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Marisa Paredes, mucho más que una chica Almodóvar

Marisa Paredes, mucho más que una chica Almodóvar

La noche se cerró con un zumbido sordo sobre Madrid, la ciudad que la vio nacer, crecer y despedirse. “Se le rompió el corazón”, afirmaba alguien cercano. Marisa Paredes, la actriz de voz rota y presencia imponente, la hija de la portera del número 13 de la plaza de Santa Ana, ingresó en la Fundación Jiménez Díaz, para no salir. El corazón, ese órgano terco y a menudo cruel con las almas apasionadas, decidió poner punto final a una vida que se desbordaba por todas las rendijas. La noticia, por inesperada, sacudía a los amantes del cine y el teatro, de manera tan solemne como lo era ella: ha muerto Marisa Paredes, a los 78 años, dejando tras de sí una biografía que más parece el guion de una tragedia rusa, teñida de gloria y rebeldía.

De la niña que fantaseaba con el escenario desde el zaguán de una portería madrileña a la gran dama del cine de Pedro Almodóvar, Marisa Paredes nunca se permitió el lujo de ser corriente. Cuando uno piensa en ella, la imagina con un cigarrillo a medio consumir, la mirada fija en el infinito y esa voz madura, quebrada, capaz de atravesar el silencio de una sala. Una actriz que, como ella misma decía, no tenía “pinta de española”, lo que le valió encarnar a las mujeres más hondas, las más complejas, esas que siempre caminan al borde del precipicio con los labios pintados de rojo.

En sus últimos días, Marisa estaba preparando su regreso a los escenarios, dentro de la programación del Teatro Bretón de los Herreros, de Logroño, con un monólogo titulado “Cargada de futuro”, un espectáculo que mezclaba poesía, recuerdos y cine y donde la actriz tenía previsto aprovechar para reflexionar sobre su propia vida, evocando con imágenes y música la Transición política de nuestro país. Porque los años no redujeron el ingenio de Marisa, sino que lo templaron, como una espada antigua. Más tarde, todo aquello resonaba como una cruel paradoja de la muerte.

"Trabajó como asistente y modelo improvisada en el taller de un modisto, descubriendo allí el gusto por la elegancia, lo que la llevó directamente a la interpretación"

Nacida en Madrid, el 3 de abril de 1946, María Luisa Paredes Bartolomé comenzó a actuar a los 14 años. Nunca renegó de su origen humilde y hablaba con orgullo de su infancia y adolescencia, viviendo en una portería que regentaba su madre en la capital de España, a pocos metros del Teatro Español, un edificio que siempre contempló con admiración. “Me fascinaba aquella puerta por la que entraba y salía gente de la farándula. Sabía que allí pasaban cosas: el color, la libertad, la alegría. La posibilidad de escapar de la horrorosa realidad. Y yo quería eso: convertirme en una mujer fantástica como aquellas”, explicaría en una entrevista.

Su infancia fue difícil y, con apenas 11 años, se puso a trabajar para poder llevar a casa algo de dinero, que siempre faltaba. Trabajó como asistente y modelo improvisada en el taller de un modisto, descubriendo allí el gusto por la elegancia, lo que la llevó directamente a la interpretación. Porque, desde muy pequeña, Marisa sintió la vocación artística, pero tuvo que superar los recelos de su padre, Lucio Paredes, para poder estudiar en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. “¡Han matado al compadre Turino!”, gritó a los 14 años, en su primer papel en el cine. Aquella frase, una línea perdida entre fotogramas en blanco y negro, fue el origen de todo. El guionista y director Víctor Vadorrey, la escuchó y decidió enviarla al Teatro de la Comedia, donde trabajaba Conchita Montes. Fue allí donde Marisa comenzó su peregrinaje por las tablas y donde la vida le mostró su verdadero rostro.

Pero si alguien incorporó su nombre a la historia del cine fue Pedro Almodóvar. Él supo ver lo que muy pocos eran capaces de percibir: las luces y las sombras de una mujer que podía ser muchas mujeres a la vez. Juntos crearon un puñado de personajes que respiran aún en la memoria colectiva, como si hubieran existido de verdad. El comienzo de la relación se produjo en 1983, con el filme Entre tinieblas; después vinieron Tacones lejanes, La flor de mi secreto, Todo sobre mi madre, Hable con ella y, finalmente, en 2010, La piel que habito, su última colaboración.

Sus personajes almodovarianos tienen como común denominador la imagen de una mujer herida, digna, elegante. Inolvidable es su interpretación del bolero “Piensa en mí”, perteneciente a su papel de Becky del Páramo en Tacones lejanos.

Pero Paredes también trabajó con otros destacados directores internacionales. En especial con el italiano Roberto Benigni, en la galardonada película sobre la Segunda Guerra Mundial La vida es bella, con el director chileno Raúl Ruiz del Pino, con Fernando Trueba, Amos Gitai y Arturo Ripstein, en la adaptación cinematográfica de El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez. En total, participó en 75 películas, más de 80 series de televisión y protagonizó 15 obras de teatro.

Sin embargo, Marisa Paredes no solo fue musa. Imaginándola como presidenta de la Academia del Cine en los años del “¡No a la guerra!”, uno la percibe con la mirada de quien lo ha visto todo y no teme a aquella noche de 2003, transportando por las calles de Madrid aquella caja de zapatos repleta de pegatinas y capitaneando a toda la profesión para decirle NO a la guerra de Irak. Fue un acto de libertad, un gesto de dignidad colectiva en un país que entonces bullía de indignación. Marisa Paredes, que nunca necesitó una causa para ser valiente, se convirtió en la voz de todos.

Recibió múltiples galardones a lo largo de su carrera, como el Fotogramas de Plata a la mejor actriz de cine en 1991, el Premio Nacional de Cinematografía en 1996, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2007 y el Premio Goya de Honor en 2018. “Esta no es una noche tensa, sino libre. No hay que tener miedo a la cultura, ni al entretenimiento, ni a la libertad de expresión, ni mucho menos a la sátira, al humor. Hay que tener miedo a la ignorancia y al dogmatismo. Hay que tener miedo a la guerra”, manifiestó durante su discuro, arrancando una de esas ovaciones del público que no se olvidan. Fue reconocida con la Gran Cruz de Isabel la Católica a título póstumo.

No obstante el reconocimiento que recibió por su carrera, Paredes prefería destacar su activismo político y feminista. Comprometida en cuerpo y alma con la democracia, abogaba por la libertad de expresión y frecuentemente apoyaba movimientos sindicales y de izquierdas. No perdió oportunidad de arremeter contra el machismo y en favor de la igualdad de género. Tampoco fue tibia criticando la presión que Hollywood ejerce sobre las mujeres, particularmente a medida que envejecen. Una de las últimas escenas que protagonizó en este sentido, y que se convirtió en viral en las redes sociales, fue durante el funeral de Concha Velasco. En la capilla ardiente, instalada en el Teatro La Latina, mientras Marisa atendía a los medios de comunicación, apareció por allí la presidenta de la Comunidad de Madrid, y la reacción de la actriz no se hizo esperar: “¿Ayuso? ¿Qué hace aquí? ¡Fuera!”, fueron sus palabras, por las que recibió numerosas felicitaciones. Más tarde explicaría que “su presencia no tenía mucho sentido, Concha era de izquierdas, claramente, y Ayuso, que yo sepa, no”.

"Un conmocionado Pedro Almodóvar declaraba: Es como si la muerte hubiera jugado sucio y no hubiera respetado las reglas de la existencia"

Porque Marisa Paredes era la actriz roja, la reivindicativa, la que un día iba de capa y túnica a los Goya y su peinado de gran diva, como al siguiente participaba en una manifestación de la izquierda contra “la tala” o contra el “genocidio de Gaza”.

Según fuentes de su entorno cercano, Paredes se encontraba en perfecto estado hasta el domingo anterior a la fecha de su muerte, cuando acudió al Teatro Español para ver la representación de “Luces de Bohemia”, en la que participaba su hija, la también actriz María Isasi. De hecho, tras la función estuvieron “charlando y tomando unos vinos”.

Tan solo dos meses antes de su fallecimiento había participado en la fiesta homenaje a Pedro del Hierro, luciendo un conjunto dos piezas, de la firma, que, como ella misma confesaba, tenía en el armario desde hacía muchos años. Contaba entonces a Vanitatis que tenía vestidos de hacía más de 30 años. “Son incunables que me sigo poniendo”. Pero, sin duda, su diseñadora fetiche fue Sybilla. Ella fue quien la vistió en casi todas las grandes ocasiones, también durante el tiempo que ocupó la presidencia de la Academia del Cine, cuyo papel no estuvo exento de polémica. Y es que, durante su mandato, los Goya modificaron su sistema de votación en su primera ronda, pasando del tradicional método en el que todos los miembros votaban en todas las especialidades, a un sufragio por gremios, en el que cada miembro elegía cuatro candidatos de su especialidad. El sistema no gustó nada al que había sido su director fetiche, Pedro Almodóvar, que mostró desde el primer momento su desacuerdo con la Academia y, por extensión, con la propia Paredes. Aunque cierto es que las aguas no tardaron en volver a su cauce y fueron muchos los reencuentros que protagonizaron después.

"No fueron muchos los titulares que dio su vida personal. Aunque se consideraba enamoradiza, fue siempre muy discreta, por lo que no fueron muchos los romances y rupturas que trascendieron a la opinión pública"

Pero el 17 de diciembre de 2024 afirmó sentirse mal, ingresando en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Falleció tan solo unas horas después, a causa de un paro cardiorrespiratorio, a los 78 años. La repentina muerte de la reconocida actriz causó estupor en el mundo de la cultura, dando lugar a numerosas reacciones de compañeros de la profesión, políticos y periodistas. Un conmocionado Pedro Almodóvar declaraba: “Es como si la muerte hubiera jugado sucio y no hubiera respetado las reglas de la existencia”. Y, en cuanto a su calidad interpretativa, el director manchego aseguraba: “Todo lo que hizo, lo hizo mucho más que maravillosamente”.

“Hemos perdido a una voz influyente. Era difícil no ver una movilización social en la que no estuviese ella. Es un día muy triste para la sociedad y el cine español”, declaraba el presidente del Gobierno a preguntas de los periodistas a la salida del tanatorio.

No fueron muchos los titulares que dio su vida personal. Aunque se consideraba enamoradiza, fue siempre muy discreta, por lo que no fueron muchos los romances y rupturas que trascendieron a la opinión pública. Su primer gran amor fue el novelista, dramaturgo y director Fernando Fernán Gómez, a quien conoció cuando tenía 16 años y le ayudó a impulsar su carrera como actriz.

Después, vivió un romance con el actor de fotonovelas españolas José Antonio Mayans y, posteriormente, se enamoró de otro gran director, Antonio Isasi-Isasmendi, casi veinte años mayor que ella, con quien tuvo a su única una hija, María Isasi, que heredó de sus padres su pasión por la actuación. Después de seis años de relación, rompieron y la musa de Pedro Almodóvar rehízo su vida sentimental, a partir de 1983 junto al fotógrafo y exdirector de la Filmoteca Española José María Prado, con quien ha compartido más de 40 años de relación hasta su fallecimiento. El director y realizador Antonio Isasi fallecería en Ibiza en septiembre de 2017 a consecuencia de una neumonía, dando lugar a un duro enfrentamiento entre los herederos de su patrimonio.

Porque José María Prado, más conocido como Chema, se convirtió en el verdadero amor de su vida. Una de las últimas veces que se les vio juntos en público fue en el Festival de Cannes. Desfilaron por la alfombra roja del brazo y muy sonrientes. Prado es una figura muy reconocida y respetada en el mundo del cine. Fue director de la Filmoteca Española durante 27 años, además de productor y asesor del Festival Internacional del Cine de San Sebastián. Prado conoció a Marisa Paredes en los años 80. Ella acababa de rodar la película “Entre tinieblas” con Pedro Almodóvar y Prado le pidió al cineasta manchego que le presentase a la actriz. “Fue en Venecia”, contó él mismo a la prensa. Desde entonces no se separaron, y mantuvieron una relación que duró más de cuatro décadas, aunque nunca pasaron por el altar.

"Marisa Paredes ya salió de escena, pero su voz seguirá sonando entre los versos de Miguel Hernández, en las canciones de Aute o en los monólogos de Chéjov"

Pero, en su intimidad, Marisa era un refugio de calma. Junto a su pareja Chema Prado encontró el equilibrio que a menudo faltaba en los guiones que interpretaba. Pronto se instalaron juntos en el piso 21 de Torres Blancas, un edificio icónico de Madrid situado en la Avenida de América. “Fue una época divertidísima. Había en la última planta un restaurante buenísimo al que, ocasionalmente, porque era muy caro, le pedíamos que nos preparara la comida y nos llegaba a través del montaplatos. Era todo mágico y tan misterioso”, contó Paredes en una entrevista. Y si no, preparaban tortillas de patatas para Malkowich y Bertolucci, improvisaban cenas a base de pimientos de Padrón y recibían a viejos amigos que llegaban con las manos llenas de historias. Allí, entre libros y recuerdos, Marisa fue feliz. Después se mudaron a un piso en la calle Almirante, en pleno barrio de Chueca, donde era habitual verlos pasear juntos.

Hoy Chema Prado sigue llorando su pérdida junto a la única hija que tuvo la actriz, María Isasi, y su nieta Thelma, de tres años. Chema Prado relataba que la muerte de Marisa fue completamente inesperada, encontrándose verdaderamente afectado.

De este modo despertaba Madrid con una herida en la memoria colectiva. La capilla ardiente de Marisa Paredes se instaló en el tanatorio de San Isidro, aunque no era difícil imaginar su espíritu vagando por la plaza de Santa Ana, por los camerinos del Teatro Español o por alguno de aquellos rincones de la ciudad donde fue feliz. Marisa Paredes ya salió de escena, pero su voz seguirá sonando entre los versos de Miguel Hernández, en las canciones de Aute o en los monólogos de Chéjov. Y, noche tras noche, Becky del Páramo volverá a cantar en silencio para un público emocionado que siempre alabó su trabajo y su compromiso personal.

Esté donde esté, con seguridad Marisa Paredes seguirá enarbolando la bandera de las causas justas y la defensa de la paz y los derechos humanos. Gracias, Marisa. Siempre en escena. Siempre viva.

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