España desprecia tanto a sus artistas que ni siquiera recuerda dónde los entierra. Todavía hoy desconocemos el paradero de los restos mortales de Diego Velázquez, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Luis de Góngora y, probablemente, Miguel de Cervantes. Y cuando no perdemos el cuerpo de un difunto, extraviamos alguna de sus partes. Tal es el caso de Francisco de Goya, de quien hemos recuperado el cadáver, pero al que le falta la cabeza. Sí, la cabeza. Cuando abrieron el mausoleo del cementerio de Burdeos donde el pintor yacía absolutamente olvidado por las autoridades españolas, se descubrió que al cuerpo le faltaba su parte más elevada y, en vez de ordenar una investigación, se dio orden de repatriarlo “con o sin cabeza”. Ahora, más de un siglo después del retorno del artista acéfalo, el escritor y periodista Miguel Barrero sigue las pistas de su ilustre testa. El resultado es La cabeza de Goya (Xordica), una historia acaso tan sorprendente como la de aquel Américo Vespucio escrita por Stefan Zweig.
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—Este libro arranca con el viejo truco del manuscrito encontrado. En este caso, en el cajón de tu propia casa, porque era un proyecto que abandonaste en el pasado y que de pronto decidiste recuperar.
—Exacto. Viajé a Burdeos en diciembre de 2017 y aproveché la estancia para rastrear el paso de Goya por la ciudad, donde vivió cuatro años, hasta su muerte en 1828. Quería saber qué hizo allí y, sobre todo, entender la transición de las Pinturas negras, tan lúgubres y desencantadas, a La lechera de Burdeos, tan luminosa y delicada. Quise comprender qué ocurrió en su interior para que se produjera ese giro y, mientras investigaba, descubrí la historia de su cabeza. Ya sabía que su esqueleto carecía de cráneo, pero siempre supuse que estaba guardado o expuesto en algún museo. Sin embargo, a medida que avanzaba en mi investigación, tropecé con una serie de historias estrambóticas que me empujaron a escribir este libro.
—Situemos la historia: un cónsul español en Burdeos acude al cementerio para visitar la tumba de su esposa y descubre un mausoleo con una placa identificativa…
—Joaquín Pereyra iba dos o tres veces por semana al cementerio para hablar con su esposa. Y en una de esas visitas, dando un paseo entre las tumbas, reparó en una en la que figuraba el nombre de Francisco de Goya. El cónsul se escandalizó y, de inmediato, inició las gestiones para la repatriación del cuerpo del artista. El hombre se lo tomó como un asunto de Estado y escribió cartas a Madrid reclamando colaboración para exhumar, trasladar y reinhumar los restos. Evidentemente, nadie le hizo caso. Hasta que ocho años después, cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, recibió el permiso para abrir la tumba y, al hacerlo, descubrió la ausencia del cráneo. De inmediato envió un telegrama: “El esqueleto de Goya no tiene cabeza”. La respuesta: envíe el cuerpo “con o sin cabeza”. Aun así, la repatriación se demoró cinco años porque nadie quería asumir los costes del traslado. Hasta que, en 1894, se trajo a Goya.
—Pero no acaba ahí el viaje…
—Lo que ocurre es que nadie sabía dónde reinhumarlo. Se había construido, en el cementerio de San Isidro, un panteón destinado a albergar los restos de Goya, de Leandro Fernández de Moratín, de Juan Meléndez Valdés, de Juan Donoso Cortés… Un monumento al liberalismo español, en definitiva. Pero, por alguna razón, optaron por llevar los restos del pintor a la Colegiata de San Isidro, yo creo que para hacerlo coincidir con las fiestas municipales. Sea como sea, acabaron trasladándolo a la ermita de San Antonio de la Florida.
—En el libro afirmas que la muerte de Goya “certificaba la defunción de una idea de España”.
—La muerte de Goya define la España del momento y señala una de las grandes dificultades con las que siempre tropieza este país: cada vez que nos situamos a las puertas del progreso, aparece una resistencia que lo impide. El exilio de los liberales en Francia es un antecedente directo del exilio republicano tras la Guerra Civil. Hablamos de personas con ideas ilustradas que tienen que abandonar el país porque aquí serán perseguidas, encarceladas e incluso ejecutadas. Aquel fue el embrión de lo que luego llamaríamos “las dos Españas”.
—Estoy seguro de que mucha gente, cuando piensa en Goya, piensa en un pintor de la Corte.
—Goya es un personaje profundamente contradictorio. Era pintor de Corte, su sustento dependía de la monarquía, su relación con los reyes fue principalmente buena. Pero, al mismo tiempo, fue un hombre de ideas reformistas, cercano a los ilustrados, que incluso retrató a José Bonaparte. Podríamos decir que vivió en una tensión constante entre sus convicciones y su fuente de ingresos. Al final, cuando Fernando VII regresó a España, Goya se retiró a la Quinta del Sordo, una casa a las afueras de Madrid, e inició una vida retirada junto a Leocadia Zorrilla. Y más tarde pidió permiso a la Corte para salir de España por motivos de salud. El rey aceptó, seguramente sabiendo que el pintor no regresaría.
—Y recaló en Burdeos, donde formó un núcleo familiar.
—Muchos españoles liberales se exiliaron a Francia tras el reinado de José Bonaparte. Se afrancesaron durante la invasión y después se instalaron en Burdeos porque era un emblema urbano de la Ilustración. No se puede olvidar que esa ciudad tuvo a Michel de Montaigne como alcalde. Goya también estuvo en París, pero seguramente acabó entendiendo que Burdeos era una ciudad más amable para iniciar una nueva vida con Leocadia y Rosario Weiss.
—Sergio del Molino acaba de publicar La hija (Alfaguara), donde también rescata la figura de Rosario Weiss, igual que haces tú en La cabeza de Goya.
—La historia de Rosario no está nada clara. Hay indicios, como las cartas de Leandro Fernández de Moratín, que apuntan a que entre Goya y Leocadia hubo una relación que fue más allá de la de ama de llaves y empleador, y todo eso permitiría pensar que Rosario podría ser la hija ilegítima del pintor. Realmente, Goya la quiso mucho. Estando sordo como estaba, se sentaba para escucharla tocar el piano. Parece ser que hubo un vínculo afectivo muy fuerte entre ellos. Además, se dice que la joven tenía mucho talento, pero murió demasiado pronto para demostrarlo. Sufrió un colapso nervioso al salir a la calle en Madrid y tropezar con un motín.
—Bueno, vamos al tema del cadáver: hay testigos que aseguran que cuando lo enterraron, Goya tenía la cabeza sobre los hombros.
—Incluso hay una testigo, la viuda del pintor Antonio de Brugada, que aseguró que besó el rostro de Goya antes de la inhumación. Por tanto, había cabeza. Y es a partir de este dato cuando empieza a circular la teoría de que el propio Goya había donado su cráneo a la frenología, disciplina —hoy considerada pseudociencia— que sostiene que la forma del cráneo permite inferir el carácter de una persona. Dicen que el pintor podría haber estado interesado en esa corriente y que habría cedido voluntariamente su cabeza a un frenólogo de esos. Pero no hay pruebas.
—Y entonces aparece en escena Hilarión Gimeno.
—En 1928, con motivo del centenario de la muerte de Goya, un investigador, Hilarión Gimeno, presenta ante la sociedad un cuadro pintado por Dionisio Fierros en el que aparece una calavera identificada como la de Goya. El cuadro fue pintado en 1846, es decir, antes de que se supiera que el cuerpo de Goya carecía de cabeza, lo que indicaría que Fierros tenía ya conciencia de que el cráneo del difunto había sido robado. Y la historia se complica todavía más cuando sabemos que el nieto de Dionisio Fierros, Dionisio Gamallo Fierros, profesor de literatura y especialista en Gustavo Adolfo Bécquer, inició una investigación en el ámbito familiar y descubrió que su abuelo realmente tenía una calavera en su estudio y que uno de sus hijos, estudiante de Medicina en Salamanca, se la llevó para hacer experimentos con ella.
—A Descartes también le robaron la cabeza…
—El fenómeno es amplio. Por ejemplo, los restos de Michel de Montaigne, que se creían en su tumba, aparecieron en una caja encontrada durante unas obras realizadas en el Museo de Aquitania (Burdeos). Por tanto, no se puede decir que solo seamos los españoles quienes perdemos a nuestros personajes ilustres. Es un fenómeno mundial. La tendencia a hacer chapuzas es inherente al ser humano.




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