Imagen de portada: Joven leyendo, de Mary Cassatt
Josan Hatero, reciente ganador del Premio Barco de Vapor con La memoria de las bicicletas, reflexiona sobre la importancia de la lectura, especialmente entre niños y jóvenes.
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En septiembre del año pasado, una personalidad de Internet, de cuyo nombre no quiero acordarme, colgó en alguna red social un vídeo en donde sentenciaba que los que disfrutamos de la lectura: “no sois mejores porque os guste leer”.
Mis padres no eran lectores. Los dos se criaron en la posguerra en situaciones de pobreza extrema, especialmente mi padre. Obligado a trabajar desde los ocho años, apenas pudo asistir a la escuela, lo justo para aprender las cuatro reglas, como él decía. Cuando necesitaba apuntar algo, le pedía a mi madre que lo hiciera. Ella no iba sobrada de ortografía, pero poseía una caligrafía bonita, sinuosa, de otra época. Ninguno tuvo oportunidad de desarrollar el hábito de la lectura en su infancia y, sin embargo, entendían la importancia de que hubiera libros en casa, a mi alcance. No se compraban zapatos nuevos, se remendaban; los jerséis los tejía mi madre y ella misma me cortaba el pelo (hay testimonio gráfico de ello, ese flequillo a lo Bruce Lee); y sin embargo, si yo pedía un libro, tanto daba que fuera para el colegio o para saciar mi avidez lectora, se me compraba o se me prometía para Reyes, para mi santo, para mi cumpleaños, si aprobaba todas las asignaturas. Los libros y los tebeos eran un regalo y un premio al mismo tiempo. Ellos no leían (ni siquiera mis libros, su único hijo), pero lo sentían como una falta, no como una ufanía. No leían, insisto, no tenían estudios, pero entendían los beneficios de la lectura y la importancia de alimentar mi curiosidad.
Ah, la curiosidad, el motor de todo avance humano. Sentimos curiosidad por el mundo que nos rodea, por los demás, por nuestro cerebro. Hace pocos años se descubrió que, según estudios sobre la actividad cerebral, leer la historia de un personaje de una novela es casi igual a vivirla. En palabras de Véronique Boulenger, investigadora en Neurociencia Cognitiva del Laboratorio de Dinámicas del Idioma en Lyon, Francia: “Las regiones motoras del cerebro que se activan cuando leemos un verbo de acción están muy cerca de las regiones que se activan cuando se lleva a cabo dicha acción. De alguna manera, el cerebro simula lo que lee”.
Es decir, nuestro cerebro no distingue claramente entre leer sobre la experiencia de un personaje de ficción y realizar esa misma actividad en la vida real. Como explicó en 2016 Raymond Mar, doctor en psicología de la Universidad de York, en Canadá, esa es la razón por la cual “sentimos miedo cuando leemos una historia cuyo protagonista se enfrenta a una situación peligrosa”. Además, este científico añadió que “si lees una rica descripción de una escena se activa la corteza visual del cerebro. Hay evidencias de que cuando se lee creamos fotos mentales de esa descripción”.
También según el doctor Mar, “esto significa que al leer mejoramos nuestra capacidad para entender a otras personas. Por ejemplo, no podemos saber cómo es vivir con una discapacidad, pero podríamos acercarnos a entender esa experiencia si leemos un relato muy bien escrito que nos ponga en el lugar de una persona discapacitada”.
De esto podemos sacar una conclusión evidente: la lectura aumenta la empatía; es decir, literalmente, leer nos hace mejores personas. Y oigan, tal como están las cosas por ahí afuera, ¿no les parece que ya es un buen motivo para animar a la lectura? Especialmente a los niños. No se me ocurre una mejor inversión de futuro.
Ahora que la premisa de esta columna ha quedado probada, vamos a pensar cómo llevarla a cabo.
Para empezar, si usted no es lector y ha decidido darle una oportunidad a la lectura, ¡bravo y enhorabuena! Tiene un mundo casi infinito de historias por delante. No se abrume. Si no sabe por dónde empezar, acuda a una librería o la biblioteca municipal más cercana y pida consejo. Y si le recomiendan una novela, comienza a leerla y no le convence, déjela y busque otra. ¡Si será por libros! Hay que perder el miedo a abandonar una lectura que no nos está seduciendo. Esa idea de que una vez empezado un libro, hay que terminarlo como sea, ha dejado en la cuneta a muchos lectores. Especialmente jóvenes.
Este punto me parece clave: no debemos entender la lectura como una obligación, sino como lo que es: un placer. Intelectual, estético, sensorial; también un entretenimiento, no hay ningún sonrojo en ello. No nos forcemos a leer y, por favor, no obliguemos a los niños a leer historias que consideramos necesarias porque trasmiten un determinado mensaje. Por sí sola, la lectura ya es un valor. No me crean a mí, confíen en los estudios científicos: está sobradamente probado que la lectura mejora la imaginación, la creatividad, la capacidad de toda de decisiones, la inteligencia comunicativa y verbal… ¡Incluso reduce los niveles de estrés!, hasta en un 68%, según reveló una investigación de la Universidad de Sussex, Reino Unido.
Por todo ello, reitero, animemos a los niños a leer, ofrezcámosles lecturas, vayamos con ellos a las librerías y bibliotecas, y dejemos que ellos escojan lo que más les llame la atención. Que construyan el hábito de la lectura sin forzarlo, con naturalidad. Serán más felices. Y, sí, cuando crezcan, serán mejores personas, no les quepa la menor duda.


Hay genios lectores que te traicionarían mirándote directamente a los ojos, médicos abusadores, analfabetas odiosos, campeones del mundo que ni han terminado la escuela, personajes históricos con varios doctorados y también muchos iletrados que han hecho mejor a la humanidad que 100 académicos juntos. La evidencia científica no puede decir que nos hace “mejores personas” porque ni siquiera está dentro de las posibilidades de la ciencia definir con exactitud qué es ser “buena persona”. La lectura desarrolla habilidades, eso es lo que la ciencia sabe de sobra, habilidades que no definen tu valor como persona, como si lo hacen tus acciones. Es importante abandonar la ignorancia del complejo de superioridad, una capacidad de atención mejorada o un pensamiento abstracto superior no te vuelven el mesías, eso es una ridiculez.