Esta novela ha sido finalista en el International Booker Prize 2025 por ser “un impactante relato moral de nuestro tiempo que nos recuerda el poder de la ficción para iluminar nuestros crímenes más oscuros”. Es la historia de la muerte de 27 inmigrantes en el Canal de La Mancha.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Naufragio (De Conatus), de Vincent Delecroix.
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Yo no te pedí que te marcharas, dije.
Supongo que pensé todo esto con tanta fuerza que lo dije en voz alta, por lo menos la primera frase, si creemos lo que se escucha en las grabaciones, y no hay razones para no creerlas, tengo que admitirlo.
Habría sido necesario añadir, ya que estábamos, frases como «yo tampoco soy Dios», porque debía de estar pensándolo y habría podido decirlo. Habría podido decir: Esta noche por todas partes hay tipos como tú, cuarenta Titanic naufragando al mismo tiempo supuestamente en el Canal de la Mancha y yo no puedo ocuparme de todo el mundo a la vez. Así que vas a tener que tomártelo con calma, bonito, y decir a los demás que también se están muriendo que se tranquilicen y cuelguen sus teléfonos para que pueda ocuparme de ti. Sólo tienes que telefonear a todos los demás, puesto que tienes un teléfono móvil, a todos los demás que todas las noches se suben a unas lanchas inmundas, sin compás, sin luces de señalización, en grupos de treinta sobre una cubierta que apenas puede soportar el peso de cinco, sin instrumentos, sin puntos de referencia, sin conocimiento del mar, con mujeres y niños.
Pero finalmente le había dicho a Julien, que estaba a mi lado: Esta gente es increíble, se tiran al agua y después de milagro no te echan la bronca por no lanzarles lo suficientemente rápido un salvavidas; son unos caraduras. Él sonrió antes de sumergirse de nuevo en su libro. En este caso más bien con goteras, observó. Y a las tres de la mañana ese era el tipo de bromas que te hacían reír.
Esta broma no quedó grabada, creo que no habría sentado bien, y Julien puede dormir tranquilo: no se va a convertir en un monstruo por haber hecho una broma sobre las lanchas neumáticas que hacen agua. Por otra parte, en las grabaciones del puesto, sólo se me oye a mí, o casi, mala suerte.
Después de eso volví a mis monitores, a mi PC, a mi micro, diciéndome seguramente que, después de todo, esa gente debería de estar contenta: querían ir a Inglaterra y ya están ahí, en aguas británicas, y ahora en un barco británico, con mantas de supervivencia británicas, envueltos como caramelos en papel dorado, y van a poder continuar su conversación en inglés todo lo que quieran.
Pero finalmente las corrientes habían traído sus cuerpos a las aguas francesas.
*
Y ahora flotaban en el escritorio de la inspectora, en los locales de la guardia costera. Había veintisiete exactamente, entre ellos una niña, desperdigados entre los bolígrafos, los cuadernos de notas y las carpetas, flotando alrededor del ordenador de la capitana de la guardia costera, y entre ellos también el cuerpo del que me había llamado catorce veces aquella noche y al que por supuesto ahora ya no se le oía. El mar estaba en calma sobre el escritorio, no había viento ni oleaje, y junto a los cuerpos sólo unos papeles perfectamente ordenados.
Mientras me hacía escuchar las grabaciones, la inspectora tan pronto me observaba como miraba por la ventana desde la que no se veía el mar, y era mejor así, porque yo veía el mar todo el tiempo desde mi semáforo y, ya puestos, en ese momento prefería ver un trozo de calle con una obra enfrente, unos obreros, en su mayor parte africanos, pero al menos vivos y no empapados y helados de frío, y no mujeres ni niños, así que yo miraba eso de buen grado mientras que en la grabación se oía Please, please, y me oía a mí misma decir «tranquilos la ayuda está llegando».
La guardia llevaba el pelo peinado hacia atrás y recogido en una severa cola de caballo, exactamente como yo, me dije para mis adentros, y la espalda muy recta como yo, militar de alguna forma, los hombros tipo percha, como solía decir Éric, con la misma cara que yo, tal vez, pero con diez años más, ella con su jersey azul marino de guardacosta y yo, evidentemente de civil, me había puesto un suéter ridículo y unas zapatillas de deporte, como si volviera de mi footing matinal, de modo que parecía una mocosa pese a mi severa cola de caballo, una niña malhumorada, con el rostro cerrado a cal y canto, llamada al despacho del director. Y seguramente fue ese ridículo parecido vagamente humillante, que me ponía delante una caricatura de mí misma o el retrato brutalmente patético al que debía parecerme en realidad, lo que hizo que la guardacostas me resultara enseguida poco simpática, incluso antipática, aunque no se trataba de sentir simpatía en esas circunstancias.
Al pasarme a su despacho, me dijo Gracias por haber venido de forma voluntaria, su director se negó a darnos sus datos de contacto. Y añadió, Su colega, al parecer, el que estaba de guardia con usted aquella noche, no ha tenido el, la, había vacilado en la elección de la palabra que debía venir después, podía ser Escrúpulo, o bien Coraje, y por qué no Conciencia moral o Sentido del deber, pero no encontraba la palabra justa, de modo que rectificó diciendo: No ha dado este paso, por el momento.
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Autor: Vincent Delecroix. Título: Naufragio. Traducción: Mercedes Corral. Editorial: De Conatus. Venta: Todos tus libros.


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