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Saber más rápido, entender menos: una defensa lenta del libro en la era digital

Saber más rápido, entender menos: una defensa lenta del libro en la era digital

Hay un gesto que se ha vuelto tan natural que ya casi no lo advertimos. Coger el móvil, deslizar el pulgar, formular una pregunta cualquiera y obtener, en cuestión de segundos, una respuesta verosímil. La operación es tan eficiente que, a fuerza de repetirla, hemos dejado de preguntarnos qué clase de saber estamos ganando y qué clase de saber estamos perdiendo. Vivir en una era digital significa, entre otras cosas, haber sustituido el trabajoso hábito de comprender por el reflejo casi automático de informarse. Sabemos un poco de todo y entendemos pocas cosas. Leemos, desplazamos, marcamos, archivamos, compartimos, y al final del día apenas podríamos repetir con palabras propias aquello que pasó por nuestros ojos. Quienes amamos los libros notamos esa diferencia con una claridad incómoda, porque la lectura prolongada y la lectura fragmentaria producen sujetos cognitivos distintos.

La paradoja es vieja al menos desde Sócrates desconfiando de la escritura, pero ahora se presenta vestida de pantallas. La abundancia, que parecía la promesa más generosa del mundo digital, ha resultado ser su forma más sutil de empobrecimiento. Estamos rodeados de información a todas horas. Noticias que se actualizan mientras las leemos, hilos que prolongan indefinidamente cualquier asunto, vídeos que explican en noventa segundos lo que antes ocupaba un seminario, redes sociales convertidas en un rumor permanente del que no es fácil salir. La consecuencia inevitable es que apenas hace falta esfuerzo para enterarse de algo, y por eso lo que nos enteramos se vuelve inmediatamente volátil. Una idea entra y sale del cerebro sin dejar huella, como un huésped que no llega a sentarse. Los temas que exigen tiempo, los que sólo se entienden si uno acepta detenerse en ellos, salen perdiendo. Y con la irrupción acelerada de la inteligencia artificial generativa, el problema se ha agravado hasta volverse el debate central de nuestra época intelectual. Preguntarnos hacia dónde se dirige la IA es también, y quizá sobre todo, preguntarnos qué tipo de lectores y de pensadores estamos dispuestos a seguir siendo.

"Escaneamos en lugar de leer, buscamos palabras clave en lugar de seguir argumentos, avanzamos cuando lo previsible es detenerse"

El cambio en los hábitos de lectura es, para quien tenga memoria, casi físico. Antes uno se sentaba con un libro y aceptaba el pacto que el libro proponía: una hora, dos horas, una tarde entera entregada a una sola voz. Ahora ese pacto se ha roto en mil pedazos. Leemos artículos cortos, párrafos sueltos, capturas de pantalla, comentarios sobre comentarios. El cerebro se habituó a la velocidad y a la variedad y empezó a tratar cualquier texto como si fuera una pantalla más. Escaneamos en lugar de leer, buscamos palabras clave en lugar de seguir argumentos, avanzamos cuando lo previsible es detenerse. La eficiencia es enorme, el coste también. Esto se observa con especial nitidez en ámbitos donde la decisión depende de matices que no caben en un titular. Quien busca en internet una explicación del trading de CFD en Forex online, por ejemplo, suele conformarse con cuatro nociones generales sobre apalancamiento y mercados antes de pasar a otra cosa, sin haberse acercado a los riesgos reales del producto. El resultado es un conocimiento amplio y débilmente fundamentado, una sabiduría de superficie que confunde la familiaridad con el dominio.

Esa confusión es probablemente el síntoma más característico de nuestra época. La información rápida produce una ilusión de competencia. Reconocemos términos, asociamos nombres a corrientes, repetimos titulares con seguridad, y todo ello sin haber comprendido nada en sentido fuerte. Comprender, en cambio, es una operación lenta. Exige volver sobre lo leído, contrastarlo, dejar que repose, ponerlo a trabajar contra otras lecturas. La era digital, con su lógica de respuesta instantánea, ha puesto a la paciencia en una situación incómoda, casi ridícula. ¿Para qué insistir en un párrafo difícil si en otra pestaña hay un resumen amable? La respuesta es la misma que daría cualquier lector veterano. Porque la dificultad forma parte del conocimiento, no es un defecto del texto sino una exigencia del pensamiento. Los libros siguen siendo el lugar privilegiado donde esa exigencia se cumple. Obligan a permanecer, a establecer vínculos entre páginas distantes, a sostener una atención que no se renueva sola con notificaciones.

"Quizá lo más interesante de este momento sea que la profundidad no ha desaparecido, sólo se ha desplazado. Sigue ahí, esperando al lector que la busque con cierta deliberación"

La concentración, precisamente, se ha convertido en el bien escaso de nuestro tiempo. Cada notificación es una pequeña interrupción que nuestro cerebro vive como urgencia, aunque no haya nada urgente del otro lado. Hemos aceptado un régimen de estímulos constantes que ya no sabríamos cómo desmontar. Intentamos leer y miramos el teléfono. Cerramos el teléfono y volvemos al texto, pero hemos perdido el hilo. Algunos especialistas hablan ya de una atrofia de la atención profunda, una incapacidad creciente para sostener la mente en un objeto durante más de unos minutos. Si uno quiere reconquistar algo de aquella concentración antigua tiene que tomar decisiones explícitas, casi ascéticas. Silenciar el móvil, apartarlo de la vista, pactar con uno mismo períodos sin pantalla. Suena sencillo y es sorprendentemente difícil, porque lo que está en juego no es un hábito aislado sino una forma entera de habitar el mundo.

Quizá lo más interesante de este momento sea que la profundidad no ha desaparecido, sólo se ha desplazado. Sigue ahí, esperando al lector que la busque con cierta deliberación. Volver a leer libros enteros, escoger ensayos largos, releer en lugar de acumular, frecuentar autores que no se entienden a la primera, son gestos modestos cuyo efecto acumulado es enorme. También lo es la decisión de hacer menos cosas a la vez, abandonar la fantasía de la multitarea, cerrar pestañas en lugar de abrirlas. La era digital no es nuestro enemigo, es nuestro entorno, y como todo entorno admite formas distintas de ser habitado. Incluso fenómenos que en principio nos parecen amenazantes pueden mirarse con curiosidad. Hay quien encuentra ya virtudes en los libros escritos con IA, en las nuevas posibilidades de archivo, en las herramientas que permiten cruzar fuentes a una velocidad que hace una década era impensable. El problema nunca fue la abundancia, sino la pasividad con que la recibimos. La biblioteca infinita está a un clic de distancia, y depende de nosotros si la usamos para distraernos un poco más cada día o para entender, despacio, algunas cosas que merezcan la pena.

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