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Desaparecer

Hace unos días me topé con una teoría en redes. No sabía ni que existía. Era la teoría de los extraños en cinco años; una idea que plantea que en ese plazo de tiempo gran parte de tu círculo social se volverá desconocido. Pareja, amigos, vecinos, compañeros de trabajo o de estudios dejarán de estar dentro de tu vida cotidiana, ya no pertenecerán a tu rutina. No se trata de nada personal, sino de una evolución natural, de una renovación constante en la que unos llegan para acompañarte en una nueva etapa y otros se van. Es un distanciamiento paulatino que no atiende a razones violentas. Sencillamente, esas relaciones se desvanecen. Nuestro círculo se disuelve y nosotros nos disolvemos en el de otros. Y no puedo dejar de pensar en lo acertada que es esta teoría cuando miro hacia atrás y veo a todos aquellos que ya no están y que un día fueron tan importantes —incluso cruciales— para mí. Me entristece pensar en ello como un ciclo que se repite una y otra vez. A muchas de esas personas las echo mucho de menos y, sin embargo, a pesar de ello, sé que intentar recuperar el trato sería un ejercicio vano. Nuestro momento ya pasó.

Pienso en ello mientras medito. No lo consigo. No puedo dejar la mente en blanco. Hace años no se me daba mal y conseguía abstraerme del ruido mental durante casi una hora. Hace años. Entonces el tiempo pasaba volando, como una centella. Ahora me cuesta atrapar el runrún de esos pensamientos, decirles adiós como si fueran una bandada de mariposas encerradas en el hueco de mis manos; por más que las abro para dejarlas marchar, no se van. Me resulta imposible y agotador. Porque esos pensamientos se entrelazan en una cadena infinita y tiran unos de otros, atrayendo del pasado recuerdos casi extintos, ideas e imágenes absurdas que no sé si son reales o no. Las personas desaparecen. Y, con ellas, también lo hacen muchos de los recuerdos asociados a su persona. Como si necesitáramos extirparlo todo para que fuese menos doloroso. No. No son un cáncer. No se pueden eliminar. No quiero que se marchen. Solo que callen.

"Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que vi una película sin que acudieran a mi memoria rostros, imágenes o palabras"

El silencio actúa a menudo como un catalizador que filtra y amplifica. Cuando no es posible recurrir a él, la mente se deja llevar por los mundos que activa el ruido del cine, la música o los libros. Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que vi una película sin que acudieran a mi memoria rostros, imágenes o palabras. Como un flujo interminable de asociaciones que no puedo detener y que desvían mi atención del foco real y me impiden disfrutar de esos minutos de supuesta desconexión. Porque veo a Lee o a Chan y me viene a la cabeza el recuerdo de mi amigo Miguel, maestro en artes marciales y funcionario de Justicia. Y me lo imagino vestido de cuero, con ese medio antifaz con cuernos combatiendo en la Cocina del Infierno de Albacete. Y entonces pienso en el drama de Brandon, el hijo de Bruce, y en cómo acabó su carrera por un disparo accidental mientras rodaba El cuervo. Y es otra imagen potente que me lleva a pensar en Poe. Y Poe me lleva, por motivos diferentes, a Lovecraft y así hasta el infinito. Porque mi mente bulle y tiembla, mis dedos se retuercen inquietos y, en esos breves intervalos en que el calor remite y una nueva obra pugna por abandonar los límites de mi imaginación, las ideas se agolpan y tiran de todo lo que me rodea sin compasión, sin freno. De no ser por la niebla que acolcha las paredes de mi mente, ese muro de hormigón blandito, ahora mismo estaría volcando todo eso sobre el papel.

Y digo niebla y pienso en King y Darabont, en Carpenter y Andrea Nusán. También hay otras nieblas que me aturden y me dan arcadas, que traen recuerdos menos gratos a mi vida, pero son las de esa ficción que amo las que me atrapan y me llevan a lugares que deseo visitar –inhóspitos, recónditos, irreales– y en los que quiero dormitar plácidamente. Y veo la densa capa gris envolviéndome y, de repente, también veo desiertos anaranjados de grandes dunas y pienso en Paul Atreides y en Domi y en nuestro viaje a Marruecos hace treinta años en mi vieja Nissan Vanette. Y pensar en el pasado me lleva a pensar en regresar —como Marty McFly— al futuro después de reorganizar ese tiempo pretérito. Es entonces cuando me doy cuenta de que somos lo que somos por lo que fuimos. Y no quiero cambiar eso.

"Durante un tiempo, mantuve el contacto con algunos. Pocos. Al final, la vida prevalece. Ya solo quedan recuerdos. A veces, difusos. A veces, inciertos"

Pensar en grandes pantallas me lleva a las más pequeñas, a ese pasado de decenas de horas tras el mostrador de un videoclub con todas esas anécdotas y buenos ratos; también al salario pobre y al cansancio, a los malos rollos y los enfrentamientos con los clientes. Cinco años. Quizá menos. O más. Porque yo tiendo a postergar, a no aceptar las despedidas y los finales, a creer en los demás incluso cuando ellos no lo hacen, cuando yo no creo en mí mismo. Tiendo a alargar la agonía de esa muerte anunciada. ¡Cuánto ha cambiado todo desde que tuve mi primer contacto con el cine! Mi primera vez en una sala fue para ver Batman, la de Nicholson, Keaton y Basinger. Siempre me gustó la oscuridad, incluso en los superhéroes. Por eso ahora me atrae The Boys y, por eso, siempre tuve debilidad por Spawn y Constantine, por los cenobitas y los habitantes del Midian de Barker. Cabal. Los libros de sangre. Hellraiser. A Evan no le va mucho el body horror ni esas historias. A mí me encanta. Del mismo modo que me encanta el olor a bollería y pan recién hechos. Y reconozco que hay una gran dosis de nostalgia en ello. De los tiempos en que trabajaba entre hornos siendo apenas un adolescente, cuando aprendía de mi padre y de la vida. Eran veranos duros. Pero también muy reconfortantes. Entonces no me importaba tanto pasar calor y me encerraba con Miguel, Fede y Javi en el cuartucho de atrás, nuestra sala de ensayo, para aporrear los instrumentos. Dedicaba horas a tocar la guitarra en mi habitación después de llegar a casa oliendo a azúcar y chocolate, con la ropa llena de harina y el delantal manchado de huevo batido, merengue y almíbar. Yo tocaba a diario en solitario y con los chicos los domingos por la tarde, después del trabajo, con la comida aún en el estómago y los ojos cansados de la noche anterior dando vueltas entre el Tam Tam, El Conjuro y el Válgame Dios antes de acabar cerrando El Coyote, locales que ya no existen en Lo Pagán y que fueron nuestro refugio durante años. En alguno de ellos tocamos una vez. Lo echo de menos. Ya casi no toco. Nos llamábamos Ben Adâm, «el hijo del hombre». Algo bíblico que nada tenía que ver con el dragón de nuestro logo ni con nuestra música. Tocábamos versiones de Guns n’ Roses, Metallica y Los Suaves, y también temas nuestros. Esos se han perdido para siempre. Una vez fuimos a un estudio de grabación en Beniaján. El tipo perdió las pistas que habíamos grabado y nunca más se supo. Los noventa fueron una buena mala época. Hubo de todo. También todo aquello se perdió. Una prueba más de la teoría de los extraños en cinco años.

Con el cambio de milenio, el corazón roto y los sueños renovados, eché a volar y me fui de aquí. A Lowestoft, Inglaterra. Pelayo, Willy, Ana, Juanito, Tony… Cada vez que llega el frío, la lluvia y el viento, me acuerdo de aquella época y toda esa gente con la que compartí tantos meses fuera de casa. Hay días en que cierro los ojos y puedo sentir que sigo allí. Me pregunto cuánta de toda esa gente que se ha cruzado en mi camino seguirá viva, dónde estarán mis amigos de entonces, qué será de sus vidas. Durante un tiempo, mantuve el contacto con algunos. Pocos. Al final, la vida prevalece. Ya solo quedan recuerdos. A veces, difusos. A veces, inciertos. Es entonces cuando la nostalgia me aprieta el alma y me dejo llevar por el aroma a salitre del mar, por la cadencia de sus olas y su presencia calmante. Camino hasta la playa y admiro el horizonte.  Incluso entonces no puedo evitar pensar en gente, en libros y películas, en momentos, en vidas. En los que se fueron y en esos otros que llegaron. En los círculos de los que formé parte y en aquellos otros en los que estoy. Puede que no sea por cinco años, que sea por tres o por diez. Nunca se sabe. Las teorías son solo eso. Muchos irán. Otros vendrán. Y la vida, como siempre, terminará por imponerse. Porque, como decía el alcalde Prentiss para dominar el ruido, «yo soy el círculo y el círculo soy yo». Y, al final, es lo único que queda.

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