Ambientada a finales de los 80s, esta novela retrata una estación sofocante en un pueblo donde el destino parece escrito desde la cuna. La amenaza de un fuego real se entrelaza con las llamas de la memoria, los secretos y las tensiones familiares que arden bajo la superficie.
En esta Making Of, Marian Peyró explica cómo escribió Los incendios (Alianza).
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Cuento siempre que la adolescencia fue una etapa luminosa para mí, quizá porque uno empieza a descubrirse y eso fue algo que atesoré en mi memoria y a lo que he recurrido para construir mi primera novela, Los incendios. Por supuesto que al abandonar la infancia hay dudas, vulnerabilidad, incertidumbre, pero recuerdo mi niñez como una época oscura, en la que mi imaginación rellenaba de monstruos un mundo adulto que no acababa de entender, y, en comparación, fue como si al llegar la adolescencia saliera el sol.
De ahí quizá el contraste entre esas dos imágenes que dieron lugar a la novela: la de Ana María, una mujer adulta, que abre apenas una ventana en una habitación en penumbra, buscando algo de aire que respirar en un día de muchísimo calor, y la de Cristina y sus amigas, que sueñan con esa noche de verano que tarda en llegar, llena de música y deseo, y que es la materialización de la felicidad que ansían. Aquellas fueron las dos primeras escenas que escribí, la primera asfixiante y oscura, como el mundo adulto que una niña recuerda, y la segunda brillante y plural, porque a esa edad uno se construye con los amigos.
Y a continuación vino Paco, como una aparición, una voz masculina y perdida, un joven a quien la adolescencia había privado de sus amabilidades, dejándole solo con el deseo de ser suficiente para una única persona, un personaje que vive su incendio y presencia el de los demás. Y así nació la coralidad en la novela y, casi de la mano de los personajes, la atmósfera, que me permitía pisar fuerte, porque para que la trama avanzara por la senda prevista, la novela tenía que quemar la piel, recordarse con la música, saber salada, —como las pipas que comíamos en la piscina y que nos dejaban la boca acartonada—, flotar en el aire con los olores de la verbena, y, claro, acelerarse como un corazón joven.
Me han dicho que la novela tiene muchas capas, que hay cosas que no se dicen y están, que hay paralelismos, símbolos, metáforas que nos devuelven a cosas vividas. Me ayudó haber trabajado el relato corto, porque la elipsis también funciona en el largo recorrido. Y también, quizá, la manera de escribirse, a ratos del tirón, a veces con grandes pausas, de pronto con un amor inesperado a sus personajes y, otras, con la necesidad perentoria de apartarlos de mí, olvidarlos en laberintos de archivos con nombres repetidos, numerados, falsamente definitivos, donde dar solaz a mi apego evitativo, porque crecían demasiado intensos. Nació en el salón de casa, mientras me regañaban porque mis dedos hacían mucho ruido al teclear y no dejaba escuchar la tele, cuando me sentaba a hacer deberes de clase o comentaba a compañeros de taller, con frases abandonadas a medias cuando tenía que preparar la cena, y notitas que me dejaba en el texto para recuperar el ritmo, y en el medio de un ultimátum ridículo porque yo me había caído en la marmita de la escritura, había vuelto a verme y ya no podía dejar de hacerlo.
Escribir Los incendios me descubrió de esa manera extraña en la que miras uno de esos dibujos en los que te preguntan si ves un pato o un conejo y primero ves un pato y no ves el conejo, pero cuando lo ves ya eres incapaz de no verlo siempre, porque el conejo llena el espacio negativo, lo que está detrás. Sin ser yo Cristina, ni Ana María, ni recordar a ningún Paco ni un Joaquín, sin conocer a Sole ni a su marido, ni a Tito y a su novia, los personajes de Los incendios aparecieron engañando a mi cerebro para que aprendiera a ver “lo otro” que estaba detrás de mí, mientras ponía la mirada en el horizonte y avanzaba, como decía Shirley Jackson, aunque en casa todos tuviéramos la gripe (La noche en que todos tuvimos gripe), y el fantasma de Lucía Berlin me decía que podía dejar sin recoger la cocina.
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Autora: Marian Peyró. Título: Los incendios. Editorial: Alianza. Venta: Todos tus libros.


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