Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 16 de mayo de 1936: Entrevista con Alfonso XIII (1)
Entonces, majestad. Me gustaría, si no le molesta, hablar del carlismo. Ya sabe que para los carlistas la República es algo tan fatal, supongo, como para los alfonsinos.
—Se ha dicho que su primo don Jaime era un Borbón imprudente, amigo de las chirigotas superficiales y volterianas. ¿Era así como lo veía usted?
—Ja, ja. Don Jaime era un caso, un hombre con una inteligencia política muy aguda, como probaron sus declaraciones cuando abandoné el país. Fue de los primeros en darse cuenta de que la República española era un paso más hacia el abismo, como en cierto sentido la monarquía liberal ya lo había sido.
—La República impuso un ambiente chabacano. En la plaza Mayor, durante los días de su proclamación, a una señora con cierta urgencia fisiológica le dijo su compañero: «Hágalo usted aquí mismo, señá Paca, que tenemos República». ¿No le parece un ejemplo de cómo afecta el republicanismo a los españoles?
—Prefiero no entrar en este tipo de disquisiciones.
—Y la aproximación de don Jaime a usted, ¿cómo la valoró en su momento?
—Don Jaime no tuvo descendencia. Por eso proponía que convergieran en mi hijo Juan las dos ramas de la familia, a cambio de ser reconocido jefe de la misma. Yo lo habría aceptado; era la solución más elegante a un conflicto centenario. Desgraciadamente, Jaime murió y Alfonso Carlos, con sus ochenta y ocho años y sin descendencia, que además vive en Viena, y Fal Conde, su mano derecha en España, tienen otra visión del asunto.
—Ya que estamos en Italia, este hermoso país, ¿podría hablarme de la entrevista que mantuvieron los tradicionalistas y representantes de Renovación Española con Mussolini? Se dice que tuvo lugar en el palacio de Venecia en marzo de 1934, y que le expusieron al Duce su proyecto de luchar contra la República. Es un secreto a voces que a esa reunión asistieron Goicoechea, de Renovación Española, y Antonio Lizarza, de Comunión Tradicionalista. ¿Me lo confirma, majestad?
—Sí. Pero dime primero qué se sabe al respecto.
—Poca cosa. Que el Duce insistió en condicionar su ayuda a la futura restauración de la monarquía en España. Algo con lo que tanto Goicoechea como Antonio Lizarza estaban de acuerdo. El Duce patrocinaba una monarquía corporativa, orgánica. En eso estaban todos conformes. Pero cuando el Duce preguntó por la persona del rey, Goicoechea precisó que pudiera ser su hijo don Juan, pero Lizarza torció el gesto. Y Mussolini, que no tiene ni un pelo de tonto, lo entendió perfectamente. Dijo: «Ya veo que están ustedes de acuerdo, pero ello no es de mi incumbencia y ya lo resolverán ustedes. Lo esencial es que el régimen sea monárquico y de tendencia corporativista». Al parecer, prometió ayuda económica y armas sin cuantificar.
—Son detalles en los que no puedo entrar, Ruano, y por supuesto nada puede aparecer de ninguna manera en la entrevista. Pero aquí, inter nos, puedo confirmarte que hubo un número cuantioso de fusiles, ametralladoras, bombas de mano y radios de campaña entregadas en Trípoli, para ser llevadas a España. Y tanto tradicionalistas como alfonsinos se comprometieron, en caso de derrocar la República, a hacer un pacto de amistad con Italia. Si hubiera una conflagración en el Mediterráneo, por ejemplo, eso desde luego llevaría a España a romper el tratado firmado con Francia, evitando que las tropas francesas crucen la península en caso de conflictos en el norte de África.
—Todo lo que cuenta es tremendamente interesante, majestad, y esta entrevista de por sí sola justifica mi estancia en Roma, se lo aseguro.
—Me alegro, Ruano. Y me alegro también de que por fin nos podamos conocer.


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