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De Enviado especial a El pintor de batallas

De Enviado especial a El pintor de batallas

Ha querido el azar que, en el momento de redacción del capítulo cuatro de un libro en preparación sobre la narrativa de Arturo Pérez-Reverte, precisamente el capítulo dedicado a estudiar su novela El pintor de batallas, aparecida hace ahora veinte años, llegara a mis manos el impresionante volumen de crónicas de guerra escritas por Arturo Pérez-Reverte durante su cuarto de siglo como reportero, crónicas seleccionadas en el libro Enviado especial: Una biografía de guerra (Alfaguara), que ha editado con gran cuidado María José Solano. La primera tentación, que eludiré, sería ir a buscar en los reportajes aparecidos sobre distintas guerras, que fueron enviados al diario Pueblo, la Gaceta Ilustrada o La Actualidad Española, correspondencias con páginas concretas de la novela El pintor de batallas. Digo que eludo hacerlo, incluso en el caso de la cercanía de hechos de la guerra de los Balcanes rememorados en la novela por su protagonista Andrés Faulques y las crónicas que con horrores parecidos en escenarios semejantes de Sarajevo o Vukovar había enviado el joven reportero a Televisión Española, cuando era periodista y fotógrafo de guerra. Hacerlo sería fácil, pero engañoso.

Me parece más importante reflexionar sobre lo mucho que podemos aprender, más que de sus similitudes, de las diferencias de los dos géneros de escritura que han tenido a Arturo Pérez-Reverte como autor enfrentado al gran tema de la guerra, que en su caso son las guerras, pues ha sido cronista y fotógrafo, según el libro recorre, de varias en África (el Sahara, Yemen, Eritrea), Latinoamérica (Nicaragua), Oriente Medio, del Líbano a Irak o Yugoslavia, en la cruenta guerra habida entre serbios, croatas y bosnios que está en el fondo de la novela El pintor de batallas. No puede dejar de decirse que hay momentos en que un mismo motivo ha dado lugar a páginas memorables tanto de las crónicas como de la novela, por citar solamente uno: la despedida de Héctor y Andrómaca aparece en una crónica publicada en XL Semanal en 2015 y había sido adelantada en El pintor de batallas, motivo que recogía con calidad no superada la epopeya que está a la cabeza de cualquiera que quiera conocer lo que es una guerra: La Ilíada de Homero.

"La literatura y el arte cuando aciertan a ser cumbres son capaces de decir la guerra de un modo insustituible y propio"

Puesto que se trata de hablar de diferencias de géneros, me referiré al acierto de María José Solano al compilar las crónicas de los años 70 en el siguiente epígrafe: Los años 70: «como Fabrizio del Dongo en Waterloo». Como conocedora de la obra de Pérez-Reverte, no le ha pasado desapercibida la importancia del capítulo que Stendhal dedica a la gran batalla de la derrota napoleónica en La cartuja de Parma. Siendo una obra de ficción, y no habiendo el novelista francés seguido directamente esa guerra, acertó como nadie en representar al soldado perdido, enfrascado en buscar agua, para él más importante que las líneas estratégicas que desconocía. Tampoco necesitó Goya estar en Mayo de 1808 en Madrid para que sus fusilamientos sean el testimonio pictórico más elocuente de aquella guerra. La literatura y el arte, cuando aciertan a ser cumbres, son capaces de decir la guerra de un modo insustituible y propio, sin necesidad de verse refrendados por la presencia o experiencia concreta de los hechos narrados. Esa gran lección la obtenemos también en El pintor de batallas y ojalá la edición de Enviado especial sirva para que los lectores recuperen aquella novela de 2006, que me parece la mejor que Arturo Pérez-Reverte ha escrito.

Precisamente porque el gran tema de aquella novela era la posibilidad o imposibilidad de que tanto la fotografía como la pintura fueran capaces de representar el horror. Hay momentos en que la ficción ha podido ir a donde el reportero no había ido; son los momentos de decidir lo que es decible o indecible, lo que puede quedar cuando la realidad que había originado la trama de la novela ha dejado de existir. María José Solano recoge una reflexión que incide en esa diferencia al evocar la siguiente manifestación de Pérez-Reverte: “Si en un reportaje hay literatura, es un mal reportaje; si en una novela hay periodismo, difícilmente será una buena novela”. En El pintor de batallas hay literatura, y en tal dimensión vence al reportaje. No lo sustituye, ojo, lo lleva a un lugar donde el reportaje no pudo ir. Sirva eso también para las similitudes biográficas que El pintor de batallas pudiera tener con Arturo Pérez-Reverte. Es Faulques un fotógrafo de guerra, nacido en un pueblo minero de la costa mediterránea, e incluso uno de los momentos excelsos, realmente álgido de la novela, recrea un paseo con la amada Olvido Ferrara por los derrumbes mineros próximos a la bahía de Portman. Pero lo que de vida pudiera haber en tales similitudes languidece ante las diferencias, pues el caso es que en ese momento de la novela ocurre entre los dos amantes un reconocimiento que solo la ficción puede hacer tan elocuente. Habría quedado desmayado, habría sido otra cosa, si acaso fuese la reproducción de un hecho biográfico real.

"Porque El pintor de batallas es una novela nacida precisamente para ir allá donde le reportaje periodístico de guerras no habría llegado nunca"

Porque El pintor de batallas es una novela nacida precisamente para ir allá donde el reportaje periodístico de guerras no habría llegado nunca, porque su condición y límites son otros. Tanto en la novela como en las crónicas se reflexiona sobre un hecho: la necesidad de que el fotógrafo registre aquello que, si es buen fotógrafo, no puede teñir de metafísica. La fisicidad de lo acontecido es tan cruenta que para decirla de ese otro modo ha sido necesario para este autor escribir una novela en 2006, cuando había dejado de ser reportero de guerra varios años atrás. No es este el momento y lugar, lo haré en el capítulo de ese libro ahora en preparación, de ir al problema crucial de la representación que tanto en pintura como en fotografía nutre reflexiones universales a los que todo artista de la imagen ha tenido que enfrentarse y que solamente la palabra literaria puede quizá salvar del olvido, recuperando con hondura pocas veces escrita en español una reflexión sobre el sentido mismo del arte.

Hay, por último, en el libro Enviado especial una serie de artículos emocionantes dedicados a la historia común de un grupo de compañeros reporteros embarcados en aventuras y riesgos de increíble lealtad personal y de oficio, por quienes han escrito la mejor historia del periodismo español, si bien excede mi capacidad valorarlo. También hay algo que no es literatura: homenajes, como el que cierra el libro, que dedica a Luis Ángel de la Viuda, quien fue su jefe en Pueblo, y que le cubrió las espaldas cuando comenzaron aquellas traiciones del Sáhara, ahora aumentadas, y la página de cierre dedicada por Pérez-Reverte a esos viejos reporteros que sí mueren.

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Autor: Arturo Pérez-Reverte. Título: Enviado especial. Editorial: Alfaguara.

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