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Julián Ibáñez: “Bellón no es un Sherlock Holmes, a veces deja las cosas peor de lo que estaban”

Julián Ibáñez: “Bellón no es un Sherlock Holmes, a veces deja las cosas peor de lo que estaban”

Para leer a Julián Ibáñez hay que aceptar que uno va a mancharse. Hay que pisar el serrín y las cabezas de gambas del suelo de los baretos, oler el aceite quemado de los polígonos y entender que la justicia es un concepto remoto, algo de lo que es mejor mantenerse alejado. Ibáñez, el maestro que trajo el hardboiled más descarnado a España, no escribe: pica la piedra del lenguaje hasta dar con el hueso. Mientras la industria se pierde en thrillers de seiscientas páginas, él prefiere el “toque de bombo en la cabeza”. Su prosa es un ejercicio de minimalismo extremo donde el diálogo suena seco y real.

La vida de Ibáñez es el reverso de su obra, un espacio donde la ficción compensa la biología. El autor se define como un antiguo “alfeñique”, un chaval con catorce dioptrías que devoraba tebeos de Pedrín, Alcázar y su cachiporra. Esa fragilidad física la ha canjeado por un “GPS mental” infalible, alimentado por años de chiquiteo en tabernas donde el tiempo no cuenta. Confiesa ser un tipo duro solo mientras escribe; es ahí, frente al ordenador, donde despliega su escepticismo ante una sociedad que corre demasiado y en la que los móviles son una imposición.

Bellón, su personaje fetiche, es la antítesis del detective con clase. Un chivato que “echa una mano” a la policía y que, lejos de la infalibilidad de un Sherlock Holmes, a veces deja las cosas peor de lo que estaban. Su relación con las mujeres huye del cliché: siente un respeto distante por las fuertes e inalcanzables, pero es capaz de tratar de tú a tú a prostitutas o de jugar a la brisca con mujeres maltratadas a las que protege. Es un tipo que envejece mal, a trompicones con el progreso, porque su mundo es el de la calle y el del “navajazo”.

Ahora, editado por Cuadernos del Laberinto, nos llega Rapto tiene nombre de mujer. En esta entrega, Bellón se ve arrancado de su medio natural —el de los pisos ocupados y los polígonos de chapa— para terminar en la elegancia impostada de Pozuelo como “caballero acompañante”. Una nueva incursión en el barro que demuestra que, por mucho que cambie el código postal, la pólvora siempre será menos creíble que un buen golpe en la nuca.

Hablamos con el pionero del género sobre diálogos que se cortan con cuchillo, el fin del efectivo y esa España periférica en donde Raymond Chandler se sentiría como un turista desorientado buscando un cóctel en un bar que solo sirve tercios calientes.

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—En Rapto tiene nombre de mujer, Bellón pasa de desalojar okupas y vigilar limpiadoras en clubes nocturnos a ser el “caballero acompañante” de una señora elegante en Pozuelo. ¿Es este el trabajo más digno que ha tenido Bellón en sus diecinueve novelas, o empujar una silla de ruedas por 15 euros la hora sigue siendo “barro” para él?

—No es la primera vez que Bellón ejerce de “señor de compañía”. También ha hecho de guardaespaldas de mujeres maltratadas, con las que juega a la brisca, con garbanzos, y toma café con leche con galletas. Y luego las tumba en el sofá en plan “yo siempre dejo propina”.

Rapto tiene nombre de mujer. ¿Es porque las mujeres en sus novelas siempre llevan las riendas, aunque parezca que están en el asiento de atrás?

—En mis novelas suele haber una mujer fuerte. Inalcanzable para Bellón. Y sabiamente se mantiene alejado. Pero también hay mujeres débiles, prostitutas a las que proporciona clientes, y a las que trata, y le tratan, de tú a tú.

—Empezó con esta serie hace décadas. ¿En qué ha cambiado más Bellón desde la primera novela hasta esta? ¿Se ha vuelto más sabio, o simplemente está más cansado?

"Bellón evoluciona como el autor. Y lo hace mal. La sociedad se transforma deprisa, y a Bellón le cuesta adaptarse"

—Bellón evoluciona como el autor. Y lo hace mal. La sociedad se transforma deprisa, y a Bellón le cuesta adaptarse. Se ha visto forzado a comprar un móvil porque en los bares ya no hay fijo. Incluso choricear un buga con menos de diez años se le hace imposible. ¡Y está desapareciendo el metálico en los bancos y cajas de ahorros! ¡Qué va ser de nosotros!

En sus libros no hay grandes tiroteos al estilo Hollywood, sino “toques de bombo en la cabeza” y “cachiporras pequeñas”. ¿Por qué le interesa más la violencia de baja intensidad, la que huele a callejón y no a pólvora?

—No es que me interese más, es que aquí la pólvora es menos creíble. En España se lleva más el navajazo. La “cachiporra” es un guiño que me hago a mí mismo. Yo, de chaval, leía Roberto Alcázar y Pedrín. Pedrín, un chaval rubio con bombachos, siempre utilizaba cachiporra.

Sus personajes hablan poco y cuando lo hacen suelen ser frases cortantes. ¿Cuánto tiempo pasa “limpiando” los diálogos para que suenen tan secos y reales.

"En realidad corrijo mucho, gracias al divino ordenador; incluso corrijo la novela editada"

—Sí, “limpio” los diálogos mucho. En realidad corrijo mucho, gracias al divino ordenador; incluso corrijo la novela editada. Siempre me cayó bien aquel pintor al que echaban continuamente del museo porque le cazaban retocando sus cuadros. Los diálogos son breves. Será, supongo, porque yo hablo poco. Soy de los que escurren el bulto con un “escucho y aprendo”.

—A Bellón le ofende que le llamen “confidente”; él prefiere decir que “echa una mano” a la policía. Si la policía española se quedara sin tipos como Bellón, ¿se resolvería algún crimen, o se dedicarían todos a poner multas de aparcamiento?

—Bellón es un chivato. Pero alguna vez se encara con sus polis. Y si su poli es una mujer puede hacerle un apaño por debajo del pantalón. Es un todoterreno. Bellón no es un Sherlock Holmes, a veces deja las cosas peor de lo que estaban.

—Entre cervezas y bocadillos rápidos, ¿cómo es que Bellón no tiene el colesterol por las nubes? ¿Es el género negro incompatible con una ensalada de quinoa?

—Las comidas con mantel y servilleta de tela las dejamos para la novela “enigma”. Bellón no come, “devora”; no bebe, “traga”. No se fija en lo que devora, sí en lo que bebe: cerveza.

—Después de tantos años conviviendo con él, ¿hay algún rasgo de Bellón que se le haya pegado a usted? ¿O es usted quien le presta a él su escepticismo ante la vida?

—Bellón tiene cosas que a mí no me hubiera importado tener. El físico, por ejemplo. Yo he sido un alfeñique, un gafotas de catorce dioptrías. No me he permitido ser un duro como Bellón. Soy un duro mientras escribo, algo es algo.

—En sus novelas, los bares como el Menta y Canela, Frenazo, El Calipso o El Descanso son casi personajes. Descríbanos cómo son, qué ambiente poseen y a qué personajes públicos podríamos encontrarnos allí.

"En los bares que yo frecuentaba, y en los que frecuenta Bellón, no entran personajes públicos. Se supone que no pisan serrín, solo moqueta"

—He sido mucho de bares, de chiquiteo. De bares de alterne he sido menos; me gustaban mucho los que conocí por aquí, cerca del pueblo, bares de alterne donde se había detenido el tiempo. Pero hace mucho que no voy. Bellón vive en la calle. En los bares es donde encuentra los encargos que le dan de comer, y también la información para el poli de turno. En los bares que yo frecuentaba, y en los que frecuenta Bellón, no entran personajes públicos. Se supone que no pisan serrín, solo moqueta.

—Se le considera uno de los pioneros del género en España. Mirando atrás, ¿cree que la realidad española se ha vuelto más “negra”, o simplemente ahora tenemos mejores palabras para describir el barro en el que siempre hemos estado?

—Creo que ese “barro” siempre ha existido. Y seguirá. Las tramas de corrupción de alto nivel: grandes empresarios o políticos o funcionarios necesitan buena documentación y tener trato con esas personas, que yo no tengo. Prefiero las tramas sencillas, de calle. Escribo sobre lo que conozco.

En un mundo de thrillers de 600 páginas llenos de giros imposibles, usted sigue apostando por novelas cortas, secas y directas. ¿Es el minimalismo una elección estética o una cuestión de salud mental para no perderse en tramas innecesarias?

"Veo a los guionistas sudando a chorros inventando situaciones dramáticas para darle un poco de vida a la trama. Merecen el Nobel"

—Sí, las editoriales prefieren novelas largas. Nunca me lo he planteado. Los domingos por la noche veo unos minutos de una serie turca, llevan muchos capítulos porque la estiran como el chicle, me cae simpática. Veo a los guionistas sudando a chorros inventando situaciones dramáticas para darle un poco de vida a la trama. Merecen el Nobel.

—Sus novelas transcurren en escenarios muy concretos (Móstoles, Pozuelo, polígonos industriales). ¿Sigue visitando esos bares de carretera y parques para “tomar la temperatura” al ambiente, o ya tiene un GPS mental para detectar dónde hay una buena historia criminal?

—Tengo un GPS mental. Revivo lo que he vivido. O viendo series como The Deuce. O de algún crimen en el pueblo (hace tiempo hubo un par de ellos). Pero hace mucho que nadie se anima.

—En sus libros, la ley y la justicia rara vez van de la mano. ¿Es Julián Ibáñez un pesimista antropológico o simplemente un observador que prefiere no engañar al lector?

"Los jueces son para Bellón algo remoto, de los que es aconsejable mantenerse alejado"

—Las novelas están escritas en primera persona, el narrador es Bellón. Trabaja para la policía, y en una comisaría hay de todo. Los jueces son para Bellón algo remoto, de los que es aconsejable mantenerse alejado. De tarde en tarde encuentra una pepita de oro: alguien generoso que cruza fugazmente sin esperar una recompensa.

—Chandler revolucionó el género con un lenguaje directo. Usted lleva esto al extremo: frases cortas y descripciones secas. ¿Es el estilo de Julián Ibáñez el hijo legítimo y más “macarra” del estilo de Chandler? Marlowe vivía en una California llena de sombras pero con cierto glamour. Bellón vive en pisos ocupados que desaloja él mismo. ¿Cree que Chandler se habría divertido mandando a Marlowe a un polígono de Móstoles, o le habría parecido demasiado deprimente incluso para él?

—Chandler era un señorito, un señorito con pasta. Marlowe era un señorito sin pasta. No, ninguno de los dos pisaría una cagada de perro en Móstoles.

—Si Raymond Chandler leyera Rapto tiene nombre de mujer y viera a Bellón balanceando el pie en un parque de Pozuelo mientras lee el Marca, ¿le invitaría a una copa?

—No, se limitaría a arrojar una moneda en su escudilla.

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