Benvenuto Cellini (1500-1571) nunca fue alguien que se achantase. No era de los que se arrugaban cuando empezaba la pelea en la taberna. Fanfarrón y pendenciero, aunque en verdad bravo, quien le buscaba siempre acababa por encontrarle. Se jacta en sus memorias —La Vita di Benvenuto di Maestro Giovanni Cellini fiorentino, scritta, per lui medesimo, in Firenze (Nápoles, 1728)— de haber matado al condestable de Borbón. Fue en un día como el de hoy, pero hace más de quinientos años.
Hay constancia de que aquel antiguo discípulo de Miguel Ángel que fue Cellini —antes que manierista, renacentista meridiano— mató a gente en las peleas en las que se vio envuelto en las tabernas. De hecho, fue preso en el castillo de Sant’Angelo, acusado de dos asesinatos. Pero nadie parece dar crédito a que fuese él quien abatió mortalmente al condestable.
En lo que sí hay más consenso, entre la erudición y los sabios, es en que el Renacimiento, entendido no solo como un retorno a la estética de los modelos grecolatinos, también como un nuevo humanismo, un nuevo afán de razón que abarcaba desde la concepción del ser humano hasta la visión del universo, fue herido igualmente el seis de mayo de 1527. Los movimientos espirituales —y el Renacimiento lo fue, qué duda cabe— no nacen ni mueren de un día para otro. Pero esa concepción armoniosa de la vida y del arte, tras la barbarie de la Edad Media, también salió maltrecha del saco de Roma. Tardó más en morir que el condestable. Pero por la grieta que se abrió entonces en la Ciudad Eterna, el caos, la tensión y la duda acabaron por horadar el orden clásico. Ese optimismo renacentista, esa idea de que el hombre, a través de la razón y la belleza, podía alcanzar la perfección, fue puesta en duda por la fuerza de las armas. Fue como si la barbarie del Medievo, al cabo de apenas unos años, hubiera vuelto a donde solía.
Y sin embargo, cuesta dilucidar si aquellos mercenarios que no habían cobrado las campañas del norte de Italia, en las que se batieron contra la Liga de Cognac, integrada por Francia y algunos estados italianos, por lo que convencieron al condestable para entrar a sangre y fuego en la capital de la cristiandad, dispuestos a resarcirse con el botín de las soldadas que no les habían pagado, eran o no eran ese pelotón de soldados llamado a salvar la civilización, en una frase que, muchos años después, la Historia habría de atribuir a Oswald Splenger (1880-1936). En efecto, con los 45.000 romanos muertos, heridos o exiliados de aquel expolio se fueron la alegría y la inquietud intelectual. Su lugar fue ocupado por el miedo y el dogma. Roma dejó de ser la capital del futuro —en cierto sentido el Renacimiento preconizó la Ilustración— para convertirse en un museo de la gloria pasada, mientras el hollín de los incendios cerca del Tíber comenzaba a penetrar por los ventanales altos de los estudios de los artistas próximos a la columna de Trajano. El ideal ha caído, quienes quisieron reflejar a Dios en sus obras ven a sus hijos entregados a una auténtica orgía de sangre, se viola a las mujeres, se mata a cualquiera que tenga vida, y los libros de saberes antiguos, como las telas de los grandes artistas, alimentan las hogueras.
Ante la superioridad numérica, los defensores de Roma huyen despavoridos. Cellini corre junto al papa Clemente VII por el Passetto di Borgo, el pasadizo secreto que conecta el Vaticano con la fortaleza del Castillo de Sant’Angelo. A instancias del pontífice, toma el mando de la artillería. El orfebre que debía estar honrando a Dios, creando para sus reyes las joyas más hermosas, calcula la trayectoria de los proyectiles y dispara sobre los asaltantes de la ciudad para despedazarlos.
Para evitar que el tesoro papal caiga en manos de los luteranos, el pontífice ordena a Cellini fundir todas las joyas y reliquias de oro. El oro se convierte en lingotes anónimos. Dicho metal será todo un símbolo del Saco: el arte transformado en metal bruto para pagar un rescate.
Meses después, tras salir de allí, las nuevas figuras de sus piezas se volvieron más tensas y musculosas. Su obra maestra, el Perseo con la cabeza de Medusa, refleja esa violencia: el héroe triunfante, rodeado de sangre y cuerpos decapitados. El destino de Cellini le reservaba su mayor ironía en el Castillo de Sant’Angelo: el escenario de su gloria en el Saco, también fue su prisión por los asesinatos.


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