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¿Qué harías tú por tus hijos?

¿Qué harías tú por tus hijos?

En la novela negra no todo son pesquisas, investigaciones, vigilancias, seguimientos, interrogatorios o pálpitos, como los que le sucedían al viejo Plinio, el contumaz y avispado guardia municipal de Tomelloso al que insufló vida Paco García Pavón, uno de los pioneros del género en España. De vez en cuando, la furia se desata, las cabezas ruedan por el suelo y asistimos a escenas de extrema violencia, verdaderamente crueles, en las que la sangre salta a los ojos. Kétchup por un tubo.

Rafa Melero, el autor de Sin indicios criminales, no se anda por las ramas y, como diría un castizo, tira a degüello en estas páginas, sin piedad alguna, sin recatarse lo más mínimo, poniendo ante el lector escenas que hacen época, aunque debidamente justificadas, porque el mundo del hampa, el de los chorizos y el de las bandas organizadas no son oenegés ni hermanitas de la caridad repartiendo la sopa boba entre los pobres.

Está bien que se sepa que Rafa Melero Rojo viene de donde viene. Es mosso d’esquadra de profesión y ha participado como investigador en grupos como el de homicidios, con lo que, es de suponer, carga sobre su espalda un morral repleto de experiencia y de casos prácticos que no tiene inconveniente alguno en utilizar en este relato en el que la acotación del tiempo es fundamental. Porque, aunque existan las habituales escenas retrospectivas, sin duda necesarias para entender y, acaso, justificar la estrategia del vengador, la acción se desarrolla en apenas una semana, el tiempo del que dispone Manuel Longán para cumplir con su propósito —borrar de la faz de la tierra a un poderoso y bien organizado clan al que hace responsable del suicidio de su hija mediante el llamado sexting—, tras pedir de nuevo el ingreso en el cuerpo de policía, del que había sido expulsado temporalmente por sus modos no del todo finos ni ortodoxos, pasándose los derechos y las leyes por el mismísimo forro.

"Aunque no sea una idea original de Rafa Melero, llama la atención en estas páginas el pique entre mossos y guardia civil"

Si bien el lenguaje resulta en ocasiones un poco descuidado —la novela hubiera necesitado un segundo repaso más a fondo para evitar así repeticiones innecesarias e incorporar un vocabulario más preciso, descartando algunas frases hechas que sirven para bien poco—, nadie le podrá negar al relato de Rafa Melero esa virtud que tiene de mantenernos en vilo desde la primera hasta la última página, subiendo de vez en cuando el listón, con una nueva vuelta de tuerca, cuando las circunstancias así lo requieren. Adrenalina, pues, en estado puro, bajo la batuta de un personaje, Manuel Longán —un ex alcohólico que ha podido seguir adelante fundando una empresa de seguridad—, muy verosímil, puro corazón y de enorme coraje, que no duda en emplear todos los medios que encuentra a su alcance para cumplir su propósito: el mismo objetivo que la policía, pero distinto procedimiento. Ahí radica la diferencia.

Y frente a él, en el lado de los malos, el clan de los Juárez —Juárez tenía que ser, como la conocida ciudad mejicana de tan altos indicios de criminalidad, con más de mil delitos por año—, con Julián a la cabeza y su hermano Abel, escoltados por la Mole, toda una masa de carne en movimiento que, sin embargo, en los últimos compases de la novela, demuestra tener un buen corazón, sentir amor por otra persona que no sea él mismo; ser capaz de enternecerse por una mirada, algo que lo hace más complejo y le transfiere un componente humano imprevisto para el lector.

"Uno de los mayores logros del autor de esta novela es el hecho de conseguir, a base de constancia, que el lector termine por implicarse en la misma"

Tampoco pasan inadvertidos esos otros personajes a los que se les asigna un reducido papel —unas cuantas, pero certeras pinceladas—, pero cuya actuación resulta admirable; como Ionut, el hombre rumano que luce en sus brazos infinidad de tatuajes, que comenzó, como tantos otros, trabajando en la construcción, y que, finalmente, vio la oportunidad de hacer pasta por la vía rápida poniéndose al servicio de los Juárez. O Maribel, la joven prostituta que, para aprovechamiento propio, tiene en exclusiva Julián, que, con no poca sensibilidad y buen corazón, evoca su casi idílica vida anterior, y ahora se conforma con lo que tiene que soportar. Por no hablar de todo ese ambiente, a veces más espeso de lo que uno podría imaginar, del interior de una comisaría, donde no faltan agentes corruptos, chivatos a sueldo, jefes que se creen estrellas de Hollywood y compañeros que te miran con altanería y desprecio.

Aunque no sea una idea original de Rafa Melero, llama la atención en estas páginas el pique entre mossos y guardia civil: la eterna canción cuyo estribillo habla de la rivalidad entre los distintos cuerpos de seguridad del Estado; de las maneras tan diferentes que tienen de afrontar un caso delictivo que no siempre se resuelve en un despacho, en un bar, ante un café, de buena manera. Uno de estos agregados al cuartel de los mossos es Cuervo, cuyo apellido —como sucede con el Cupido de Eugenio Fuentes o con el Bevilacqua de Lorenzo Silva—, dada su condición de agente, llama la atención, por lo que se ve empujado a expresar continuamente que se trata de un apellido como otro cualquiera, del que no puede desprenderse y que, además, lleva con orgullo. A la fuerza ahorcan.

"Longán, que quiere dejar de ser un fantasma y quedar en paz con sus muertos, buscándole un sentido a la vida, es, además, un lector de excelentes novelas policiacas en sus escasos ratos libres"

Uno de los mayores logros del autor de esta novela es el hecho de conseguir, a base de constancia, que el lector termine por implicarse en la misma. Tanto es así que, en uno de los últimos capítulos, a punto de concluir el relato, sale a relucir la pregunta del millón, la de ese padre que sufre en sus propias carnes la pérdida de uno de sus vástagos de manera inesperada y violenta: “¿Qué harías tú por tus hijos?”.

Melero sabe el terreno que pisa, de ahí que sea tan detallista describiendo un “operativo” policial. Y entiende que, en una obra en la que la acción es trepidante, los capítulos tengan que ser cortos, impactantes, verdaderos puñetazos en el estómago, con un final que invite a no dejar la novela de la mano, a seguir obcecados en su lectura. No hay respiro que valga, pero sí algunas ocasiones en las que el alma se serena y aparecen frases muy meditadas y brillantes, como aquella en la que se dice que “todos acabamos recibiendo el correctivo acorde al hecho cometido”.

Longán, que quiere dejar de ser un fantasma y quedar en paz con sus muertos, buscándole un sentido a la vida, es, además, un lector de excelentes novelas policiacas en sus escasos ratos libres. En esos momentos, mientras maquina el modo de hacerle justicia a la memoria de su hija, lee El último barco, de Domingo Villar, “un libro con un procedimiento policial impecable, una historia apasionante y unos personajes que, con la prematura muerte del autor, serán inmortales”. Así sea.

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Autor: Rafa Melero Rojo. Título: Sin indicios criminales. Editorial: Destino. Venta: Todos tus libros.

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