disidente. Pero cuando el neonato de un día como el de hoy, 78 años después, tras su deceso, fue encontrado sin vida en la nieve, aún faltaban un par de décadas para que a la psiquiatría alternativa, impulsada por Basaglia, le llegase su tiempo.
Walser, a las librerías españolas, también llegó tarde y de forma gradual. Casi cincuenta años después de aquel óbito en la nieve. Ciertamente, en los felices 80, Alfaguara y Pretextos ya le dieron a conocer entre los lectores españoles. Los más duchos en las páginas escritas en la lengua de Goethe aún le daban vueltas a la obra de Robert Musil cuando, en las capillitas de escritores empezó a hablarse de El paseo y todos los textos del suizo dados a la estampa por Siruela empezaron a leer con fruición entre los cultos. Enrique Vila-Matas celebró a Robert Walser en Bartleby y compañía (2000), El mal de Montano (2002) y Doctor Pasavento (2005). Y, ya en 2007, la Casa Encendida de Madrid dedicó tres jornadas al escritor suizo bajo el lema de La nieve que arde. Menchu Gutiérrez, otra de las grandes valedoras de Walser en el panorama editorial español, fue la coordinadora del seminario. Vicente Molina Foix y el propio Vila-Matas contaron entre los ponentes. “Hace un calor que promete extraños misterios”, escribió el neonato de hoy en Jakob von Gunten.


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