Foto: Lydia Panas.
Li-Young Lee es un poeta norteamericano nacido en Yakarta, Indonesia, en 1957. Es descendiente de una influyente familia china. Su bisabuelo, Yuan Shikai, fue el primer presidente de la República China y su padre fue médico personal de Mao Zedong. Aunque este se exilió en Indonesia, acabó recluido diecinueve meses en un campo de prisioneros en Macao. Tras pasar por Hong Kong y Japón, la familia se asentó finalmente en Estados Unidos en 1964. En la Universidad de Pittsburgh, Li-Young Lee conoció a Gerald Stern, quien prologó su primera colección de poemas, Rose (1986). También es autor de los poemarios The City in Which I Love You (1990) y Book of My Nights (2001), por los que ha obtenido diversos premios, como el Whiting Writers’ Award, el Lannan Literary Award o el American Book Award, así como la beca de la Fundación Guggenheim. Cuenta además con un libro de memorias, The Winged Seed (1995). En nuestro país la editorial Vaso Roto ha editado sus libros de poesía Mirada Adentro (2012), El desnudo (2019) o La ciudad donde te amo (2023). Presentamos una selección de sus poemas con traducción de Enrique Servín, Adelmar Ramírez, Elisa Díaz Castelo, Adalber Salas Hernández y Óscar Sarmiento.
***
Autoayuda para refugiados
Si su nombre recuerda a algún país en el que las campanas
eran usadas en los espectáculos
o para anunciar la llegada y la salida de las estaciones
o los cumpleaños de dioses y demonios,
lo mejor será usar ropas simples
al llegar a los Estados Unidos
y tratar de no hablar en voz muy alta.
Si además usted ha visto a los soldados
golpear y arrastrar a su propio padre
frente a la puerta de la casa
y arrojarlo a una camioneta puesta en marcha
antes de que su madre lo halara desde la veranda
y escondiera su cara entre sus vestidos,
trate de no juzgar con dureza a su madre.
No le pregunte qué creía, por qué desviaba
los ojos del niño
lejos de la historia
hacia aquel punto en que comienza todo el dolor humano.
Y si usted llega a conocer a alguien
en su país de adopción
y le parece ver en ese rostro
un cielo abierto, la promesa de un comenzar de nuevo,
tal vez eso signifique que usted ha llegado demasiado lejos.
*
O si usted cree leer en esa otra persona, como en un libro
en el que faltan la primera y la última página,
la historia de su propio lugar de nacimiento,
un país que ha sido doblemente borrado,
la primera vez por el fuego, la segunda por el olvido,
tal vez signifique que usted ya ha llegado muy cerca.
En cualquier caso, no haga cargar a los demás
el peso de su propia nostalgia o su esperanza.
Y si usted es uno de esos
en los que el lado izquierdo de la cara no concuerda
con el derecho, tal vez se trate de una pista.
Mirar al revés fue una estrategia
que sus antepasados encontraron útil para sobrevivir.
No se queje por no haber sido hermoso.
Acostúmbrese a ver cuando no mira.
Ocúpese en recordar mientras olvida.
Muriendo por vivir y al mismo tiempo no queriendo seguir.
Es muy probable que sus ancestros hayan decorado
sus campanas de todas formas y tamaños
con calendarios complejos
y diagramas de lejanos sistemas solares;
pero sin un solo mapa para los dispersos descendientes.
*
Y apuesto a que usted ya no podría decir en qué idioma
hablaba su padre cuando le gritó a su madre
desde atrás de la camioneta: «¡Deja que el niño mire!»
Tal vez no fuera el idioma familiar.
Tal vez se tratara de un idioma prohibido.
O tal vez hubiera demasiados gritos
y llantos y el ruido de las armas en la calle.
Nada importa. Lo importante es lo siguiente:
Es bueno el reino de los cielos.
Pero mejor es el cielo aquí en la tierra.
Pensar es bueno.
Pero es mejor vivir.
Estar solo, en su silla favorita
con un libro que le guste
es algo bueno. Pero acostarse acurrucado a alguien
es todavía mejor.
***
El blues del inmigrante
La gente ha tratado de matarme desde que nací,
un hombre le dice a su hijo, tratando de explicar
la sabiduría de aprender una segunda lengua.
Es la misma vieja historia del siglo pasado,
acerca de mi padre y yo.
La misma vieja historia de ayer por la mañana,
acerca de mi hijo y yo.
Se llama “Estrategias de sobrevivencia
y la Melancolía de la asimilación racial.”
Se llama “Paradigmas psicológicos de personas perdidas,”
Llamada “El niño que prefería jugar que estudiar.”
Practica hasta que veas
el idioma en tus venas, dice el hombre.
¿Pero qué sabe él acerca de adentro y afuera,
mi padre quien fue desechado
a pesar de los lenguajes que usó?
Y yo, confundido acerca de la carne y el alma,
quien preguntó alguna vez ante el teléfono,
¿Estoy dentro de ti?
Siempre estás dentro de mí, contestó una mujer,
en paz con la limitación del cuerpo,
en paz con la indiferencia del alma
hacia el espacio y tiempo.
¿Estoy dentro de ti? Pregunté una vez
yaciendo entre sus piernas, confundido
acerca del cuerpo y el corazón.
Si no crees estar dentro de mí, no lo estás,
contestó ella, en paz con la codicia del cuerpo,
en paz con el corazón consternado.
Es una historia antigua de ayer por la mañana
llamada “Patrones de amor en personas en diáspora,”
llamada “Residuos de residencia
y la Profanación de los amados,”
llamada “Quiero cantar pero no me sé ninguna canción.”
***
Un cuento
Triste es el hombre al que le han pedido un cuento
y no se le ocurre ninguno.
Su hijo de cinco años espera en su regazo
El mismo cuento otra vez no, Babá. Uno nuevo.
El hombre se frota la barbilla, se rasca la oreja.
En una habitación llena de libros en un mundo
de cuentos, no es capaz de recordar
ninguno y pronto, piensa, el niño
perderá la fe en su padre.
El hombre ya vive allá adelante, observa
el día en que este niño se irá. ¡No te vayas!
¡Escucha el cuento del cocodrilo! ¡El cuento del ángel una vez más!
Te encanta el cuento de la araña. Te da risa la araña.
¡Déjame contártelo!
Pero el muchacho empaca sus camisas,
busca sus llaves. ¿Eres acaso un dios
grita el hombre, para que yo enmudezca ante ti?
¿Soy acaso un dios para que no pueda decepcionar nunca?
Pero el niño está aquí. Porfa, Babá, ¿me cuentas un cuento?
Es una ecuación más emocional que lógica,
más terrenal que celeste,
ésa que postula que las súplicas de un niño
y el amor de un padre, sumados, dan por resultado el silencio.
***
Le pido a mi madre que cante
Empieza y mi abuela se le une.
Madre e hija cantan como jovencitas.
Si mi padre estuviera vivo tocaría
su acordeón y su cuerpo se cimbraría como un bote.
Nunca he estado en Pekín, el Palacio de Verano,
ni de pie en el gran Barco de Mármol para ver
el inicio de la lluvia en el Lago Kunming,
a los del picnic corriendo por el pasto.
Pero me encanta oír que se cante
cómo los nenúfares se llenan de agua
hasta voltearse, derramando agua en el agua,
luego sacudirse y llenarse otra vez.
Las dos mujeres han comenzado a llorar.
Pero ninguna detiene la canción.
***
Muy de mañana
Mientras se ablanda el arroz de grano largo
en el agua, borboteando
sobre una suave llama de la cocina, antes
que la Verdura de Invierno ya salada
se troce para el desayuno, antes
de los pájaros, mi madre
desliza una peineta de marfil,
pesada y negra como tinta
de calígrafo, por su pelo.
Se sienta al pie de la cama.
Mi padre observa, atento
a la música de la peineta
contra el pelo.
Mi madre se peina,
tira firme el pelo
hacia atrás, lo enrolla
entre dos dedos, lo ciñe
en un moño detrás de la cabeza.
Por medio siglo ha hecho esto.
A mi padre le gusta verlo así.
Dice que luce bien cuidado.
Pero sé
que es por la forma
en que el pelo de mi madre
cae
cuando él le saca las pinzas.
Fácilmente, como las cortinas
cuando las sueltan al atardecer.
***
Comiendo solo
Arranqué la última de las cebollas más tiernas.
Ahora la huerta se ve reseca. Fría está la tierra,
café y vieja. Lo que resta del día llamea
en los arces al borde
de mi ojo. Me vuelvo, un cardenal se desvanece.
Cerca de la puerta de la bodega lavo las cebollas,
luego bebo del congelado grifo de metal.
Una vez, hace años, anduve al lado de mi padre
pisando las peras por el suelo. No recuerdo
nuestras palabras. Tal vez caminamos en silencio. Pero
todavía lo veo agacharse de esa manera, la mano izquierda
reclinada contra la rodilla crujiente con tal de levantar y sostener
frente a mis ojos una pera podrida. En ella, un avispón
giraba locamente, empapado de lento, reluciente jugo.
Fue mi padre al que vi esta mañana
saludándome desde los árboles. Casi
lo llamé, hasta que llegué lo suficientemente cerca
para ver la pala, descansando donde yo
la había dejado, en la profunda sombra verde parpadeante.
Arroz blanco echando vapor, casi listo. Porotitos verdes
fritos a la cebolla. Camarones cociéndose a fuego lento
en aceite de sésamo y ajo. Y mi propia soledad.
Qué más podría yo, un hombre joven, querer.


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