El Ayuntamiento de Valladolid compró en el año 2019 el monasterio e iglesia de Santa Catalina de Siena, situado en el centro histórico y monumental de la ciudad, por 5,9 millones de euros. La compra suponía asimismo la adquisición de terrenos abiertos y otras pequeñas dependencias complementarias hasta un total de 10.438 metros cuadrados. Las monjas que lo habitaban ―pocas, viejas y honradas― lo habían abandonado en el año 2007, al ser acogidas por otro convento dominicano más pequeño y con monjas más jóvenes, que les quitaron el trabajo físico.
Un magnífico crucificado, de tamaño natural, original de Juan de Juni, el escultor francés del siglo XVI afincado en Castilla, pasó a ocupar el espacio del retablo mayor (inexistente) de la iglesia de San Pablo. Asimismo, los dominicos que lo habitan se comprometieron a conservar un yacente de la escuela de Gregorio Fernández y diferentes figuras de menor tamaño de Francisco de Rincón y algunos lienzos atribuidos a Diego Valentín Díaz que fueron despegados de las paredes de la capilla funeraria donde se encontraba el citado yacente.
El propósito del Ayuntamiento, al adquirir el convento e iglesia, era evitar su probable transformación urbanística y preservar el conjunto histórico-artístico de una posible explotación incontrolada, si caía en manos de una empresa constructora de bloques de viviendas.
El primer gasto que aprobó el Ayuntamiento fue para sanear y mantener el conjunto de celdas de las monjas, que se encontraban muy deterioradas.
La fundación de este convento data de 1448. Su fundadora fue doña Elvira Benavides y Manrique, hija de doña María Manrique de Lara, mujer de don Manuel Benavides, señor de La Mota. Ambas, con otras familiares que ingresaron posteriormente en el convento (llegó a tener en el siglo XVI hasta doscientas religiosas de coro y obediencia), están enterradas en el subsuelo del coro, ocupando cuatro tumbas.
Pero también está allí enterrado el famoso escultor imaginero, de origen francés, Juan de Juni, antes citado. Esto lo sabemos porque él personalmente mandó constatarlo en su último testamento, escrito en Valladolid dos días antes de morir, es decir, el día 8 de abril de 1577: “… Ytem mando que si la boluntad de dios fuera serbido de me llevar desta pressente vida mi cuerpo sea sepultado en el monasterio de santa Catalina de Siena desta villa junto a las sepulturas de mi muger he hijos que es nuestra propia o en la misma sepultura habiendo en ella lugar”.
Pero en 1866 quedaron ocultas todas las sepulturas de la iglesia al instalarse una tarima que, a modo de telón horizontal, acabó con los personajes enterrados (creemos que en número aproximado a los treinta) que hasta entonces habían estado a la vista. Para ello hubo que echar una gran cantidad de tierra y zahorra para nivelar el suelo, que creció (subió) alrededor de sesenta centímetros.
El profesor Juan José Martín González, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, citó en uno de sus múltiples escritos la existencia de “un libro” en el que alguna persona con buen sentido se cuidó de apuntar los nombres de las personas enterradas en el subsuelo que iba a quedar oculto a la vista. Entre esos nombres estaban la fundadora del monasterio y su madre, diversos artistas vallisoletanos coetáneos de Juni, patronos y donantes y, por abreviar, el propio Juan de Juni, sus dos últimas esposas (se casó tres veces) y dos de sus hijas, además de un hijo, muerto a corta edad, del rey Felipe II. O sea, ese subsuelo es muy noble, artístico, conventual, militar y real.
Renuncio a detallarlos todos, hasta un número superior a treinta enterramientos, pues hemos localizado, no sabemos si el mismo libro que vio y no detalló el profesor Martín González (muy meticuloso siempre en su trabajo, pero no en esta ocasión, por razones que nunca sabremos), en el que el autor que escribió el tomito para conmemorar el Quinto Centenario de la fundación del convento, apareció en ediciones OPE de Caleruega (Burgos) en el año 1988.
Creemos que el actual Ayuntamiento de la ciudad, propietario del monasterio y su oculto cementerio, ha acertado al no empezar ninguno de los proyectos pensados para darle nueva vida a las instalaciones conventuales y a su huerto, y a su bodega antiquísima, que quizá guarde alguna sorpresa no vitivinícola. En el caso de que, llegado el momento, se decida levantar la tarima y buscar el enterramiento del escultor Juan de Juni, ¿qué decisión se tomaría con sus restos? Téngase en cuenta que era de origen francés, aunque castellano de adopción y por su núcleo familiar (esposa e hijos nacidos en Castilla). La búsqueda de la huesa de Cervantes fue espectacular y fracasada. Con Juan de Juni, el escultor que dejó su vida y su obra en Castilla, habrá opiniones para todos los gustos si algún día se decide buscarlo en su enterramiento de la iglesia de Santa Catalina, de propiedad municipal.



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