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“Incertidumbre radical”: un hallazgo (también literario) imprevisto

“Incertidumbre radical”: un hallazgo (también literario) imprevisto

Empecé en noviembre, semana arriba, semana abajo, a escribir una novela que malvive criogenizada en un documento de Word desde hace más de un mes. Porque no me da la vida. Prefiero no entrar en detalles. Dice Pérez-Reverte: “Escribir novelas es sobrevivir a tempestades cuando el mar quiere tragarte”. Es curioso: en estos momentos, no hay cosa que me haga más feliz que rascar tres o cuatro horas para continuar con mi historia. Que le den por saco a las playas de aguas turquesas y a los cielos despejados: no veo la hora de perderme en la tempestad y de que el mar me engulla.

En estas, releí un par de libros más que interesantes y útiles: Plantéate esto (Random House, 2022), de Chuck Palahniuk, y Mientras escribo (Debolsillo, 2003), de Stephen King. En el segundo, que es un ensayo brillante, no sólo recomendable para quienes quieren emular a Cervantes, escribe el maestro del terror: “La primera redacción de una novela (aunque sea larga) no debería ocupar más de tres meses, lo que dura una estación. Si tarda más (al menos en mi caso), empieza a quedar la historia como algo un poco ajeno”. Estamos aviaos, me cago en la puta.

"Sus autores sostienen que el mundo de la economía, los negocios y las finanzas no está gobernado por leyes científicas inmutables"

Mas no pierdo la esperanza —de la cabeza no respondo—. De hecho, creo que Dios, las musas, el destino, las conexiones junguianas y/o el espíritu dormido, pero vivo, de las remontadas del Real Madrid me están mandando mensajitos para que no desfallezca. Igual es una ida de olla, pero mientras leía un libro sobre economía, encontré una descripción perfecta del proceso –al menos, para un principiante como el menda– de la confección de una novela de ficción.

La obra en cuestión se llama Incertidumbre radical (Innecesaria, 2025), la firman los economistas John Kay y Mervyn King y es un tratado sobre el arte de tomar decisiones. Sus autores sostienen que el mundo de la economía, los negocios y las finanzas no está gobernado por leyes científicas inmutables, que los individuos no pueden optimizar y subrayan la importancia de la comunicación y las narrativas: “Describir las pandemias catastróficas, los desastres medioambientales, la aniquilación nuclear o nuestro sometimiento a los robots en términos de probabilidades es engañarnos a nosotros mismos y a los demás. Sólo podemos hablar en términos de historias, narrativas. Cuando nuestro mundo se acabe, lo más probable es que sea el resultado de alguna contingencia que ni siquiera hemos imaginado, y no el resultado de algún acontecimiento extremo de baja probabilidad que venga de una distribución de frecuencia conocida”.

"Teniendo en cuenta que vivimos en un mundo complejo, los autores señalan que debemos concentrarnos en el pájaro en mano y pasar de los cantos de sirena"

Kay y King abordan las maneras de pensar y de enfrentarse a los misterios, “la esencia de la gestión de la vida en el mundo real”, y si bien defienden la previsión, sólo faltaría, y actuar con cabeza, defienden y demuestran que querer saberlo y controlarlo todo, amén de enfermizo, absurdo y aburrido, es una tarea ilusa, imposible: muchos problemas están mal planteados y jamás se resuelven. “Emperadores –escriben–, exploradores y presidentes tomaron decisiones sin comprender plenamente la situación a la que se enfrentaban ni los efectos de sus acciones. Y nosotros debemos hacer lo mismo”.

Teniendo en cuenta que vivimos en un mundo complejo, los autores señalan que debemos concentrarnos en el pájaro en mano y pasar de los cantos de sirena. Y, para explicar esta especie de ceguera positiva, recurren al psicólogo húngaro-estadounidense Mihaly Csikszentmihalyi, que ha descubierto que los individuos son más felices cuando están en “flujo”, completamente concentrados en actividades difíciles pero gratificantes, y al exjugador de críquet inglés Michael Brearley, hoy psicoanalista, que dice: “Absortos en el momento, nos sentimos liberados de todo lo insignificante y mezquino, de los grilletes y complejidades de nuestra propia personalidad y de la agitada vida, de pensamientos extraños”. Y eso, justo eso, es lo que yo siento cuando me pongo a escribir mi novela.

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