Foto: John Campbell.
Dorianne Laux es una poeta nacida en Augusta (Maine, EE.UU.) en 1952. Es autora de varios volúmenes de poesía. Ha publicado Awake (1990), What We Carry (1994), Smoke (2000), Facts About the Moon (2005), The Book of Men (2011), Only As the Day Is Long: New and Selected Poems (2019), y es coautora de The Poet’s Companion: A Guide to the Pleasures of Writing Poetry (1997). Su obra ha sido finalista del premio Pulitzer y del National Book Critics Circle Award. Hasta la publicación de Después de doce días de lluvia, antología que recorre sus primeros tres libros (Awake, What We Carry y Smoke) y que fue publicada por Zindo & Gafuri en 2025 en Argentina, sus libros permanecían inéditos en español. Presentamos una selección de poemas con traducción de Patricio Grinberg y de Jonio González.
***
Pirómano
Desde esta mañana ha gastado
una caja entera de fósforos Safeway, esos
con los contornos de las caras de los presidentes
impresas en rojo, blanco y azul.
No le alcanza con un fósforo cada vez.
Le gusta volcar la caja sobre el cenicero
y encenderlos todos juntos, la llama
a menos de un centímetro de sus dedos
mientras los padres de la nación arden.
No le importa la democracia
ni la anarquía o el mensaje interior
que promete una escuela de arte a mitad de precio
si completa el perfil de una mujer
y lo envía. La dirección arde,
el código postal y el número de teléfono, las fechas
de nacimiento de los presidentes,
el rostro inacabado de la mujer. Tengo miedo
de que haga esto cuando ya no esté
de que prenda fuego las cortinas,
el sofá. Enciende un fósforo tras otro,
una pequeña pira sobre la mesa de la cocina.
Debería hablarle de Prometeo
y el buitre, de los incendios forestales
que arden en las colinas de Oregon.
Quiero hacer lo que debería
hacer para asustarlo, pero su cara
está radiante, encendida de poder,
y no puedo apartar los ojos de la luz.
***
En el patio de atrás
La gata pide su comida.
Me agacho y sirvo
estrellas marrones de soja en su plato,
acaricio su pelo oscuro.
Todavía no es de noche.
Puntitos de luz en el cielo del este.
Sobre el techo de mi vecino, una luna
transparente, un trapo rosa de nubes.
Dentro de mi casa están los que me aman.
Mi hija espolvorea la masa de las galletas.
Y hay un hombre que me levanta el pelo
en sus manos, lo cepilla
hasta que saca chispas.
Todo está como lo dejé.
La cena hierve a fuego lento.
Los cuencos de cristal esperan llenarse
con caldo dorado. Ramitas de perejil
en la tabla de picar.
Quiero oler esta sopa densa, el aire
a mi alrededor oscureciéndose, mientras las estrellas
imprimen sus formas simples sobre el cielo.
Quiero quedarme en el patio de atrás
mientras el mundo se inclina
hacia el sueño, hasta que lo que amo
me empiece a extrañar y me llame.
***
Historias de familia
Tuve un novio que me contaba historias sobre su familia,
cómo una discusión terminó cuando su padre
agarró una torta con las velitas encendidas
y la tiró por la ventana de un segundo piso. Así,
pensé, era una familia normal: la ira
revoleada, aterrizando como un regalo
para decorar la vereda de abajo. En la mía
eran puños y golpes directos al plexo solar,
y nadie nunca perdonaba a nadie. Pero yo creía
que las personas de sus historias se querían de verdad,
incluso cuando gritaban y pateaban
los armarios o levantaban una silla como una botella
de champán barato, bautizando la pared,
los barrotes arrancados de cuajo.
Dije que sonaba inofensivo, la pompa y la furia
de los apasionados. Él dijo que era una maldición
haber nacido italiano y católico y que cuando
miraba desde esa ventana lo que veía era el momento
destrozado. Pero todo lo que yo podía ver era una espléndida
torta de tres pisos deslizándose como un barco destartalado
por la vereda, las velas humeantes rotas, hundidas
en el glaseado, algunas todavía ardiendo.
***
Lavandería
Mi ropa da vueltas en la secadora. A los treinta
floto alrededor de una nueva especie de calentura,
esa donde te excitás con palabras y gestos;
largas charlas sobre arte son los preliminares, el clímax
es ver a un hombre comer un alfajor mientras maneja.
Frente a mí, una matrona de cincuenta años dobla la ropa,
sus ojos fijos en los pezones de un muchacho con
pantalón corto de seda. Él levanta la vista y la sorprende.
Ella se ríe nerviosa y suelta: ¿Hace calor no?
Un hombre a mi derecha mira el borde de mis shorts, esperando
que me incline. Me inclino. Un acto de bondad animal.
Entra un hombre negro en jogging
para refrescarse la cara en el lavabo y veo cómo la habitación
se convierte en una jungla dulce y húmeda. Nos agolpamos
alrededor de la Amazona en el abrevadero, moviéndonos
como ñus o búfalos, resoplando, buscando compañeros
en el calor. Quiero cogerme a cada cosa que se mueve
en este lugar. Quiero tumbarme en la bosta seca
y el polvo y retorcerme para rascarme la espalda. Quiero
estirarme, dar vueltas y descansar en la sombra. Quiero
tener un montón de cachorros. ¿Tenés cambio?
me pregunta hurgando en el bolsillo.
De vuelta en la lavandería las medias se pegan a las sábanas.
Atrapada por el crujir de la estática,
doblo mi ropa interior. Descubro las manchas color miel
en la seda de cada entrepierna. Formas raras, como sueños,
doblo mis bombachas en cuadraditos y las dejo caer,
sonriendo, en el canasto de mimbre.
***
Suficiente música
En ocasiones, cuando hacemos un viaje largo
y ya hemos hablado bastante y escuchado
suficiente música y parado dos veces,
una para comer, una para contemplar el paisaje,
caemos en este ritmo de silencio.
Se balancea hacia atrás y hacia adelante entre nosotros
como una cuerda sobre un lago.
Tal vez lo que no decimos sea
lo que nos salva.
***
Polvo
Alguien me habló anoche,
me dijo la verdad. Sólo unas pocas palabras,
pero las reconocí.
Sabía que debería haber hecho el esfuerzo de levantarme,
apuntarlo, pero era tarde,
y estaba agotada tras haber trabajado
todo el día en el jardín trasladando piedras.
Ahora, sólo recuerdo el sabor,
distinto de si se tratara de comida, dulce o picante.
Era más como el de una arenilla fina, como polvo.
Y yo no estaba eufórica ni asustada,
sino sencillamente cautivada, consciente.
Así es cómo ocurre a veces:
Dios llega hasta tu ventana,
todo intensa luz y alas negras,
y tú estás demasiado cansada para abrir.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: