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Fonseca, de Jessica Francis Kane

Fonseca, de Jessica Francis Kane

Esta novela ilumina un capítulo casi secreto de la vida de Penelope Fitzgerald. La autora reimagina el viaje mexicano de la británica y lo convierte en una meditación sobre la escritura, la dignidad y la obstinación por sobrevivir a la adversidad.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Fonseca (Impedimenta), de Jessica Francis Kane.

***

DÍA DE MUERTO

En 1952, el día 2 de noviembre cayó en domingo, y por la tarde una madre y un hijo se encontraban ante la casa de las Delaney, en Fonseca, México, a punto de llamar a la puerta después de haber recorrido un camino muy largo. Estaban bas tante aturdidos, sobre todo tras la última etapa de su viaje por el sur de Estados Unidos, en ese instante en que llegaba a su f in la tarde del día siguiente al que se suponía que tenían que haber llegado. La estación de momento era cálida, y en la plaza que había detrás de ellos la gente llevaba disfraces de calaveras. El aire olía a humo y a caléndulas. Desde bastante cerca, pero también desde mucho más lejos, les llegaba el sonido de unos fuegos artificiales, con sus estallidos y sus chisporroteos. En la plaza tocaba una banda, y la música estridente y eufórica se veía interrumpida por un encadenamiento constante de gritos. Todo era muy desconcertante, y el niño quería entrar ya, pese a no tener ni idea de quién o qué podía haber detrás de esa puerta. En sus seis años de vida, no había entrado nunca en una casa en la que no se estuviera preparando o se estuviera a punto de preparar una taza de té. En cualquier caso, su madre no parecía muy dispuesta a llamar.

—No estamos de vacaciones —dijo Valpy, dándose la vuelta para sentarse en el escalón frontal.

Una joven que llevaba el nombre de Pedro grabado en la frente pasó ante ellos masticando una enorme calavera de azúcar. Parecía sollozar y reír al mismo tiempo.

Penelope se sentó a su lado.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque para las vacaciones no me compras nunca ropa nueva.

—Eso no es verdad. ¿Y el bañador del verano pasado?

Él no dijo nada al respecto, pero los dos sabían que los bañadores no contaban.

—Esta casa es muy rara.

Las paredes de piedra gris con contraventanas de madera al estilo francés desentonaban ciertamente con las de los edificios que la rodeaban, todos ellos de un estuco teñido en ese momento por los colores del atardecer. La casa se apoyaba di rectamente sobre el pavimento y se dividía en tres secciones, con tejados a dos aguas que enmarcaban una especie de patio delantero sin mucha gracia. Había cinco escalones que subían desde el muro delantero hasta lo que parecía la puerta del to rreón de un castillo, hecha de madera de roble con cerrojos y barrotes de hierro. Arriba, a la izquierda, corría un balcón macizo y curvado que a Penelope le recordó a un púlpito. Había varias chimeneas altas, dos buhardillas y diversas ventanas con parteluces de distintos tamaños, todas ellas con postigos. Los nogales de la calle, viejos y retorcidos, hacían que la fachada pareciera más oscura aún.

—Sí, pero no hay nada que temer —dijo Penelope.

Lo que fue una gran equivocación, porque Valpy no había dicho en ningún momento que tuviera miedo, y en cambio ahora se puso a mirar tanto los árboles como el pequeño y macizo balcón como si estuviera preguntándose si no debería tenerlo.

—Nos han invitado —le recordó ella de inmediato.

—Sí, pero ¿por qué nos han invitado?

—Las Delaney son viejas amigas.

—Pero ¿por qué quieren vernos?

Tiempo después, cuando vaciaron la casa de Southwold, e incluso más tarde, cuando se hundió su barcaza Grace, Penelope recordaría ese momento del escalón de la casa de Fonseca. Todo el mundo dispone de un lugar al que la mente regresa de forma espontánea cuando no se la controla. Aquel iba a ser el suyo.

—Es difícil de explicar —dijo.

Y no mentía. Las Delaney, dos ancianas adineradas, habían escrito a Penelope hacía más de medio año para decirle que estaban solas en el mundo, que todos sus parientes de Irlanda habían muerto y que, debido a una amistad lejana entre sus familias, esperaban poder conocer a Valpy. Es más, si ella había entendido bien sus cartas, venían a decirle que podrían llegar a dejarle a él todo su dinero. Una posibilidad que resultaba enormemente tentadora por una serie de razones muy apremiantes. Se puso de pie y llamó a la puerta, sintiendo cómo crujían las cáscaras de nuez bajo sus pies.

—¡Dios mío, ustedes dos! —exclamó la empleada, que abrió la pesada puerta de un tirón—. ¿Acaban de bajar del autobús?

Tenía unos cincuenta años y mostraba unos brazos desnudos y anchos bajo un delantal rojo. Llevaba el pelo muy oscuro partido por una raya en medio, recogido, trenzado y enrollado sobre la cabeza. Una caléndula amarilla le asomaba por detrás de una oreja y las mejillas, llenas, le brillaban sonrojadas bajo los ojos azules. Penelope, que no era especialmente alta, la superaba en estatura.

[…]

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Autora: Jessica Francis Kane. Título: Fonseca. Traducción: Pilar Adón. Editorial: Impedimenta. Venta: Todos tus libros.

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