Ahora se escribe mucho sobre el 250º aniversario de la Independencia de los Estados Unidos. Se reeditarán libros, se multiplicarán los ensayos y no faltarán las columnas periodísticas que revisiten aquel momento fundacional. Pero llama la atención que, entre las figuras históricas que vuelven a ocupar el primer plano, se repitan algunos nombres y, sin embargo, se descuide precisamente el más trascendente. Me refiero al primer secretario de Estado de la Monarquía española, José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca.
Prudente, metódico, dueño de una inteligencia sin estridencias, se rigió por un principio clásico que en su caso no era fórmula retórica, sino método de gobierno: suaviter in modo, fortiter in re; suavidad en las formas, firmeza en el fondo. No era hombre de gestos ni de arrebatos, sino de sistema, de los que saben que decidir no es suficiente si no se controla la ejecución.
Cuando estalla la rebelión de las Trece Colonias, España observa y no se precipita. No porque dude, ni porque carezca de voluntad, sino porque Floridablanca sabe demasiado bien lo que significó la Paz de 1763 tras la Guerra de los Siete Años: una experiencia amarga, cara y mal resuelta que no estaba dispuesto a repetir. Conoce además a su rey, Carlos III, y sabe que su aversión a Inglaterra terminará imponiéndose; pero también sabe que entre el deseo y la oportunidad hay una distancia que solo los políticos de verdad saben medir, y en ese intervalo levanta un dique de prudencia que contiene la impaciencia de quienes, como el conde de Aranda, preferían acelerar los acontecimientos.
Ese tiempo, que a otros podía parecer indecisión, fue en realidad el espacio donde se construyó la victoria, porque desde la paz se prepara la guerra y hacerlo exige algo más que voluntad: exige comprender los límites del propio sistema. Floridablanca desconfía de los franceses —aliado necesario, pero incómodo— y teme, con más fundamento, un riesgo aún mayor que Inglaterra: el contagio. La rebelión de Túpac Amaru había demostrado que el orden imperial no era inmutable y que las ideas podían volverse contra quien pretendía utilizarlas.
De ahí que su política no sea ideológica, sino estructural. No pretende transformar el mundo, sino operar dentro de él, tensándolo sin romperlo. Su lógica puede resumirse en una secuencia precisa: decisión, refracción, ejecución. La decisión fija el objetivo; la refracción lo adapta a una realidad compleja; y la ejecución lo traduce en acciones concretas, contenidas y coordinadas.
Cuando España entra finalmente en guerra en 1779, no lo hace arrastrada por los acontecimientos, sino preparada para gestionarlos. Sus objetivos son claros y limitados: las Floridas, la Luisiana —ese espacio impreciso que conecta el norte continental con el Golfo de México—, el control del seno mexicano, Menorca y, si era posible, Gibraltar. No hay retórica en esa elección, sino cálculo.
Pero ese cálculo descansa sobre un elemento más decisivo que los propios objetivos: el dinero. Es ahí donde el sistema revela su verdadera capacidad y donde Floridablanca se proyecta en toda su dimensión. No crea una arquitectura nueva, sino que fuerza la existente hasta que da de sí: Vales Reales, movilización de crédito, creación de un Banco Nacional de San Carlos. Al mismo tiempo, activa una red de hombres capaces de convertir la decisión en recursos efectivos, y entre ellos destaca Francisco de Saavedra, cuya gestión resultó esencial para articular los flujos financieros y logísticos que sostuvieron el esfuerzo bélico. Desde México y La Habana, donde se concentraba la plata, se canalizaron recursos mediante una combinación de negociación, anticipación y confianza en las élites locales.
Nada de eso tuvo apariencia de epopeya, pero sin ello no habría habido guerra posible.
La memoria, sin embargo, no ha sido proporcional al esfuerzo. En 1783, el Congreso Continental decidió que el retrato de Bernardo de Gálvez debía figurar junto a los padres fundadores como reconocimiento a su contribución decisiva; una promesa que, atribuida a Washington, quedó en suspenso durante más de dos siglos, hasta que en 2014 el Senado estadounidense decidió finalmente hacerla efectiva. Hoy, con decenas de millones de hispanos en Estados Unidos, ese pasado empieza a revisarse, a veces con rigor y a veces con exceso, en un intento de equilibrar un relato que durante mucho tiempo ha preferido la claridad cómoda de la ayuda francesa a la complejidad más incómoda de la contribución española, incluso cuando parte de aquella se sostuvo, precisamente, con recursos procedentes del sistema hispánico.
Pero la historia no se corrige sustituyendo una simplificación por otra, ni ignorando que, desde finales del siglo XIX, la relación entre Estados Unidos y España se ha visto atravesada por una narrativa de superioridad que encontró en 1898, con el Maine y la guerra de Cuba, una de sus expresiones más eficaces. La historia selecciona, simplifica y ordena, y en ese proceso deja fuera aquello que no encaja con el relato dominante.
Doscientos cincuenta años después, la independencia de los Estados Unidos sigue siendo una epopeya, pero también fue otra cosa: una operación sostenida en el tiempo, financiada con inteligencia y ejecutada con paciencia por quienes entendieron que la guerra no empieza cuando se dispara el primer cañón, sino cuando alguien ha hecho posible que pueda sostenerse. Floridablanca no buscaba protagonismo, sino eficacia, y por eso quedó fuera del foco; pero sin esa eficacia silenciosa, sin esa capacidad de preparar desde la paz lo que debía resolverse en la guerra, la historia que hoy se conmemora habría sido, sencillamente, distinta.


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