En días pasados el escritor argentino Federico Andahazi comentó en las redes que había sido objeto del ataque de un bot. Este bot no es precisamente clandestino, de los que se te instalan en el disco duro y se apropia de una clave bancaria hasta un correo electrónico. No, esto es mucho peor ya que se trata del archiconocido Claude, la inteligencia artificial de Anthropic, que tantos cuestionamientos ha tenido. Claude leyó la traducción al inglés de El anatomista para entrenarse en un curso exprés de “cómo redactar al estilo Andahazi”, escribió una novela y se la envió al representante del escritor en Barcelona. Andahazi comentó que el mismo acto de piratería había alcanzado a otros escritores como Stephen King y que se preparaba una demanda de muchas cifras golosas en dólares. En 2010 mi tercera novela La advertencia del ciudadano Norton narraba el robo de una novela a la computadora de un escritor por un hacker, pero este caso que habrá asustado al inasustable King compromete a un bot muy a su aire y retrechero. Salieron algunos tecnólogos argumentando que “la narrativa de Andahazi sobre cómo “Claude decidió piratear” es incorrecta. Aclararon que no fue una decisión de la IA, sino que equipos humanos de entrenamiento utilizan grandes volúmenes de datos, a menudo sin distinguir la procedencia legal de los mismos.” Parole, parole, parole. Lo entrecomillado es información generada por la IA. Yo le creo a Andahazi y no al bot.
Estamos ante la inminencia de lo que Raymond Kurzweil llamó, siguiendo a los matemáticos John von Neumann y Vernor Vinge, la singularidad que no quiere decir otra cosa que la superación de la máquina por encima del hombre, en términos de replicarse, superarse y tomar decisiones. Las máquinas contra el hombre han sido siempre un tema de la ciencia ficción, pero la ficción se hace cada vez más real en términos de lo que la IA ha logrado ya. En el año 2000 leí un ensayo que me produjo una honda impresión por el panorama distópico que anunciaba. Se trata del trabajo de Bill Joy, Why the future doesn´t need us? (¿Por qué el futuro no nos necesita?). La publicación apareció en la revista Wired y recuerdo haberme procurado una impresión en papel porque pensaba que debía conservarla para que los años comprobaran si estaba o no en lo cierto. Joy es uno de los creadores de Java y fundador de Sun Microsystems. Su tesis alertaba que los avances en la nanotecnología, ingeniería genética y robótica pondrían en peligro el futuro de la humanidad, que los robots superarían al hombre, y que hasta alguien podría inventar un virus de laboratorio que podría acabar con la especie humana. ¿Les suena familiar esto último?
Lo cierto es que la IA no nos ha despedido, pero está comprometiendo significativamente nuestra concepción del mundo y hasta nuestra libertad. A la vez que es una poderosa herramienta para el conocimiento está siendo utilizada en sistemas totalitarios como China para ejercer un mayor control sobre la población en las llamadas “ciudades inteligentes” donde la IA gestiona las necesidades de sus ciudadanos, básicamente siguiéndolos, espiándolos, conociendo sus gustos, consumos y hábitos. ¿Quién dijo que el Big Brother no traspasaría la imaginación de Orwell? Bill Joy sostiene en su artículo citado que “es difícil calibrar un impacto cuando estamos en el vórtex del cambio”. Lo cierto es que muchas profesiones consideradas esenciales para la sociedad serán sustituidas por Claude y su pandilla impresentable quienes podrán replicarse y hacerse los mercenarios. Esto no lo podrá regular el mercado porque con la IA el mensaje más que nunca es el medio. Bill Joy pidió básicamente que nos detuviéramos, cosa que es imposible, así como invitó a evaluar las tecnologías para medir sus consecuencias de peligro, del mismo modo como sugirió que los científicos se negaran a trabajar en tecnologías con el potencial de causar daños. El llamamiento ético sigue siendo fundamental, pero no suficiente. No sé qué tipo de regulación compete para este cambio de paradigma civilizatorio, si es que es posible alguna: lo cierto es que desconocemos la aterradora o bendecida dimensión de lo que será el mundo en el más corto plazo, porque esto viene a una velocidad imparable. Esta ética también nos concierne en nuestros hábitos cotidianos. Basta comprobar el grado de dependencia y el hechizo que tenemos con nuestros teléfonos inteligentes en que la vida va aflorando en una pantalla porque hemos dejado de vernos directamente a los ojos y el verbo pensar ha sido desplazado por guglear.
Nuestro más preciado logro occidental es la libertad, a la que nunca podemos dar por sentada y hay que salir a defenderla a diario. Cuando los V-2 caían sobre Londres en plena Segunda Guerra Mundial el ilustre escritor Cyril Connolly escribió La sepultura sin sosiego, en la que entre otras cosas decía que “La civilización se mantiene gracias a muy escasas personas, en muy escasos lugares; bastarán sólo unas pocas bombas y unas pocas prisiones para hacerla desaparecer por completo.” Como señalaba Bill Joy, el peligro de destrucción nuclear estaba en los países poseedores de la bomba atómica, pero en nuestros días es el control por parte de individuos o de grupos de esa alquimia tecnológica. Bastarán unas aplicaciones y unas computadoras rebeldes para esfumarnos o reducirnos a una servidumbre ideada por los tiranos de ocasión. Ni hablemos del calentamiento global: para alimentar un centro de datos, esos que hacen que Grok te responda al instante, se necesitan plantas termoeléctricas de unos 600 megavatios, mientras que una de 300 megavatios está en capacidad de darle electricidad a centenares de miles de personas.
Probablemente indemnicen a Andahazi y los escritores afectados con una suma importante que les repare el daño causado y les tranquilice el bolsillo. Llegará un momento en que no procederán las indemnizaciones por la avalancha de bots descontrolados haciendo de las suyas. Y no serán precisamente los escritores quienes salven su pellejo en la nueva división del trabajo que promete este nuevo y bravo mundo. Estando tan de capa caída en nuestros días, no me aventuro a pensar cómo se salvará la literatura y menos si comienza a ser escrita por unos apuntadores digitales, impostores e inmorales. Con razón el premio Nobel de física 2024, Geoffrey Hinton, alertó que la transformación a que nos arrastra la IA no es meramente tecnológica sino un cambio fundamental en el capitalismo que profundizará las desigualdades. Cuando le preguntaron que recomendaba estudiar en nuestros días dijo tajantemente: fontanería. Bienvenidos a la posthumanidad. Pronto sabremos si el futuro nos dejó a un lado.


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