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Festivales, un campamento de verano, Dire Straits y Bruce Springsteen

Festivales, un campamento de verano, Dire Straits y Bruce Springsteen

Ahora que estoy escuchando un disco de Vivaldi recuerdo aquel festival de fin de curso en que nos disfrazamos de las estaciones del año con música de este genio del arte. La música me ayuda mucho a recordar el pasado, pero no sólo la música, también los libros y el cine. Podría pensarse que es el arte, y también, pero mucho es lo que me gusta, lo que más me gusta.

Ahora compruebo que los recuerdos vienen de lo que más amo, y por eso tal vez algunos lectores, los primeros lectores de estos textos, me dicen que son “muy buenos recuerdos”, o “recuerdos entrañables”.

De ese festival, que ahora dudo si fue de preescolar o de algunos de los primeros años de EGB, guardo la memoria de que algunos compañeros se disfrazaron de montañas, mientras otros, creo, bailábamos. Han pasado tantos años… En otro festival nos disfrazamos de chulapos y chulapas —todavía guardo la gorra, de cuadros blancos y negros—, y ése sí que debió de ser el año de segundo de preescolar.

Me acuerdo que teníamos que elegir pareja y que yo me enfadé con la que había elegido al principio —nos habíamos elegido mutuamente—, y luego salí en el festival con otra niña. Guardo muy buenos recuerdos de las dos.

En el colegio, el día del festival se montaba una celebración enorme, porque era un colegio muy grande, con muchísimos alumnos.

Vivaldi me gusta desde entonces. Lo he escuchado muchas veces. Soy un gran oyente de música, en realidad un gran amante de la música, pero no entiendo mucho, aunque alguna vez que he cantado me he demostrado que lo hago bastante bien. En ocasiones pienso que desarrollamos muy pocas, apenas ninguna, de las posibilidades que tenemos dentro.

Ese festival, ya en COU, llegué a presentarlo con una compañera de clase, Inés, y fue una experiencia muy positiva. Ahí me di cuenta, o me di cuenta con la experiencia posterior, de que contrariamente a lo que se piensa, cuanto más público tiene uno más fácil es hablar. Y yo diría que cuantas menos personas te oyen más difícil es dirigirte a ellas. Y esto vale también para las clases, para las conferencias, para las presentaciones de libros, etc.

Cuando hablas a mucha gente no te sueles fijar en nadie en concreto, con lo que es más fácil. Tampoco te fijas si alguna persona está cansada, bosteza o no presta atención. Hablas a una masa, y mi experiencia es que así es más fácil.

Otro año del festival, quizá con diez años, un amigo y yo nos disfrazamos de torero y de cuadrilla. Yo hacía de cuadrilla. Y otro compañero, Santi, era el toro. Tengo alguna foto por ahí.

Con el amigo que hacía de torero, Carlos, hice después algunos viajes y campamentos. Con once o doce años recuerdo un campamento de verano de deportes acuáticos, que en su momento parecía que no había dejado mucha huella en mí, pero que últimamente lo he recordado mucho.

Ahora me parece una gran suerte haber podido ir a este campamento. Recuerdo que fui, o fuimos, porque una prima mía era monitora de esquí acuático en él. Aquello parecía muy atractivo, pasar unos días, creo que 15, en el pantano de Entrepeñas, practicando deportes acuáticos (esquí, windsurf, piragua…) y dando clases de inglés, que no eran muchas, o eran las justas.

Dormíamos en maravillosos bungalós y había muy buena relación entre los compañeros. Me acuerdo que todas las mañanas un monitor nos despertaba con un megáfono:

—¡Hace un día precioso! ¡Levantaos! ¡Ánimo! ¡Tenemos un sol maravilloso!

Había clase incluso de artes marciales, a las que yo no asistí —lo lamento—, y de equitación. A ésta sí que me apunté, pero me di de baja pronto, porque el caballo, sinceramente, me daba miedo. Me monté una vez y ya no volví a montarme más. A lo mejor era demasiado pequeño. Y demasiado pequeño para el caballo.

La verdad es que yo era un niño bastante raro, con tendencia a la tristeza o la melancolía. Pero yo notaba, y esto me ha pasado bastantes veces en mi vida, que cuando me adaptaba a un viaje, un campamento, una experiencia… era capaz de hacerlo todo como el que mejor. Lo que ocurría es que me costaba al principio. Tenía que atravesar, digamos, un paso de ecuador. Personal. Dentro de mí mismo.

Me acuerdo que en este campamento jugaba mucho al ping pong, porque este deporte se prestaba mucho a llenar momentos muertos entre unas actividades y otras.

También recuerdo que aunque era pequeño, unos doce años, ya estaba cerca de la adolescencia, y que como dice mi amigo Carlos ahora, éramos preadolescentes. Esas cosas no se olvidan.

Lo pasábamos muy bien en la convivencia de unos y otros, y ya nos acercábamos a las chicas. Yo recuerdo una niña que me gustó mucho en este campamento, pero que me empecé a relacionar con ella —quiero decir a estar con ella, a hablar con ella— al final del campamento. Esto me ocurrió, algo parecido, en un viaje a Inglaterra que hice años después, con otra chica.

Quizá sea por lo que decía antes del paso del ecuador, y que necesito adaptarme a las cosas.

La música trae y lleva muchos de mis recuerdos, y me ayuda a tejerlos. Recuerdo que por aquella época yo era muy fan de Dire Straits, el grupo liderado por Mark Knopfler. Era el grupo favorito de un primo mío, Joaquín, y digamos que me pegó esa pasión. Recuerdo que en aquellos años hubo un gran concierto de homenaje a Nelson Mandela, porque si no recuerdo mal lo acababan de liberar, o faltaba muy poco para ello, y que participó Dire Straits. Si no recuerdo mal tocaron su gran canción “Brothers In Arms”, maravillosa.

Luego compraría muchos discos de Dire Straits, algunos en Inglaterra. Recuerdo que yo, que nunca he sido muy bueno con los idiomas, leía las letras del grupo mientras escuchaba las canciones, y aprendía de ellas, con ellas.

En aquel campamento de verano preguntaba a algún compañero inglés por Dire Straits y si iban a sacar un nuevo disco. Creo que no lo hicieron hasta On Every Street, que publicaron unos años después y que compré. Es el disco, por ejemplo, de “Calling Elvis” o de “Ticket to Heaven”.

También recuerdo que cuando se acabó el campamento y vinimos a Madrid, se anunciaba un concierto de Bruce Springsteen en el Vicente Calderón (pudo ser en el Bernabéu, pero yo creo que fue en el Calderón). De Springsteen era más fan mi hermano mayor, pero luego lo sería yo, comprando muchos discos suyos.

Ahora, por ejemplo, estoy leyendo sus memorias, Born to Run, que escribió hace unos años y que me parece un gran libro. Tiene mucha fuerza y un estilo muy particular, muy personal. Cuenta Springsteen unos orígenes duros en su vida, y ahora pienso, quizá me equivoque, si esos inicios duros no le ayudarían, y como a él a otros, a llegar tan alto. No lo sé, habrá de todo.

Yo creo que la vida es dura para todos, y aunque en mi vida he tenido experiencias malas, y muy malas, y las sigo teniendo, al final el saldo es positivo.

Quizá el saldo es lo que voy contando en estos folios. Podría contar muchas historias malas que me han ocurrido a mí y a personas próximas —algunas saldrán no obstante—, pero lo fundamental, lo que rescata mi memoria, es algo muy diferente.

Decía Gabriel García Márquez que la vida es para contarla, y lo entiendo muy bien, lo comparto. Sobre todo, más que eso, es para recordarla, algo que está al alcance de todos —también contarla—, porque como dije en uno de mis textos anteriores, tengo la convicción de que la vida va muy rápido, demasiado rápido, se nos escapa de entre las manos como la arena fina que tomamos en la playa.

La memoria selecciona de entre el material que ésta, y la vida con ella, le presta, y con todo ello la memoria, en este caso escritura, teje su humilde relato.

Recordar es salvar, saborear lo que parece que se ha perdido. Nada se ha perdido, porque está en nosotros, porque lo hemos vivido. Hay un texto interior que todos llevamos dentro, que todos llevamos escrito por esa gran autora que es la vida, junto a otra espléndida coautora que es la memoria. Habría que ponerlas con mayúscula: la Vida y la Memoria.

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