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El pájaro encerrado

Fui a aquella catequesis por razones que no tenían nada que ver con Dios.

Era una noche entre semana, durante mi penúltimo curso en el instituto de Ademuz. En una de sus aulas habían colocado las sillas en círculo. Entre unos veinte adultos, ella y yo éramos los únicos adolescentes. Aquello ya empezaba mal: un círculo siempre anuncia que alguien espera una confesión. Yo no tenía nada que confesar. Nada que pudiera decirse allí. Bastante tenía con mirar hacia el otro extremo de la clase, donde estaba ella, y fingir que escuchaba. A veces ella levantaba la vista y me sorprendía mirándola. Sonreía apenas —o yo decidía que sonreía— y volvía a bajar los ojos.

"Dejarlo todo: esa parecía ser la prueba. Dejar una mujer, un cuerpo, una vida. Había que desprenderse del hombre viejo, de la vanidad, del deseo"

Al frente estaba el cura, con esa calma austera de quien ya ha contado muchas veces la misma renuncia. Dijo que antes había tenido novia, una vida posible, una ruta más o menos común, pero que un día sintió la llamada de Dios y lo dejó todo. Lo dijo sin dramatismo, casi como quien explica un cambio de domicilio. Dejarlo todo: esa parecía ser la prueba. Dejar una mujer, un cuerpo, una vida. Había que desprenderse del hombre viejo, de la vanidad, del deseo.

A su lado, otro hombre daba testimonio de algo parecido. No era cura, pero hablaba como quien acaba de salir de una habitación sin ventanas. Decía que antes había vivido ciego: perseguía éxito, dinero, mujeres, reconocimiento; quería subir, ganar, imponerse, pisar si hacía falta. Luego Dios lo había llamado, y desde entonces veía. Veía mejor, decía. Había encontrado una paz que ningún triunfo le había dado.

Yo escuchaba a ratos. Después miraba hacia el otro extremo del círculo. Ella seguía allí, con las manos juntas sobre las rodillas, tan perdida como yo en aquella mezcla de confesión, advertencia y promesa. No había en ella ninguna doctrina. Solo una presencia discreta, casi huidiza, que volvía más real aquella habitación que todas las palabras que intentaban salvarnos de la vida.

Entonces alguien contó lo del pájaro.

"Y entonces imaginé el pájaro. No una idea, sino casi un animal asustado: golpeándose contra la luz pobre del aula nocturna, buscando la ventana"

La vida, dijo, era como un pájaro encerrado en una habitación. Daba vueltas contra las paredes: una, veinte, ochenta, cien veces. Cada vuelta era un año, una insistencia, una forma de seguir dentro. Hasta que al final encontraba la ventana y salía. No porque quisiera, ni porque hubiera aprendido el camino, sino porque hay salidas que acaban llegando siempre.

Y entonces imaginé el pájaro. No una idea, sino casi un animal asustado: golpeándose contra la luz pobre del aula nocturna, buscando la ventana que daba al Turia y a los minifundios de la vega. Afuera seguía el mundo: el río, la tierra partida, las acequias, los bancales. Dentro, aquella imagen tenía una belleza extraña: llamaba salvación a lo que también se parecía demasiado a la muerte.

Y yo miré hacia el otro extremo del círculo.

Ella seguía allí.

"Nos hablaban de desprenderse del mundo, de salvarse, de salir algún día por una ventana inevitable"

Nos hablaban de desprenderse del mundo, de salvarse, de salir algún día por una ventana inevitable. Pero la vida seguía al otro extremo del círculo, bajando los ojos cuando nuestras miradas se cruzaban. No era un alma desprendida, ni una promesa de salvación. Era una presencia concreta, viva, sentada en una silla. Mientras todo aquel lenguaje empujaba a mirar más allá del cuerpo, el cuerpo seguía allí: torpe, adolescente, callado, con las manos sobre las rodillas y una verdad que nadie en aquel círculo habría sabido convertir en oración.

De aquella noche quedó una imagen. No la catequesis, ni la fe, ni siquiera la chica, que pertenece ya a una zona borrosa de la memoria: el pájaro.

Ese animal encerrado que daba vueltas por la habitación hasta que un día encontraba la salida.

Y la sospecha de que no todo encierro condena, ni toda salida salva.

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